Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 12
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Camille

Kerlann. Finales de junio

Durante los primeros días, Camille tuvo la impresión de que la llegada de Elias había modificado la vida y el trabajo en el restaurante mucho menos de lo que temía.

No reorganizó la cocina, no cuestionó la manera en que Marie distribuía las mesas ni se comportó como alguien que regresaba dispuesto a recuperar un lugar que le pertenecía.

Se incorporó al trabajo con la naturalidad de quien conocía cada rincón, pero sin convertir ese conocimiento en una forma de autoridad.

Sabía dónde guardaba Alain los cuchillos que no permitía utilizar a nadie, qué tablón del almacén cedía bajo un peso excesivo y cómo abrir la ventana sobre la zona de lavado cuando el vapor empezaba a acumularse.

Aun así, preguntaba antes de cambiar algo y, cuando Camille estaba ocupándose de una tarea, no la apartaba para hacerla más deprisa, aunque sin duda habría podido hacerlo.

Aquella ausencia de imposición la desconcertaba más que si hubiera tenido una actitud abiertamente dominante.

Llevaba años interpretando los gestos de Paul, intentando descubrir qué petición era en realidad una orden y qué ayuda terminaría convertida en reproche.

Con Elias no encontraba la segunda intención.

Si preguntaba dónde debía dejar una caja, era porque quería saberlo.

Si se ofrecía llevar una bandeja, aceptaba que Camille dijera que no.

No insistía para demostrar cortesía ni se ofendía cuando ella prefería hacerlo sola.

El restaurante había entrado de lleno en la temporada alta.

Las reservas ocupaban casi todas las mesas del comedor y la terraza antes de que Marie levantara la persiana.

Llegaban grupos sin avisar, familias que pretendían sentarse juntas aunque no hubiera espacio y turistas que preguntaban si podían cambiar los acompañamientos de cada plato hasta convertir la carta en algo irreconocible.

El teléfono sonaba con frecuencia, los proveedores aparecían a horas distintas de las acordadas porque tenían que atender al doble de clientes de los habituales y Alain empezaba a revisar la cámara frigorífica antes de terminar el desayuno, convencido de que en cualquier momento faltaría algo imprescindible.

Elias parecía moverse bien dentro de aquel desorden.

No tenía un puesto fijo. Algunas mañanas ayudaba a su padre en la cocina, otras descargaba mercancía o servía mesas cuando la terraza se llenaba.

También reparó el cierre de una ventana, ajustó dos patas de una mesa y sustituyó una pieza de la cafetera que Marie llevaba semanas golpeando con una cuchara cada vez que dejaba de funcionar.

—No estaba rota —protestó ella mientras él desmontaba la cubierta.

—Entonces, ¿por qué la golpeas cada vez que tienes que hacer un café?

—Bueno, le cuesta arrancar.

—Es decir, que está rota.

—Funciona después de golpearla.

Elias levantó la mirada desde la máquina.

—No utilizaré esa lógica en un avión.

—Los aviones son menos temperamentales que mi cafetera.

Camille escuchó la conversación mientras preparaba una mesa junto a la ventana.

Todavía no sabía si la forma en que los Bonnet discutían era completamente seria o si todos ellos conocían unas reglas que convertían el desacuerdo en una especie de juego.

Marie podía protestar, Alain responder con sequedad y Elias ignorarlos a ambos sin que ninguno se enfadase.

Al cabo de unos minutos ya estaban hablando de otra cosa. Nadie necesitaba ganar.

Paul no olvidaba una discusión. La almacenaba, regresaba a ella días más tarde y la utilizaba para demostrar que Camille se contradecía, exageraba o actuaba siempre del mismo modo.

Incluso los conflictos que parecían cerrados seguían esperando en algún lugar, preparados para reaparecer cuando necesitara inclinar la conversación a su favor.

En el restaurante, las palabras parecían tener una vida más corta.

La mañana del jueves empezó con una reserva de doce personas que apareció media hora antes de lo previsto.

Marie no había terminado de preparar la mesa larga de la terraza y Alain seguía esperando una entrega de pescado que debía haber llegado a las ocho.

Camille estaba colocando los cubiertos mientras intentaba explicar a uno de los clientes que el grupo tendría que esperar unos minutos.

El hombre miró el reloj con visible desaprobación.

—Nos dijeron que la mesa estaría preparada.

—Su reserva es a las doce y media.

—Ya, pero ya estamos aquí.

Camille contuvo la respuesta que le habría gustado dar.

—Y estaremos encantados de atenderlos en cuanto terminemos de organizarla.

El hombre observó las mesas vacías más cercanas.

—Nos sentaremos ahí mientras esperamos —dijo.

—Esas mesas están reservadas para otros clientes.

—Pero todavía no han llegado —insistió el tipo, que hizo ademán de dirigirse a las mesas cercanas.

—Llegarán en cualquier momento —lo detuvo Camille—. Lo siento, señor, pero tendrán que esperar de pie. No será mucho rato.

La conversación empezaba a atraer la atención del resto del grupo y de otros clientes. Camille sintió la tensión conocida en los hombros, la urgencia por encontrar una solución que evitara que alguien se enfadara, aunque no existiera una solución razonable.

Elias apareció desde el almacén con una caja de botellas en los brazos. Miró la mesa incompleta, después al hombre y finalmente a Camille. Ella esperó que interviniera. Podía hacerlo. Era el hijo de los dueños, conocía el restaurante y habría resultado natural que tomara el control.

En lugar de eso, dejó la caja junto a la barra y le preguntó:

—¿Qué necesitas?

No «qué ocurre» ni «qué ha hecho este hombre» o, peor, «qué has hecho». Le preguntó a ella.

Camille miró las sillas que aún faltaban.

—Cuatro sillas y dos servicios. La mesa está montada, pero falta espacio en el extremo.

—Puedo mover la jardinera.

—No hace falta —respondió ella al instante.

—Sin moverla, quedarán demasiado cerca de la pared.

Camille calculó la distancia. Tenía razón.

—De acuerdo.

Elias no se dirigió al cliente. Movió la jardinera, añadió las sillas y dejó espacio suficiente para que el grupo pudiera sentarse. Camille colocó los últimos cubiertos mientras el hombre seguía observándolos.

—Tendrán la mesa dentro de cinco minutos —le aseguró ella.

—Espero que de verdad sean cinco.

—Lo serán.

No sabía de dónde había salido aquella seguridad.

Quizá del hecho de que Elias se limitara a hacer lo que ella le había pedido sin convertirla en una mujer incapaz de manejar una situación incómoda.

Cuando terminaron, él cogió la caja de botellas y regresó al almacén.

No preguntó después qué había dicho el cliente ni comentó que podría haber resuelto la conversación de otra manera.

El grupo ocupó la mesa a las doce y veintiocho.

Camille miró la hora en el reloj de la barra y sintió una satisfacción casi infantil que se negó a analizar.

El servicio se complicó poco después. La entrega de pescado llegó tarde, dos clientes cambiaron sus comandas cuando Alain ya había empezado a prepararlas y uno de los ayudantes se cortó en un dedo al abrir una caja.

Marie atendía el teléfono y cobraba varias mesas al mismo tiempo.

Camille llevaba tres platos hacia la terraza cuando Elias salió de la cocina con una bandeja de copas vacías.

El paso entre la barra y la puerta lateral era estrecho.

Habían cruzado por allí muchas veces durante la semana, pero en aquella ocasión, un cliente se levantó sin mirar y obligó a Camille a desviarse.

Su hombro rozó el pecho de Elias y una de las manos de él se cerró por reflejo sobre su antebrazo para evitar que los platos se inclinaran.

El contacto duró apenas un segundo.

Camille se apartó con tanta brusquedad que uno de los cubiertos cayó al suelo.

El sonido metálico pareció más fuerte que el del resto del comedor.

Elias le soltó el brazo de inmediato.

—Perdón —se disculpó en el acto.

No había hecho nada por lo que debiera disculparse, simplemente la había sujetado para impedir que se cayera. Camille lo sabía, pero su cuerpo había reaccionado por su cuenta. La piel seguía conservando la presión de sus dedos, aunque había sido ligera y breve.

—Estoy bien —respondió.

El cliente que había provocado el desvío se volvió.

—Lo siento —se disculpó—. No los he visto.

Camille negó con la cabeza y se agachó para recoger el cubierto mientras Elias daba un paso atrás. No intentó ayudarla ni le preguntó si estaba bien. Esperó a que se incorporara y dejó libre el paso.

—Voy detrás —la avisó.

Camille llevó los platos hasta la terraza.

Notaba el rostro caliente y una respiración demasiado rápida que no se correspondía con lo ocurrido.

Sirvió la mesa, explicó cuál era el pescado del día y regresó al interior procurando no mirar a nadie.

Elias ya no estaba junto a la barra, había entrado en la cocina con las copas.

Marie seguía ocupada con el teléfono y Alain gritaba que alguien había colocado el perejil donde debía estar el cebollino.

Nadie parecía haber advertido el incidente.

Eso debería haberla aliviado, pero la vergüenza permaneció.

No por haberse apartado, sino porque Elias lo había visto.

Había mostrado delante de él una reacción que no podía justificar sin contar demasiado.

Se acercó al fregadero para lavarse las manos, aunque no lo necesitaba. El agua fría le permitió concentrarse en algo concreto.

—El cuchillo pequeño —dijo Alain a su espalda.

Camille se volvió y lo vio con una tabla con varios filetes en la mano.

—¿Qué? —preguntó.

—Está junto a tu mano.

Camille vio el cuchillo y se lo tendió.

Alain lo tomó sin mirarla más tiempo del necesario.

—Gracias —dijo, y se marchó.

No le preguntó por qué llevaba casi un minuto lavándose las manos. Camille cerró el grifo y volvió al comedor.