11 #3
Las vieron cruzar el comedor y salir por la puerta principal. Camille miró hacia la calle antes de poner un pie fuera. Después se detuvo para que Julie se colocara bien la mochila y ambas echaron a andar en dirección a la plaza.
Elias permaneció junto a la barra unos segundos más.
No sentía una curiosidad especial. Había conocido a muchas personas reservadas, tensas o cansadas.
En las bases, en los despliegues y en los lugares donde la gente aprendía a proteger partes de sí misma.
Aun así, había algo en Camille que no terminaba de encajar con el ritmo del restaurante.
Trabajaba como si llevara años allí, pero se mantenía alerta, no parecía bajar la guardia ni un segundo.
Estaba a punto de preguntarle a su madre sobre ella cuando Alain apareció con un plato de pescado, patatas y verduras que dejó sobre la mesa que había ocupado Julie hasta hacía un minuto.
—Come —le indicó sin más.
Elias no discutió. La sola visión del plato hizo que su estómago rugiera, así que se sentó y cogió la cuchara que su padre acababa de dejar junto al plato.
El primer bocado le recordó que el bocadillo de Louis había quedado demasiado lejos en el día para seguir contando como comida.
—¿De dónde ha salido? —preguntó.
Marie sabía que no hablaba del pescado.
—De Lyon.
—Eso ya me lo dijiste. ¿Y la niña? —siguió con la boca llena.
—No sé mucho. Es encantadora, muy lista y simpática. Ha ido a la escuela hasta fin de curso y ahora va a una ludoteca por la mañana. Luego se instala aquí hasta que su madre termina. No da guerra, nos gusta tenerla aquí.
Elias cabeceó brevemente y formuló la siguiente pregunta con la mayor neutralidad posible.
—¿Y el padre?
—No tengo ni idea —reconoció Marie—. Ella no me lo ha contado y yo no se lo he preguntado. No parece muy abierta a hablar de su vida privada, la verdad —añadió mientras se encogía de hombros.
Elias terminó el plato y se palmeó el estómago, satisfecho.
Al instante, Marie le sirvió una enorme porción de tarta demasiado grande. Hojaldre, manzana, mermelada de albaricoque y crema pastelera, su preferida. Le dio las gracias a su madre y se lanzó a por el postre mientras pensaba en lo que Marie acababa de decirle.
La respuesta sobre el marido explicaba parte de la reserva de Camille, aunque no toda.
Quizá él estaba viendo más de lo que existía.
El cansancio, una mudanza reciente y la responsabilidad de una niña podían bastar para convertir cualquier lugar nuevo en una amenaza.
Además, no la conocía en absoluto, puede que se tratara simplemente de una persona precavida.
—Trabaja bien —añadió Alain cuando le trajo una taza de café—. Es descafeinado —le dijo—, para que puedas dormir.
—El café no me afecta, papá —protestó Elias.
—Eso te crees, pero ya vas cumpliendo años y la cafeína no es buena. Si no te lo digo, ni habrías notado que es descafeinado.
Elias miró hacia la puerta por la que Camille había salido.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse? —preguntó.
Marie puso otra porción de tarta en un plato para Alain, aunque él no la había pedido.
—No lo sé.
—¿Y la has contratado sin saberlo?
—La gente rara vez sabe cuánto tiempo va a quedarse en un sitio. Supongo que dependerá de muchas cosas, como si la niña se adapta, le gusta el pueblo y la gente o si encuentra un alojamiento mejor. Sigue en la habitación de Annette, encima de la tienda —aclaró.
Durante un instante, los tres guardaron silencio.
Elias terminó la tarta y el pescado y se puso de pie.
—Voy a recoger la terraza —dijo.
Salió con una bandeja y se detuvo un instante. La luz había bajado sobre el puerto y quedaban pocos clientes en las terrazas cercanas. Olía a mar y el atardecer teñía de violeta y naranja el cielo. Respiró profundamente y sonrió para sí mismo. Estaba en casa.
Recogió las mesas y llevó la vajilla adentro. Tuvo que hacer dos viajes para dejarlo todo limpio y preparado para el día siguiente.
En la mesa donde había estado Julie encontró un lápiz azul bajo una silla. Lo recogió y lo dejó en la barra, junto a los demás objetos perdidos de la barra. Había también una horquilla infantil, dos gafas de sol y una llave.
Mientras apilaba las sillas exteriores, se descubrió pensando en Camille y Julie. No conocía su historia y no tenía derecho a completarla. Aquella mujer trabajaba en el restaurante de sus padres, cuidaba de una niña y acababa de llegar a Kerlann. Por el momento, eso era todo.
Guardó la última silla, recogió la bandeja y entró.
A la mañana siguiente habría cajas que mover, pedidos que revisar y probablemente alguna reparación que Alain llevaba meses aplazando.
El restaurante recuperaría su ritmo habitual y Camille formaría parte de él.
Elias tendría tiempo para conocerla del mismo modo en que se conocía a la gente en Kerlann: viéndola trabajar, escuchando lo que decidiera contar y dejando en paz lo que todavía no quisiera compartir.
No necesitaba saber más aquella noche.
Aunque, antes de cerrar la puerta de la terraza, miró hacia la calle esperando verla.