11 #2
Elias supuso que era Camille. Su madre le había hablado de ella.
Le había contado que la contrató por instinto y que era buena trabajadora, aunque se notaba que era la primera vez que trabajaba en un restaurante.
Aun así, nunca se había quejado de ella, algo que sí hacía con otros empleados, sobre todo de los eventuales que llegaban para el verano.
Sabía que era de Lyon y que tenía una hija pequeña, nada más.
Camille regresó al comedor con la bandeja. Al ver a Elias, redujo apenas el paso. No fue una vacilación evidente, sino más bien una comprobación. Sus ojos recorrieron su rostro, la camisa, las manos, después la salida lateral y la puerta de la cocina antes de volver a él.
Elias registró el gesto y entendió que, por instinto, esa mujer estaba buscando una vía de escape ante un desconocido. Curioso, pensó.
Marie se acercó a ella y la cogió del brazo para acercarla a él, que se quedó donde estaba.
—Camille, este es mi hijo, Elias.
Ella dejó la bandeja sobre la barra y estaba a punto de decir algo cuando una voz infantil la interrumpió.
—¡El piloto! —exclamó Julie desde la mesa del rincón—. Eres un príncipe, ¿a que sí?
Elias miró en dirección a la voz hasta descubrir a una niña de pelo oscuro que estaba sentada frente a varios lápices de colores, con una hoja extendida y un conejo gris en la silla de al lado. Calculó que tendría cinco o seis años. Lo observaba con una sonrisa en la boca y los ojos muy abiertos.
Camille cerró los ojos un instante, como si hubiera esperado que aquella frase no volviera a pronunciarse.
—Julie, por favor…
—¿Qué? —preguntó la niña—. Marie dijo que sabe volar.
—Marie no dijo eso.
—Maëlle sí.
Elias miró a su madre.
—¿Debo preguntar?
—No —respondieron Marie y Camille al mismo tiempo.
La coincidencia provocó un silencio breve. Camille bajó la vista hacia la bandeja, pero Elias advirtió que la comisura de su boca se movía como si contuviera una sonrisa.
—Hola —saludó él por fin.
—Hola —le devolvió ella.
Su voz era más baja de lo que esperaba, clara y ligeramente cautelosa.
—Mis padres me han dicho que has estado ayudándolos.
Camille miró a Marie.
—Trabajo aquí.
La corrección fue sencilla, pero firme. No ayudaba como un favor. Trabajaba.
—Entonces te compadezco —respondió Elias—. Alain no cree en los descansos y mi madre considera que comer de pie cuenta como sentarse.
Marie fingió indignación.
—No le hagas caso. Lleva cinco minutos en casa y ya empieza a mentir.
Camille sonrió, aunque la sonrisa apareció tarde, cuando los demás ya habían empezado a hablar. Era un gesto pequeño, casi revisado antes de permitirse existir.
—¿Tú eres Elias? —preguntó Julie desde la mesa.
—El mismo. Y tú, ¿quién eres?
—Me llamo Julie, soy su hija —respondió, señalando a Camille con uno de los lápices.
—Encantado, Julie. ¿Tú también trabajas aquí?
—No, yo solo ayudo, pero no me pagan.
—¿Cómo que no? —protestó Marie con los brazos en jarras—. ¿Y todos los pasteles que te comes?
Julie echó la cabeza hacia atrás y se rio con fuerza.
—Es verdad, vale —aceptó por fin. Luego frunció el ceño y volvió a centrarse en Elias.
—¿Tienes un avión?
—No —respondió él fingiendo estar muy serio.
—¿Cómo vuelas, entonces?
—Me prestan uno.
—¿Quién?
—La Fuerza Aérea.
—¿Y después lo devuelves?
—Siempre.
La niña consideró la respuesta con atención.
—Maëlle dice que puedes aterrizar en la playa.
—Maëlle se equivoca. Aterrizar en la playa estropearía el avión —dijo.
—Y la arena —añadió Julie.
—También.
La niña apretó los labios mientras parecía pensar.
—Entonces, me parece bien que no lo hagas. No aterrices en la playa.
—Lo tendré en cuenta.
Julie volvió a sus lápices, satisfecha de haber resuelto el problema.
Marie tomó la bandeja que Camille había dejado.
—Termina de recoger y marchaos, ya es tarde.
—Queda la terraza —respondió ella.
—Lo hará Elias.
Elias miró hacia las mesas exteriores. Había llegado hacía menos de media hora y ya le habían asignado una tarea. Todo estaba exactamente como debía.
—Puedo terminar —insistió Camille.
—Llevas aquí desde las diez.
Camille tomó de nuevo la bandeja.
—Solo son dos mesas.
Elias advirtió la tensión en sus dedos, la forma en que sujetaba el borde con más fuerza de la necesaria. No parecía querer quedarse por cortesía, sino porque le resultaba difícil marcharse antes de terminar.
—Yo las recogeré —dijo con suavidad.
Camille lo miró.
—Acabas de llegar.
—Eso no me incapacita para cargar unos pocos platos.
—No he dicho eso…
—Además, llevo un montón de horas metido en el coche, me vendrá bien un poco de movimiento y estirar los músculos antes de cenar. Porque me daréis de cenar, ¿verdad? —bromeó, mirando a su madre mientras cogía distraído la bandeja que Camille sostenía entre las manos.
Durante un instante creyó que discutiría. Los ojos de Camille ojos fueron hacia Marie y después hacia la terraza. Finalmente, soltó la bandeja.
—De acuerdo —aceptó con una sonrisa apenas esbozada. Luego se volvió hacia su hija—. Julie, recógelo todo y deja la mesa impecable.
—No olvides el táper con la cena, Alain lo ha dejado en la mesa de la cocina.
Camille se quitó el delantal y lo dobló antes de guardarlo debajo de la barra. Ayudó a Julie a recoger los lápices, cerró la mochila y comprobó que el conejo gris estuviera dentro.
—Despídete como es debido —le indicó.
Julie bajó de la silla.
—Adiós, Marie. Adiós, Alain.
Su voz llegó hasta la cocina.
—Adiós, Julie —respondió él.
La niña miró a Elias.
—Adiós, príncipe piloto.
Camille se llevó una mano a la frente.
—No vuelvas a llamarlo así.
—No me importa —dijo Elias.
Julie sonrió.
Camille cogió a la niña de la mano y se giró hacia ellos.
—Buenas noches.
—Buenas noches —respondió Elias.
—Hasta mañana —dijo Marie—. Acuérdate de los limones, te pilla de camino.
—Descuida —contestó Camille.