Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 11
20%

11

Elias

Kerlann. Finales de junio

Entró en Kerlann poco antes de las siete de la tarde, cuando la luz empezaba a descender sobre los tejados y el puerto conservaba todavía el movimiento de las jornadas de verano.

Había más coches de los que recordaba en aquella época del año, bicicletas apoyadas contra las fachadas y grupos de turistas que caminaban despacio por la calle principal, deteniéndose delante de cada escaparate como si temieran dejar algo sin fotografiar.

Redujo aún más la velocidad al acercarse a la plaza.

En Kerlann siempre había alguien dispuesto a cruzar la calle sin mirar, y de esto no siempre tenían la culpa los turistas.

Pasó frente a la escuela, cerrada ya a aquella hora, y vio las ventanas del piso bajo cubiertas de dibujos.

El edificio parecía más pequeño que durante su infancia.

También le ocurría con la plaza, con el muro del puerto y con el camino que llevaba a la casa de sus padres.

Pasaba tanto imaginándolos desde lejos que, al regresar, le sorprendía comprobar que seguían ocupando el mismo espacio.

El restaurante apareció al final de la calle, con el toldo extendido sobre la terraza y casi todas las mesas ocupadas para el servicio de noche.

Las contraventanas azules necesitaban otra capa de pintura.

Su padre llevaba tres veranos prometiendo que lo haría en septiembre, cuando terminara la temporada, y tres inviernos encontrando motivos para aplazarlo.

Sobre la fachada, el nombre de los Bonnet seguía escrito con las mismas letras oscuras que Elias recordaba desde niño, aunque la madera se había ido desgastando alrededor.

Aparcó junto al lateral del edificio, detrás de la furgoneta de un proveedor.

Al apagar el motor, permaneció unos segundos dentro del coche.

Desde allí alcanzaba a oír el murmullo de la terraza, el tintineo de la vajilla y una voz masculina que discutía sobre el precio del pescado.

No necesitaba verlo para reconocer a Yann Kergoat.

Tampoco necesitaba entrar para saber que su madre comprobaría que hubiera comido antes de preguntarle por el viaje y que su padre inspeccionaría su coche con el ceño fruncido.

Sacó la bolsa del asiento trasero y cuando cerró el coche, la puerta de la cocina se abrió y Alain apareció con una caja vacía entre las manos.

Se detuvo.

Elias también.

Su padre llevaba un delantal gris sobre una camisa de cuadros y tenía el pelo más blanco que el verano anterior.

No parecía haber envejecido de otra manera, aunque Elias sabía que aquello era una impresión engañosa.

Cada regreso le permitía advertir cambios que no podía ver en las llamadas: una ligera rigidez al bajar un escalón, una pausa antes de cargar peso, la manera de frotarse la muñeca izquierda cuando creía que nadie lo miraba.

Alain dejó la caja junto a la pared.

—Has llegado —dijo con una sonrisa.

—Eso parece —respondió él.

Luego, como esperaba, su padre miró el coche.

—Lo llevas hecho una pena.

Elias sonrió y avanzó hacia su padre.

—Me encanta volver —dijo.

Alain abrió los brazos y abrazó a su hijo con torpeza. Olía a humo de cocina, a jabón y a pescado fresco, el olor que Elias había asociado con su padre desde que tenía memoria.

—Tu madre lleva una hora mirando por la ventana —dijo al separarse.

—Me pidió que la llamara cuando estuviera cerca —recordó.

—Y no lo has hecho.

—Quería sorprenderla —mintió.

Alain cogió la bolsa antes de que Elias pudiera impedirlo.

—No pesa nada, ¿vas a quedarte poco tiempo?

—Como siempre, todo el verano.

—Pues traes poca ropa…

—Hay lavadora, ¿no?

Alain se encogió de hombros y miró largamente a su hijo sin decir nada. Por fin, le dio una palmada en el hombro y se dirigieron hacia la puerta de la cocina.

El calor lo alcanzó antes de entrar. Dentro sonaban extractores, platos, agua corriendo y varias voces que intentaban imponerse unas a otras sin conseguirlo.

La cocina era el lugar de Kerlann que menos había cambiado.

Seguían allí las baldosas claras, la mesa central de acero, las sartenes colgadas por tamaños y el reloj redondo sobre la puerta, siempre adelantado cuatro minutos porque Alain afirmaba que así nadie llegaba tarde.

Dos ayudantes que Elias no conocía trabajaban junto a la zona de frío. Uno levantó la cabeza y lo saludó con un gesto. Su padre dejó la bolsa debajo de una mesa y señaló la puerta del comedor.

—Tu madre está fuera.

Elias cruzó la cocina. Antes de llegar a la barra, vio a Marie entre las mesas, sirviendo una botella de sidra a una pareja de turistas.

Llevaba el pelo recogido y el delantal doblado en la cintura.

No lo vio de inmediato. Terminó de llenar los vasos, respondió algo que hizo reír a la mujer y recogió una cesta de pan vacía.

Entonces levantó la mirada.

La transformación de su rostro fue tan breve que cualquiera que no la conociera habría podido pasarla por alto.

Marie no dejó caer la cesta ni corrió hacia él.

Se quedó quieta un instante, como si necesitara comprobar que Elias estaba realmente allí y no era otra de las imágenes que llevaba semanas anticipando.

Después, dejó la cesta sobre la barra y caminó hacia él.

—No me has llamado.

—Hola, mamá.

Lo abrazó con fuerza y apoyó la cara contra su pecho. Elias cerró los ojos. Durante unos segundos no oyó el comedor ni las conversaciones. Solo la respiración de su madre y el roce del delantal bajo las manos.

Marie se apartó lo justo para mirarlo.

—Estás más delgado.

—Para nada —negó él, sonriendo.

—Sí que lo estás —insistió su madre.

—Peso lo mismo.

—Eso no significa nada.

Le tocó una mejilla y después la otra, como si pudiera medir su cansancio con las yemas de los dedos.

—Y tienes ojeras.

—Ha sido un día largo —confesó—. He tenido maniobras esta mañana y después he conducido varias horas.

—Podrías haber venido mañana…

Elias volvió a abrazar a su madre y ella se aferró a él con fuerza.

—Tenía ganas de venir —dijo sin más.

Alain salió de la cocina y dejó la bolsa de Elias detrás de la barra.

—Déjalo respirar.

—Respira perfectamente.

Marie volvió a abrazarlo, esta vez con menos fuerza, y luego se estiró el delantal.

—¿Has comido? —le preguntó.

Elias no pudo evitar sonreír. Le gustaba comprobar que había cosas que no cambiaban.

—Sí, comí algo por el camino.

—¿Qué?

—Un bocadillo.

—Eso no es comer.

—Y un poco de fruta.

Marie se volvió hacia Alain.

—Ponle algo.

—No tengo hambre, de verdad —intentó protestar Elias.

Pero su padre ya estaba llegando a la cocina.

—Si tu madre dice que tienes que comer, comes y punto. Y si quieres discutir con ella, ahí te quedas.

Elias dejó escapar un suspiro resignado.

Algunos de los clientes habituales ya se habían fijado en él.

Yann levantó la copa desde una mesa de la terraza y gritó algo que no alcanzó a entender.

Madame Riou, sentada junto a la ventana, lo observaba con satisfacción, como si hubiera participado personalmente en su regreso.

—Ve a saludar —dijo Marie—. Si no, vendrán todos aquí.

Elias obedeció. Se acercó primero a Yann, que se puso en pie para abrazarlo con una efusividad algo inestable.

—El piloto.

—Sigo teniendo nombre.

—Aquí no.

Yann lo sostuvo por los hombros para mirarlo.

—Estás más delgado.

Elias miró hacia su madre, que fingía ordenar vasos.

—No empieces, es lo primero que me ha dicho mi madre.

—Tu madre tiene razón —afirmó Yann tajante.

—Eso es lo que ella quiere que digas y tú lo haces para tenerla contenta.

—Tu madre no necesita pedirme que diga la verdad.

La mesa de Yann estaba ocupada también por dos pescadores y una mujer a la que Elias reconoció como la hermana menor de uno de ellos.

Intercambió saludos, respondió preguntas sobre la base sin ofrecer más detalles de los necesarios y prometió acercarse al puerto al día siguiente.

Después se dirigió hacia Madame Riou, que no se levantó.

La mujer le cogió una mano y la apretó entre las suyas.

—¿Sigues volando?

—Es mi trabajo —respondió con una sonrisa.

Madame Riou le dedicó una larga mirada antes de seguir hablando.

—¿Tienes novia?

Elias dejó escapar una carcajada breve. La misma pregunta de cada año.

—No, madame Riou, no encuentro a ninguna mujer que me quiera.

Madame Riou lo miró durante unos segundos con el ceño fruncido.

—Pero te gustan las chicas, ¿verdad?

Eso sí que no se lo esperaba.

—Sí, madame, me gustan las chicas, pero parece que yo no les gusto a ellas.

Madame Riou sonrió beatífica.

—Ya llegará la buena, tranquilo.

—No puedes retenerlo toda la noche —intervino Solène desde la mesa contigua.

La librera se puso en pie y esperó hasta que Elias se despidió de madame Riou y se acercó a ella. Llevaba el pelo más corto que el verano anterior y unas gafas nuevas.

—Bienvenido —le dijo sin más tras un breve abrazo.

—Gracias.

—Tengo un par de lecturas que quizá te gusten.

—Me pasaré mañana mismo por la librería —le aseguró él—, no me he traído nada que leer.

Elias sonrió y continuó avanzando entre las mesas.

La escena se repetía cada verano, aunque nunca exactamente de la misma forma.

Los vecinos le preguntaban por su trabajo, por cuánto tiempo se quedaría y por si Alain seguía obligándolo a ayudar en la cocina.

Algunos lo trataban como al niño que había crecido entre aquellas mesas.

Otros, sobre todo quienes habían llegado después, parecían recordar de pronto que era piloto y le hablaban con una consideración que lo incomodaba.

Al llegar junto a la barra, vio por primera vez a la mujer que trabajaba con sus padres.

Estaba en la terraza recogiendo una mesa.

Llevaba un delantal negro, el pelo oscuro recogido en una coleta baja y una bandeja apoyada contra la cadera.

No había nada en ella que llamara la atención.

Se movía con rapidez y eficacia. Retiró dos platos, dejó las copas para un segundo viaje y apartó una silla antes de que alguien tropezara con ella.