Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 10 #3
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Louis lo abrazó con rapidez, un gesto torpe que fingió convertir en una palmada sobre el hombro.

—Conduce con cuidado.

—Siempre.

—Y busca a alguien en ese pueblo.

Elias abrió la puerta del coche.

—¿Para qué?

—Para que no vuelvas en septiembre con la misma cara.

—¿Qué cara?

Louis sonrió.

—Esa.

Elias guardó la bolsa en el asiento del copiloto.

—Vuelve con tu mujer. Está a punto de tener una hija y tú sigues molestando a desconocidos.

—No eres un desconocido.

—Eso empeora las cosas.

Louis se apartó del vehículo.

—Llámame cuando llegues.

—No pienso hacerlo.

—Entonces llamaré a Marie.

—No tienes su número.

—Tu madre se lo dio a todo el escuadrón en Navidad.

Elias arrancó antes de responder.

La base desapareció lentamente en el retrovisor.

Durante la primera hora condujo con la radio apagada, todavía atento a un mundo de frecuencias, trayectorias y voces que tardaba en abandonar después de cada vuelo.

El tráfico era escaso. Atravesó carreteras amplias, zonas industriales y ciudades cuyo nombre apenas registró.

A medida que avanzaba hacia el oeste, el paisaje se volvía más verde y el cielo empezaba a llenarse de nubes bajas.

Paró una vez para tomar café y llamó a su madre.

Marie respondió al segundo tono.

—¿Dónde estás? —preguntó sin saludar.

—Hola, mamá.

—Hola, ¿dónde estás? —repitió con impaciencia.

—He salido hace una hora.

—Vas a llegar tarde.

—Llegaré cuando llegue, no puedo hacer otra cosa.

—Tu padre quiere que recojas dos cajas de sidra en Plouzané.

Elias miró la carretera delante de él.

—Acabo de salir de la base.

Marie repitió sus palabras en voz alta. Al fondo oyó la voz de Alain.

—No hace falta que vaya —dijo su padre.

—Dice que no hace falta —repitió Marie—, lo que significa que lleva toda la mañana esperando que lo hagas.

—Las recogeré mañana.

—No tienes que hacerlo, que vaya él.

—Entonces ¿por qué me lo pides?

Marie guardó silencio un instante.

—Porque tu padre lleva todo el día dándome la lata —reconoció por fin.

Elias apoyó la cabeza contra el respaldo.

—Las recogeré mañana —repitió, resignado.

—Bien. Conduce despacio. Hay obras después de Rennes.

—Lo sé.

—Y llama cuando estés cerca.

—Lo haré.

—Tu habitación está preparada.

La frase llegó con una naturalidad que le produjo algo más hondo que la nostalgia.

Durante todo el año dormía en apartamentos temporales, habitaciones de la base o alojamientos donde sus cosas cabían en un armario y una bolsa.

Su habitación de Kerlann conservaba libros que había leído de adolescente, una maqueta incompleta y una ventana desde la que podía oír el puerto en las noches de viento.

—Gracias, mamá.

Marie tardó un momento en responder.

—Te esperamos.

La llamada terminó.

Elias permaneció dentro del coche, con el teléfono en la mano.

No recordaba cuándo había empezado a necesitar aquellos regresos.

Al principio volvía porque tenía permiso y sus padres necesitaban ayuda durante el verano.

Después comprendió que también regresaba para recordar una versión de sí mismo que no llevaba uniforme, no tomaba decisiones en segundos y no despertaba algunas noches escuchando una voz que ya no podía responderle.

Continuó el viaje.

Las horas se sucedieron entre kilómetros, nubes y fragmentos de canciones que no escuchaba del todo.

Cerca de Rennes empezó a caer esa lluvia fina tan propia de Bretaña, suficiente para oscurecer el asfalto y borrar los contornos del paisaje.

El tráfico disminuyó después de abandonar la vía principal.

Aparecieron pueblos pequeños, iglesias de piedra, campos separados por setos y señales con nombres escritos en dos lenguas.

Elias bajó la ventanilla unos centímetros.

El aire entró fresco, húmedo y cargado con un olor vegetal que conocía desde niño. Todavía no era el mar, pero estaba cerca.

Cuando faltaban menos de treinta kilómetros, redujo la velocidad sin darse cuenta.

No había tráfico ni una indicación que lo exigiera.

Simplemente, dejó de tener prisa. Reconocía las curvas, la gasolinera cerrada, el cruce hacia un pueblo donde su padre compraba herramientas y un grupo de árboles inclinados todos hacia el mismo lado por efecto del viento.

La lluvia se detuvo poco antes de llegar a Kerlann.

Al tomar la última carretera, vio una franja de agua entre los campos y sintió cómo el cansancio del día se asentaba por fin en el cuerpo.

No desapareció. Tampoco lo hicieron Antoine, la base ni la obligación de volver en agosto, un regreso que cada vez le pesaba más.

Kerlann nunca borraba nada, pero conseguía que todo pesara menos.

El cartel del pueblo apareció después de una curva, con las letras francesas y bretonas sobre la madera oscurecida por la humedad.

Elias levantó el pie del acelerador.

Más allá de los tejados estaba el puerto. El restaurante seguiría abierto. Sabía que Marie habría mirado la carretera varias veces y Alain fingiría estar demasiado ocupado para salir a recibirlo.

Elias abrió un poco más la ventanilla.

Esta vez sí olió el mar.

Y continuó hacia casa.