Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 10 #2
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Elias corrigió el rumbo y continuó la maniobra.

No permitió que el recuerdo ocupara más espacio.

Aquel cielo no era el de entonces. El aparato de Louis estaba donde debía, los instrumentos funcionaban y la secuencia seguía abierta delante de ellos.

Pensar en Antoine no lo protegería. Atender a lo que tenía delante, sí.

El resto del vuelo transcurrió sin incidentes.

Cuando aterrizaron, Louis rodó detrás de él hasta la plataforma y levantó una mano desde la cabina antes de detenerse.

Elias siguió el procedimiento hasta el final, apagó sistemas y esperó la señal de Sophie para descender.

Solo al poner los pies en el suelo notó que tenía la mandíbula dolorida de mantenerla apretada.

—Buen vuelo —lo felicitó Sophie.

—El aparato ha respondido bien.

—Eso es una manera muy poco entusiasta de estar satisfecho.

Elias se quitó el casco.

—Estoy satisfecho.

—Avisaré a la prensa.

Elias dejó que continuaran. Sus bromas no lo molestaban.

Formaban parte de aquella normalidad profesional que muchos utilizaban para aliviar una tensión de la que rara vez hablaban.

La mayoría de los pilotos sabía que el miedo existía, aunque casi ninguno lo nombrara de manera directa.

Se escondía en comprobaciones repetidas, en llamadas a casa antes de despegar o en la costumbre de no dejar discusiones pendientes.

También aparecía en el humor, en la necesidad de convertir cualquier incertidumbre en una broma antes de subir a un aparato capaz de recordarles lo poco que controlaban realmente.

Entregó el equipo y completó el informe posterior. Louis señaló una pequeña variación durante la segunda maniobra, más por demostrar que había prestado atención que porque tuviera importancia.

—Has corregido antes de lo previsto —dijo.

—Dos segundos.

—Lo sé, los he contado. Deberías haber esperado. —Louis dejó el bolígrafo—. ¿Ha sido por Antoine?

La pregunta no incluía un reproche ni tampoco curiosidad. Solo preocupación.

Elias miró el informe.

—No.

No era exactamente mentira. La corrección había sido necesaria. El recuerdo no había modificado la decisión, aunque hubiera aparecido en el mismo instante.

Louis asintió.

—Bien.

No preguntó nada más.

Al terminar, Elias fue a los vestuarios.

La mayoría de los hombres hablaba de planes para el fin de semana, de una barbacoa y de un partido que alguien pretendía ver en una pantalla demasiado pequeña.

Se duchó, guardó el mono de vuelo y se vistió con ropa civil: vaqueros, camiseta oscura y una camisa ligera que su madre consideraría insuficiente para el clima de Kerlann, aunque ya estuvieran en verano.

En la parte interior de la taquilla había una pequeña placa metálica colgada de un cordón.

No pertenecía al uniforme ni formaba parte del material reglamentario.

Antoine se la había dado años antes, después de una misión, una pieza sin valor obtenida de un equipo ya retirado y grabada con una fecha que solo ellos comprendían.

Elias la había guardado al principio por costumbre y después porque no supo qué hacer con ella.

La cogió entre los dedos.

Durante cuatro años había repasado aquel día hasta encontrar un punto diferente, una decisión capaz de producir otro resultado.

Los informes concluyeron que había actuado según el procedimiento.

El comandante se lo había repetido. También los instructores, los compañeros y el psicólogo al que aceptó ver durante unas semanas.

Ninguno de ellos estaba allí dentro cuando tuvo que elegir.

Volvió a dejar la placa en la taquilla.

No se la llevaría a Kerlann, nunca lo hacía.

Cerró la puerta y recogió la bolsa de viaje.

Había guardado pocas cosas. Su madre lavaría la ropa aunque él insistiera en que no hacía falta y Alain encontraría algún trabajo que exigiera utilizar prendas viejas antes de que terminara el primer día.

Cada verano empezaba igual. Su madre le regañaba porque, según ella, estaba más delgado, su padre le preguntaba por el coche y, antes de que pudiera sentarse, alguno de los dos le encontraba una tarea.

No necesitaba que fuera diferente.

Al salir del edificio encontró al comandante Renaud esperándolo junto al aparcamiento. No parecía casualidad.

—¿Todo entregado?

—Sí, mi comandante.

Renaud miró la bolsa.

—¿Dos meses en Bretaña con eso?

—Hay lavadora.

—Eso confirma los rumores sobre el progreso tecnológico en Finistère.

Elias sonrió.

—Marchand seguirá de prácticas durante tu ausencia —continuó Renaud—. Intentaremos devolvértelo entero.

—Su mujer lo agradecerá.

El comandante guardó silencio unos segundos.

—El vuelo ha ido bien.

No era una pregunta.

—Sí.

—Te vi durante el briefing .

Elias miró hacia la pista, donde otro aparato comenzaba a rodar lentamente.

—La maniobra se parecía… —empezó Renaud.

—No era la misma —le cortó él.

—Lo sé.

Renaud no intentó decirle que debía olvidar ni que había pasado suficiente tiempo. Había estado allí durante la investigación y conocía el valor limitado de esas frases.

—Descansa —dijo—. De verdad.

—Ayudaré en el restaurante. Para mí, eso es descansar.

El comandante lo observó con una expresión que sugería que no estaba de acuerdo, pero que no pensaba discutir.

—Nos veremos el 29 de agosto.

—Sí, mi comandante.

Renaud le tendió la mano y Elias la estrechó.

—Dale recuerdos a tus padres.

—Lo haré —prometió con una sonrisa.

Elias se despidió y cruzó el aparcamiento. Louis lo esperaba junto al coche con una bolsa de papel.

—Mi mujer ha preparado esto para ti. Creo que le caes mejor que yo —dijo con un mohín fingido.

—No era necesario, pero dale las gracias de mi parte.

Elias abrió la bolsa. Había bocadillos, fruta y una caja pequeña envuelta en papel de aluminio.

—¿Qué es eso?

—No lo sé. Me ha prohibido abrirlo. Me ha dicho que es para tu madre.