Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 10
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Elias

El calor empezaba a acumularse sobre la pista antes de que terminara de amanecer.

Desde la ventana de la sala de operaciones, Elias Bonnet veía cómo la primera claridad se extendía sobre el hormigón y arrancaba destellos opacos a las cubiertas de los hangares.

A esa hora, la base todavía parecía contener la respiración, aunque nunca estuviera realmente en silencio.

Sonaban generadores, vehículos de mantenimiento, puertas metálicas y voces amortiguadas por la distancia; más allá, en la plataforma, los mecánicos se movían alrededor de los aviones con sus chalecos reflectantes y gestos precisos, acostumbrados a trabajar entre máquinas cuyo ruido obligaba a entenderse muchas veces sin palabras.

Elias dejó la taza vacía junto al fregadero y regresó a la mesa donde había extendido la documentación del vuelo.

Había dormido menos de cuatro horas, pero el cansancio no afectaba todavía a sus movimientos.

Sabía que aparecería después, cuando terminara el ejercicio, se quitara el mono y dejara de tener una tarea concreta en la que concentrarse.

—Bonnet.

Levantó la vista.

Louis Marchand estaba apoyado en el marco de la puerta, con el casco bajo el brazo y una expresión de excesiva vitalidad para las seis de la mañana.

Era un par de años más joven que Elias, hablaba incluso cuando nadie esperaba una respuesta y llevaba varias semanas intentando convencer a todo el escuadrón de que su próxima hija nacería en el día exacto que él había calculado, a pesar de que su mujer y el médico discrepaban.

—He venido a despedirme —dijo.

—Todavía tenemos que volar.

—Precisamente. Nunca se sabe.

Elias volvió al documento.

—Tu mujer te ha prohibido decir eso, suena gafe —protestó Elias.

—Mi mujer me ha prohibido muchas cosas. Entre ellas, comprarme una moto, elegir el nombre de la niña y cocinar después de las diez de la noche.

—Parece sensata.

Louis entró en la sala y dejó el casco sobre una silla.

—Además, eres tú quien se marcha. Yo seguiré aquí, trabajando por Francia mientras tú pelas patatas junto al mar.

—No pelo patatas.

—Claro que sí.

—También sirvo mesas y recojo los platos, soy un chico para todo.

—Guau, suena de lo más heroico.

Elias terminó de revisar las frecuencias y cerró la carpeta. Louis lo observó con una sonrisa que no necesitaba ser correspondida para mantenerse.

—¿Cuánto tiempo te quedarás?

—Como siempre, hasta finales de agosto. Eso, si no cambian el calendario de ejercicios.

—Espero que no, tu madre es capaz de llamar al coronel.

—Mi madre no conoce al coronel.

—Tu madre conoce a todo el mundo —rio Louis.

No era cierto, aunque Elias comprendía por qué Louis lo creía.

Marie tenía la facilidad de recordar nombres, familias y pequeñas historias incluso de personas a las que había visto una sola vez.

Cuando los compañeros de Elias visitaban Kerlann, regresaban convencidos de haber sido adoptados por ella, que podía permanecer una comida entera sin hablar y después preguntar por un detalle que nadie recordaba haber mencionado.

—¿Te vas directo después del vuelo? —preguntó Louis.

—En cuanto entregue el material.

—Podrías quedarte esta noche, así cenaríamos todos juntos.

—Ya me despedí ayer, y a vosotros os veo todos los puñeteros días. Lo que necesito es perderos de vista.

—Vale tío, entendido.

Louis levantó los brazos en señal de rendición y luego volvió a coger su casco.

Elias abrió la puerta de la sala de reuniones y entraron juntos.

El resto de los pilotos ya estaba allí. Algunos repasaban mapas, otros hablaban en voz baja y uno permanecía con la cabeza apoyada contra la pared y los ojos cerrados, aprovechando los últimos minutos antes de que comenzara el briefing .

El comandante Renaud ocupaba la parte delantera de la sala junto a la pantalla.

Era un hombre de poco más de cincuenta años, delgado, con una voz tan tranquila que obligaba a todos a guardar silencio para escucharlo.

El ejercicio de aquella mañana no tenía nada excepcional.

Dos aparatos realizarían maniobras de interceptación sobre una zona de entrenamiento delimitada, con apoyo desde tierra y una secuencia que habían repetido muchas veces.

Precisamente por eso requería atención. La rutina podía reducir la alerta con más eficacia que el cansancio, y Elias había aprendido hacía años que los errores más costosos rara vez nacían de lo desconocido.

Casi siempre aparecían cuando alguien creía conocer demasiado bien lo que estaba haciendo.

Escuchó el parte meteorológico, las condiciones de visibilidad y las restricciones del espacio aéreo. Tomó pocas notas. Al llegar a la distribución de parejas, el comandante señaló su nombre y después el de Louis.

—Marchand, seguirás a Bonnet durante la segunda fase. Sin improvisaciones.

Louis levantó una mano.

—Nunca improviso, mi comandante.

Varias personas sonrieron.

Renaud no lo hizo.

La pantalla cambió y apareció el esquema de una maniobra que Elias conocía.

Bastó ver la trayectoria marcada en rojo para que una sensación conocida le endureciera la espalda.

No fue un recuerdo completo ni una imagen clara.

Solo la voz de Antoine a través de la radio, demasiado tranquila en un momento en que ya nada lo era, y un aviso interrumpido antes de terminar.

Elias bajó los ojos hacia la carpeta.

En la sala, nadie pronunció el nombre de Antoine.

Habían pasado cuatro años y el escuadrón había cambiado.

Algunos de los pilotos más jóvenes no lo habían conocido.

Otros recordaban la investigación, las preguntas, los informes y las semanas en las que Elias apenas habló más de lo imprescindible.

La maniobra no era la misma, aunque compartía una geometría suficiente para que el cuerpo reconociera algo antes que la razón.

—Bonnet.

Levantó la cabeza.

El comandante lo observaba.

—¿Alguna objeción?

Elias repasó mentalmente la secuencia.

—Ninguna.

La respuesta salió firme. Renaud sostuvo su mirada un instante más y luego continuó.

Al terminar el briefing , los pilotos se dirigieron a la zona de equipos.

Elias se colocó el mono, revisó las conexiones y comprobó el material con la misma secuencia de movimientos que llevaba años utilizando.

Nunca permitía que una conversación interrumpiera aquel proceso.

Louis lo sabía y esperó hasta que terminó de ajustarse los guantes.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Has puesto esa cara.

Elias recogió el casco.

—¿Qué cara?

—La que pones cuando piensas demasiado y finges que no.

—No finjo nada.

—Eso también lo dices con esa cara.

Elias caminó hacia la salida y Louis lo siguió sin insistir. Ese era uno de los motivos por los que funcionaban bien en vuelo: podía hablar durante horas sobre cualquier asunto y, sin embargo, sabía detenerse cuando era necesario.

En la plataforma, el aire olía a combustible, caucho calentado por el sol y metal.

Los mecánicos habían retirado las últimas protecciones y completaban las comprobaciones previas.

Elias se acercó al aparato asignado y saludó a la jefa de equipo, la suboficial Sophie Vautrin, que llevaba una tableta en una mano y un paño manchado de grasa en la otra.

—Capitán.

—Suboficial.

—Todo en orden. Hemos revisado la anomalía del sistema hidráulico que apareció ayer. Era un sensor.

—¿Sustituido?

—Y probado dos veces, porque sabía que lo preguntarías.

Sophie recuperó la tableta y señaló el aparato.

—Todo listo, capitán. ¿Cuándo te marchas? —le preguntó antes de alejarse.

—Esta tarde, en cuanto aterrice.

—Marie habrá preparado comida para treinta personas.

—Solo somos tres.

—Nunca ha aceptado ese dato.

Elias sonrió.

—Gracias por el trabajo.

La expresión de Sophie cambió apenas, como siempre que él reconocía el esfuerzo del equipo antes de subir al aparato.

Algunos pilotos consideraban las comprobaciones de mantenimiento una parte anónima del proceso.

Elias había aprendido muy pronto que la confianza en vuelo empezaba en las manos de quienes permanecían en tierra.

—Buen vuelo, capitán.

Subió por la escalera, se acomodó en la cabina y comenzó la secuencia de puesta en marcha.

A partir de ese momento, el mundo se estrechó hasta convertirse en instrumentos, comunicaciones, procedimientos y señales.

La base quedó detrás del cristal. Los movimientos del personal de tierra adquirieron un orden familiar y el ruido del motor llenó el espacio hasta que todo lo demás dejó de existir.

Al despegar sintió la misma concentración que había buscado desde la primera vez que voló solo.

No era placer en el sentido sencillo de la palabra.

Volar exigía demasiado para permitir una emoción tan cómoda.

Era una forma de precisión, la sensación de que cada pensamiento tenía un lugar y cada decisión, una consecuencia inmediata.

En tierra podía pasar horas dudando de una conversación ocurrida años atrás.

En el aire, la duda debía transformarse en cálculo o desaparecer.

El ejercicio transcurrió según lo previsto durante la primera fase.

Elias dirigió la formación, comprobó la posición de Louis y respondió a las indicaciones de control.

La visibilidad era buena, con nubes altas y un horizonte definido.

En la segunda secuencia, al iniciar el viraje programado, una voz irrumpió por la radio con una cadencia que durante un instante se pareció demasiado a otra.

La de Antoine.

El recuerdo no llegó como imagen. Llegó como sonido.

Una respiración cortada.

Una palabra incompleta.

El silencio posterior.

Elias mantuvo la trayectoria.

—Dos, confirma posición —dijo.

Louis respondió de inmediato.

—Dos en posición.

La voz era distinta. Más joven, más ligera, viva.