9 #2
El servicio del mediodía comenzó antes de que pudieran seguir hablando.
Llegaron reservas, turistas sin mesa y varias familias que pidieron comer fuera a pesar del calor.
Camille dejó de pensar en Elias. Durante dos horas solo existieron comandas, platos, pan, botellas y el esfuerzo de no hacer esperar demasiado a nadie.
Una niña volcó un vaso de zumo. Un hombre pidió devolver el pescado porque tenía espinas.
Dos turistas británicas intentaron pagar en libras y se sorprendieron al descubrir que no podían.
Yann entró por tercera vez aquel día para preguntar si había quedado tarta de manzana.
Marie le respondió que no, aunque Camille había visto dos porciones en la nevera y comprendió que estaban reservadas para alguien.
A las tres, cuando el último grupo abandonó la terraza, el comedor quedó cubierto de señales del servicio: servilletas arrugadas, migas, sillas desplazadas y vasos a medio terminar.
Camille empezó a recoger mientras Alain cerraba la puerta exterior para que nadie interpretara que aún podían sentarse.
—Hoy han venido doce personas más que el mismo día del año pasado —dijo Marie, revisando la caja.
—¿Lo recuerdas?
—Lo tengo apuntado.
Camille llevó una bandeja hacia la cocina. Alain la cogió y empezó a separar los platos.
—La semana que viene será peor —auguró.
—¿Peor?
—Más gente.
—Ah.
—No era una amenaza —aclaró a continuación—, eso es bueno para nosotros.
—No he pensado que lo fuera.
Alain la miró un instante y después señaló una pila de recipientes.
—Estos van abajo. Los grandes, a la izquierda.
Camille asintió. Había aprendido que Alain daba instrucciones de esa manera: sin suavizarlas, pero también sin intención de herir.
Al principio su tono la obligaba a comprobar si estaba enfadado.
Ahora empezaba a distinguir sus matices.
Cuando algo salía mal, fruncía el ceño. Cuando estaba preocupado, hablaba menos.
Cuando estaba de buen humor, discutía con Marie sobre asuntos que ninguno de los dos consideraba realmente importantes.
Bajó los recipientes al almacén y, al regresar, encontró a Julie sentada en la mesa del rincón.
Claire la había dejado allí después de la escuela porque Annette no podía recogerla aquella tarde y Camille no pudo salir a tiempo.
La niña había extendido varios lápices sobre la mesa y dibujaba una figura con una capa azul.
—¿Qué haces? —preguntó Camille.
Julie cubrió una parte del dibujo con el brazo.
—Es una sorpresa.
—De acuerdo, no miraré.
Camille recogió dos vasos de una mesa cercana. Julie levantó la cabeza.
—Marie dice que viene su hijo.
—Así es —confirmó su madre.
—Y dice que vuela en aviones.
—Eso parece.
—¿Vuela todos los días?
—No lo sé, podrás preguntárselo cuando llegue.
—¿Tiene un avión suyo?
—Supongo que no.
Julie meditó la respuesta con el lápiz apoyado contra el labio.
—Entonces, ¿cómo va a venir?
—En coche, imagino.
—Pero si es piloto podría venir volando.
Camille dejó los vasos en la bandeja.
—No puede aterrizar en el puerto.
—Podría aterrizar en la playa.
—Creo que tampoco.
Julie miró el dibujo y añadió una línea sobre la cabeza de la figura.
—¿Es como un príncipe?
La pregunta hizo que Camille la mirara.
—¿Por qué iba a ser un príncipe?
—Porque vuelve de muy lejos, todo el mundo lo espera y su madre está preparando su habitación. He leído un cuento en el que hacían los mismo con un príncipe.
Camille intentó contener la risa, pero no lo consiguió.
La carcajada se le escapó antes de que pudiera contenerla, clara y repentina, y durante un instante le resultó extraña incluso a ella. Se llevó una mano a la boca, sorprendida por el sonido, pero eso solo hizo que Julie sonriera también.
—Los príncipes no suelen ayudar en restaurantes —dijo Camille cuando consiguió hablar.
—Sí. En los cuentos hacen cosas.
—Normalmente luchan con dragones.
—Pero aquí no hay dragones.
—Eso explicaría por qué sirve mesas.
Julie volvió al dibujo con absoluta seriedad.
—Le voy a preguntar.
Camille seguía sonriendo cuando alzó la vista y vio a Marie junto a la barra. Sostenía un paño entre las manos y la observaba con una expresión difícil de interpretar, algo parecido a la ternura, aunque sin el menor intento de hacerla evidente.
Camille bajó la mirada de inmediato.
La risa se apagó, pero no por vergüenza, sino por la conciencia repentina de haber dejado que alguien la oyera.
Durante años había aprendido a regular incluso aquello.
Reír demasiado podía molestar a Paul si estaba cansado, si estaba viendo la televisión o si interpretaba que ella encontraba divertido algo que no compartía con él.
En los últimos tiempos, la risa había desaparecido casi sin que lo notara, sustituida por sonrisas breves, más fáciles de retirar.
Marie no dijo nada.
No comentó que era la primera vez que la oía reír así ni intentó convertir el momento en una señal de progreso. Se limitó a doblar el paño y dejarlo sobre la barra.
—Julie —dijo—, no le hagas demasiadas preguntas a Elias nada más llegar. Necesita al menos diez minutos para recordar cómo se habla con personas normales.
—¿En el cielo no hablan?
—Hablan, pero usan palabras raras.
—¿Como cuáles?
Marie miró hacia la cocina.
—Pregúntaselo a Alain. Él también usa palabras raras cuando algo se quema.
—Nunca se quema nada —protestó su marido.
Julie soltó una risita y siguió dibujando.
Camille recogió la bandeja. Mientras cruzaba el comedor, advirtió que todavía le quedaba una sensación ligera en el pecho, una especie de eco de la risa que se resistía a desaparecer.
No era felicidad, era algo más pequeño y menos exigente: la posibilidad de olvidar durante unos segundos que debía permanecer vigilante.
Terminó de limpiar las mesas y salió a la terraza para recoger los manteles. El viento había amainado, y sobre el puerto, la luz de la tarde convertía el agua en una superficie gris y brillante. Más allá de los barcos, las nubes se abrían y dejaban ver una franja de cielo azul.
Camille apiló las sillas sin prisa. En la calle, los turistas seguían caminando, los vecinos se saludaban y el panadero descargaba sacos de harina junto a la puerta de su establecimiento.
Kerlann se preparaba para un verano más, como había hecho durante décadas, sin saber que para ella cada rutina era nueva y cada día tranquilo parecía todavía prestado.
La llegada de Elias modificaría algunas cosas. Tal vez muchas. El restaurante se llenaría más, habría otra voz en la cocina, otra persona observando sus errores y ocupando un lugar que conocía desde siempre. Camille no podía evitar la inquietud que le producía aquel cambio.
Pero el miedo no era el mismo que la había acompañado desde Lyon.
No temía a Elias.
Temía perder el pequeño orden que empezaba a reconocer como suyo.
Al entrar de nuevo, Julie levantó el dibujo. Había terminado la figura: un hombre con capa, de pie sobre un avión desproporcionadamente pequeño y rodeado de nubes azules.
—Es el príncipe piloto —anunció.
Camille volvió a reír, esta vez más bajo.
Marie siguió organizando la barra, aunque una sonrisa breve le suavizó el rostro.
Nadie dijo nada más.
No hacía falta.
Aquel día, entre el ruido de los platos, los turistas que preguntaban por el faro y una niña convencida de que un piloto podía regresar del cielo como un personaje de cuento, Kerlann hizo un poco más de sitio para Camille.
Y ella, sin saberlo, empezó a ocuparlo.