Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 9
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Camille

Kerlann. Finales de junio

El verano llegó a Kerlann poco a poco. No hubo una mañana especialmente cálida ni un cambio repentino en el color del cielo.

Llegó en forma de pequeños indicios que Camille empezó a reconocer porque alteraban el ritmo del restaurante: las mesas se ocupaban antes del mediodía; las familias preguntaban si podían comer fuera aunque el viento se llevara las servilletas; había bicicletas apoyadas contra la fachada; los niños entraban en bañador y con arena pegada a las piernas y aparecieron coches desconocidos que avanzaban despacio por la calle del puerto mientras sus conductores buscaban aparcamiento.

Además, las contraventanas del restaurante permanecían abiertas hasta más tarde y Marie había mandado colocar un toldo blanco sobre la terraza. Alain protestó durante dos días porque uno de los soportes quedaba ligeramente torcido, aunque nadie más era capaz de verlo.

El menú de mediodía empezó a cambiar con más frecuencia.

Llegaban cajas de marisco, verduras de productores cercanos y botellas de sidra que se apilaban en el almacén hasta ocupar parte del pasillo.

En la cocina, el calor se quedaba atrapado contra las paredes de piedra y, cuando el servicio terminaba, Camille tenía el uniforme húmedo en la espalda y le dolían los pies de recorrer una y otra vez la distancia entre la terraza, la barra y la mesa de pase.

Aun así, trabajaba mejor.

Ya no tenía que detenerse a buscar los cubiertos exactos ni confundía los platos del desayuno con los del servicio.

Reconocía algunas comandas antes de que Marie terminara de pronunciarlas y sabía cuándo una mesa necesitaba atención sin vigilar continuamente las manos levantadas.

Había aprendido a apoyarse en el borde de la barra durante los segundos de calma en lugar de aprovecharlos para limpiar algo que ya estaba limpio.

A veces, incluso disfrutaba el café que Marie dejaba cerca de la máquina antes de que se enfriara.

Aunque seguía sin estar tranquila. Miraba la puerta cada vez que se abría y comprobaba los rostros de los hombres que entraban solos.

Continuaba evitando las mesas desde las que no podía ver el comedor completo y guardaba el teléfono en el bolsillo interior del delantal, aunque no sonara nunca.

Pero empezaba a haber momentos en los que el trabajo ocupaba todo el espacio disponible y el miedo se quedaba fuera.

Aquella mañana de finales de junio, el restaurante estaba lleno antes de las once.

Yann ocupaba su sitio habitual en la barra, aunque llevaba una camisa clara en lugar del impermeable amarillo y afirmaba que el calor iba a arruinar la pesca.

Solène había abandonado su mesa junto a la pared porque dos turistas alemanes se habían sentad allí.

Madame Riou discutía con Marie sobre el precio de las cerezas mientras una pareja preguntaba si el faro podía visitarse en coche.

—Solo se puede llegar andando —respondió Marie.

—¿No hay aparcamiento?

—Hay uno abajo, junto a la carretera, pero desde allí hay que seguir el camino.

—¿Cuánto se tarda?

—Depende de lo deprisa que caminen.

La mujer consultó a su marido con una expresión preocupada, como si Marie les hubiera propuesto atravesar el Atlántico.

Camille dejó dos cafés sobre una mesa cercana y se acercó.

—Son unos veinte minutos desde el final del paseo —explicó—. El sendero está bien, pero hay un tramo con piedras. Si van con niños pequeños, quizá tarden algo más.

Marie la miró de reojo mientras la pareja agradecía la información. Cuando se alejaron hacia la terraza, siguió limpiando la cafetera.

—Ya incluso das indicaciones, pareces de aquí.

Camille recogió las cucharillas usadas.

—He ido una vez.

—Eso es suficiente para los turistas. Lo has hecho muy bien.

La respuesta hizo sonreír a Camille, aunque bajó la cabeza antes de que Marie pudiera notarlo.

Durante las primeras semanas había pensado que nunca sería capaz de orientarse en Kerlann.

Las calles eran demasiado parecidas, con fachadas de granito, tejados oscuros y desvíos que terminaban en el puerto o en senderos estrechos hacia la costa.

Ahora sabía cuál era el atajo para llegar a la escuela, dónde se formaba un charco después de la lluvia y qué escalones evitaban los vecinos cuando la marea alta dejaba humedad sobre el paseo.

También había aprendido que la panadería cerraba los lunes, que Annette desaparecía algunas tardes en dirección al bosque y que Solène dejaba la puerta de la librería abierta incluso cuando el viento desordenaba las postales del escaparate.

Aquellos conocimientos no parecían importantes, pero empezaban a sostener sus días.

La puerta del restaurante se abrió y entró una familia de cinco personas.

Camille los condujo a una mesa de la terraza, retiró una silla para colocar el carrito del bebé y llevó dos vasos de agua antes de que los niños los pidieran.

Al regresar, encontró a Alain junto a la barra con una hoja en la mano.

—Faltan dos cajas de sidra —dijo.

Marie continuó anotando una reserva.

—Llegarán esta tarde.

—El pedido era para ayer.

—Lo sé.

—Mañana habrá más gente.

—También lo sé.

—Elias podría recogerlas cuando llegue.

Marie levantó la vista.

Camille estaba colocando cubiertos y no hizo ademán de escuchar, aunque el nombre llamó su atención porque llevaba varias semanas apareciendo en conversaciones ajenas.

No siempre de manera directa. A veces, alguien le preguntaba a Marie cuándo volvía su hijo.

Otras, Yann comentaba que pronto «el piloto» se apropiaría de la cocina.

Madame Riou aseguraba que Elias había sido un niño demasiado serio y que la fuerza aérea no podía haber mejorado aquel defecto.

Cada persona parecía conservar una versión distinta de él.

—Llegará cansado —protestó Marie—. No va a cruzar media Bretaña para buscar tus cajas nada más bajarse del coche.

—No tiene que cruzar media Bretaña. Están en Plouzané.

—Para ti todo está cerca cuando conduce otro.

Alain dobló la hoja.

—Entonces iré yo.

—Tú tienes que preparar el servicio —le recordó su mujer.

—Puedo hacerlo después.

—Y después te quejarás de que nadie te ayuda.

—No me quejo.

Yann levantó la taza desde la barra.

—Te quejas desde 1987.

Alain lo miró.

—No recuerdo haberte preguntado.

—Eso no me ha detenido nunca.

Las risas fueron breves, integradas en el ruido del comedor. Alain regresó a la cocina con la hoja todavía en la mano. Marie observó cómo se alejaba y murmuró algo sobre hombres incapaces de organizar un pedido sin convertirlo en una cuestión de Estado.

Camille terminó de colocar los cubiertos.

—¿Llega pronto?

Marie la miró.

—¿Quién?

La pregunta la hizo sentir indiscreta.

—Tu hijo. Hablabais de él, ¿no?.

—El viernes, si no cambia de idea a última hora.

—¿Suele hacerlo?

—No. Pero siempre dice que llegará a una hora y aparece tres más tarde porque se entretiene en algún sitio ayudando a alguien que no se lo ha pedido.

—Marie tomó una bandeja y empezó a colocar vasos—.

Viene todos los veranos, aunque cada año asegure que no podrá.

En cuanto empieza julio, Alain cuenta los días como si el restaurante fuera a hundirse sin él.

Desde la cocina llegó la voz de su marido.

—No cuento nada.

—Ha preguntado esta mañana si el viernes era pasado mañana —explicó Marie a Camille—. Dos veces.

Camille sonrió.

No sentía una curiosidad especial por Elias, al menos no distinta de la que le producía cualquier persona mencionada con frecuencia y todavía desconocida.

Pero la idea de su llegada alteraba algo que no sabía bien cómo nombrar.

Hasta entonces, el restaurante se había convertido en un territorio previsible.

Marie ocupaba la barra y el comedor. Alain gobernaba la cocina.

Ella se movía entre ambos espacios con reglas que por fin comprendía.

Julie aparecía por la tarde, se instalaba en la mesa junto a la ventana y dibujaba hasta que ella terminaba y podían irse a casa, al parque o a la playa.

La llegada del hijo de los Bonnet introduciría a alguien que pertenecía a aquel lugar de una forma que Camille no podía comprender todavía.

Conocería los hábitos de sus padres, a los clientes, las historias del pueblo y cada rincón de la cocina.

No tendría que aprender dónde estaban las cosas, podía cambiar el ritmo, ocupar espacio, hacer preguntas.

Camille se reprochó de inmediato aquel pensamiento. Elias regresaba a su casa. Ella era quien había llegado sin invitación a una vida que ya existía.

—¿Trabaja aquí todo el verano? —preguntó, intentando que el tono sonara casual.

—Cuando puede. Ayuda en la cocina, sirve mesas, repara lo que Alain lleva meses fingiendo que no está roto y duerme poco porque nunca ha sabido descansar. —Marie guardó una botella en la nevera—. Es piloto —añadió después, sin ocultar el orgullo en su voz.

Solène cerró el libro que estaba leyendo.

—¿Este año viene para toda la temporada?

—Hasta finales de agosto, en principio —respondió Marie—. Después tendrá que volver a la base.

—Siempre vuelve antes de que empiece el mal tiempo —comentó Madame Riou.

—Vuela aviones, Émilie. No se esconde del mal tiempo.

—Una cosa no excluye la otra.

Camille recogió una taza vacía para ocultar la incomodidad que empezaba a producirle la conversación.

No porque dijeran nada extraño, sino porque cada frase dibujaba a un hombre demasiado instalado en la vida de los demás.

Querido. Esperado. Observado desde niño.

Ella había pasado semanas intentando que nadie supiera más de lo imprescindible, mientras Elias parecía regresar a un lugar donde todos podían contar alguna historia sobre él.

—El viernes habrá que preparar su habitación —dijo Marie, más para sí misma que para los demás—. Si Alain no la ha llenado de cajas.

—No hay cajas —respondió él desde la cocina.

—¿Y herramientas?

—Tampoco.

—Eso significa que no has entrado desde septiembre. Eres un blando…

Alain no contestó.