Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 8 #2
15%

8 #2

—Las cámaras guardan las imágenes un mes, pero yo no puedo enseñárselas.

—Necesito hablar con el encargado.

—Viene por las mañanas.

Paul guardó el teléfono.

—¿Estabas trabajando esa noche?

—Sí.

—Mira otra vez.

El dependiente volvió a estudiar la fotografía. Paul no lo apremió. Había aprendido que el silencio funcionaba mejor que repetir una pregunta.

—Puede ser —dijo el joven al fin—. Recuerdo a una mujer con una niña dormida. La llevaba en brazos.

—¿Iba sola?

—Creo que sí.

—¿Vino en coche?

El hombre frunció el ceño.

—No lo sé, no recuerdo ningún vehículo. Quizá la trajo un taxi.

—¿Qué compró?

—Agua, una bolsa de galletas y café. La niña tenía un peluche.

Paul sintió una tensión breve en el pecho.

—Un conejo gris.

—Puede ser.

—¿En qué dirección se marchó?

—No lo vi.

—¿Pidió información, preguntó algo?

El dependiente negó con la cabeza y después pareció recordar algo.

—Preguntó por el autobús a la estación de tren y me pidió el folleto con los horarios de salida. Siguió los trazados con el dedo y murmuró algo sobre Roanne.

Paul mantuvo el rostro inmóvil.

—¿Estás seguro?

—No, seguro no estoy. Yo estaba a mis cosas. Luego le dije que lo mejor sería que llamara a un taxi, por la niña, ya sabe. La llevaba dormida en brazos y la mujer parecía cansada, cargando con la pequeña y la maleta…

—¿Pagó en efectivo?

—Sí.

—Necesito las grabaciones.

—Tiene que venir el encargado, ya se lo he dicho.

Paul sacó una tarjeta y la dejó sobre el mostrador.

—Llámame cuando llegue mañana. Y no borres nada.

El dependiente tomó la tarjeta.

—¿La niña está bien?

Paul miró la fotografía que todavía sostenía en la mano.

—Eso intento averiguar.

Salió de la tienda y permaneció unos minutos junto al coche.

El tránsito de la circunvalación formaba un murmullo continuo al otro lado del aparcamiento.

No había conseguido nada sólido, pero al menos había reforzado lo que ya sospechaba.

Camille había evitado las rutas más evidentes y quizá había utilizado varios medios de transporte para llegar a la estación.

Podía haber tomado un taxi hasta allí, otro vehículo después y un tren más adelante.

La pregunta era por qué había elegido precisamente ese camino.

Sacó el mapa impreso de la carpeta gris y lo extendió sobre el capó. Había marcado las conexiones ferroviarias y las principales autopistas, pero ahora añadió la ruta hacia Roanne y siguió la línea hacia el oeste. Clermont-Ferrand. Bourges. Tours. Nantes. Rennes. Después, la costa.

La pista de la postal seguía siendo débil, aunque ya no parecía aislada.

Finistère estaba demasiado lejos para una fuga improvisada, pero no para alguien que había preparado documentos y dinero.

Allí había pueblos pequeños, alojamientos estacionales y trabajos temporales que aumentaban con la llegada del verano.

Una mujer con experiencia sanitaria o de atención al público podría encontrar empleo sin demasiadas preguntas.

Paul dobló el mapa y condujo de regreso a la comisaría.

En su escritorio encontró un mensaje de Marc pidiéndole que pasara por la sala de descanso. Lo encontró junto a la máquina de café, solo, con una carpeta cerrada bajo el brazo.

—No me gusta esto —dijo Marc antes de saludarlo.

—¿Qué has encontrado?

—No he encontrado nada. Me han llamado de seguridad ferroviaria porque alguien está intentando obtener unas imágenes sin una orden y sin un expediente asociado.

Paul se sirvió café.

—No he dado tu nombre, si es eso lo que te preocupa.

—No hacía falta. Todos saben que buscas a tu mujer.

—Busco a mi hija.

—Con su madre.

Paul dejó la taza sobre la mesa.

—Camille no está bien.

—Eso ya me lo has dicho.

—Se marchó de madrugada, con dinero escondido y puede que con documentación falsa. No ha matriculado a Julie en ningún colegio ni se ha puesto en contacto con nadie. ¿Te parece normal?

Marc lo observó con una mezcla de cansancio y cautela.

—Me parece que no quiere que la encuentres.

La frase quedó flotando entre ambos.

Paul sintió primero una oleada de ira y después una claridad fría. Marc no sabía nada de su matrimonio. Había visto a Camille unas pocas veces en cenas de trabajo, siempre educada, siempre reservada. No tenía derecho a interpretar su vida ni sus decisiones.

—No sabes de qué hablas.

—Puede ser. Pero si sigues accediendo a información sin autorización, alguien terminará abriendo una investigación interna.

—No he accedido a nada.

—Has pedido favores, es casi lo mismo.

Paul cogió la taza.

—De acuerdo, no volveré a pedirte ayuda, tranquilo.

Marc apretó la mandíbula.

—No quiero que te metas en un problema.

—Ya estoy en uno.

—Presenta una denuncia por sustracción si crees que corresponde. Deja que lo lleve otra persona.

Paul negó con la cabeza.

—Camille es la madre de Julie. No quiero verla detenida.

—No puedes tenerlo todo. O es una mujer inestable que ha puesto a tu hija en peligro, o es una adulta que ha decidido irse. Elige.

Paul lo miró fijamente.

La respuesta era sencilla, aunque Marc no fuera capaz de comprenderla.

Camille había decidido irse, sí, pero había tomado esa decisión desde el miedo, influida por una percepción deformada de su matrimonio.

Eso no la convertía en una delincuente ni en una mujer libre de consecuencias.

La convertía en alguien que necesitaba volver antes de causar un daño irreparable.

—No tengo que elegir —dijo—. Solo tengo que encontrarlas.

Dejó a Marc en la sala y regresó a su mesa.

Durante el resto del turno revisó expedientes y respondió llamadas con la eficacia habitual.

Nadie que lo observara habría advertido que parte de su atención seguía en el mapa guardado dentro de la carpeta.

Esa capacidad para separar las cosas siempre había sido una de sus mejores cualidades.

Podía intervenir en una pelea doméstica, redactar un informe y volver a casa sin llevarse la violencia consigo.

Camille, en cambio, permitía que cualquier emoción invadiera todo lo demás.

Al terminar, pasó por el colegio de Julie, pero no entró.

Aparcó frente al edificio y permaneció dentro del coche mientras las familias recogían a los niños del turno de tarde.

Reconoció a varios padres y a una profesora.

Durante unos minutos imaginó a Julie saliendo por la puerta con su mochila azul, buscándolo entre la gente y corriendo hacia él.

El asiento trasero estaba vacío.

Sobre la alfombrilla seguía una horquilla rosa que debía de haberse caído semanas atrás. Paul la recogió y la sostuvo en la palma.

No había elegido aquello.

Camille lo había obligado a buscar, a mentir y a pedir favores que podían perjudicarlo.

Ella había convertido una discusión privada en un problema que ya empezaba a afectar a su trabajo.

Si hubiera hablado con él, si hubiera esperado a que se calmara, si hubiera aceptado que las familias atravesaban momentos difíciles, nada de aquello estaría ocurriendo.

Se guardó la horquilla en el bolsillo de la chaqueta y arrancó.

Esa noche extendió varios mapas sobre la mesa del salón. Uno de Francia, otro de Bretaña y un tercero más detallado de la costa de Finistère. Había comprado el último en una librería cercana a la comisaría para no dejar un rastro de consultas repetidas en el historial del ordenador.

Marcó primero las ciudades grandes desde las que Camille habría podido continuar: Rennes, Brest, Quimper, Lorient.

Después señaló pueblos costeros con acceso por autobús o tren regional, suficiente actividad turística y alojamientos de alquiler temporal.

No buscaba aún un lugar concreto, solo el tipo de lugar que ella habría elegido.

Una localidad pequeña, pero no aislada.

Cerca del mar.

Con trabajo en verano.

Una escuela donde aceptaran a Julie sin demasiada burocracia, al menos al principio.

Fue rodeando nombres con el bolígrafo rojo.

Douarnenez.

Audierne.

Concarneau.

Camaret-sur-Mer.

Le Conquet.

Plougonvelin.

También otros pueblos menores que apenas conocía y que, precisamente por eso, podían atraer a Camille.

Cuando terminó, el mapa estaba cubierto de círculos dispersos a lo largo de la costa.

Paul se sentó y observó el conjunto. Parecían demasiados lugares, pero ya no eran todo el país. La búsqueda había adquirido una frontera.

Apoyó la fotografía de Camille y Julie sobre el mapa, junto al borde occidental de Bretaña.

—Ya voy —dijo en voz baja, sin saber a cuál de las dos se dirigía.

Después cogió el bolígrafo y empezó a numerar los pueblos.