Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 8
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Paul

Lyon. Mediados de junio

Paul esperó a que la vecina terminara de cerrar la puerta antes de bajar el último tramo de escaleras.

La señora Aubert vivía en el segundo piso desde antes de que ellos compraran el apartamento y se consideraba depositaria natural de cuanto ocurría en el edificio.

Había comenzado la conversación con una preocupación sincera por Julie y la había terminado enumerando horarios, ruidos y movimientos que probablemente llevaba días deseando contarle a alguien.

Según ella, Camille había salido aquella noche poco antes de las cinco, aunque no podía asegurarlo porque se había despertado al oír pasos y solo había mirado por la mirilla cuando ya bajaban hacia el portal.

Llevaba a Julie en brazos y arrastraba una maleta.

No había visto ningún coche esperándolas ni a otra persona ayudándolas.

También recordaba haber oído a Paul gritar desde arriba, pero al llegar a ese punto evitó mirarlo directamente y se apresuró a explicar que en los edificios antiguos las paredes eran de papel.

Paul no la contradijo. Tampoco mostró irritación. Había aprendido que la gente ofrecía más información cuando creía estar ayudando a alguien vulnerable.

—Camille llevaba unas semanas muy alterada —le dijo con una voz baja y controlada—. Había perdido mucho peso, dormía mal y a veces tomaba decisiones impulsivas. He intentado que consulte con un médico, pero no quería admitir que necesitaba ayuda.

La señora Aubert frunció el ceño.

—Nunca me pareció una mujer desequilibrada.

—No lo es. Está pasando una mala época.

La precisión era importante. No convenía convertir a Camille en una loca. Eso habría resultado exagerado y podría despertar rechazo. Era mejor presentarla como una mujer agotada, asustada, temporalmente incapaz de valorar las consecuencias de sus actos.

—Lo que más me preocupa es Julie —continuó Paul—. Camille se la llevó sin ropa suficiente, sin avisar al colegio y sin decir adónde iban. No sé cuánto dinero tiene ni con quién puede estar.

La vecina suavizó la expresión.

—La niña parecía dormida.

—Seguramente lo estaba.

—No lloraba.

—Julie confía en su madre.

Paul dejó que la frase quedara suspendida. No añadió que los niños confiaban incluso en los adultos que les hacían daño. La señora Aubert podía llegar sola a esa conclusión.

—Solo quiero asegurarme de que estén bien —dijo—. Si recuerda cualquier detalle, un coche, una llamada, alguien que hubiera venido a verla los días anteriores, me ayudaría mucho.

La mujer negó con la cabeza, aunque antes de despedirse recordó que Camille había recibido un paquete pequeño unas semanas atrás. Lo había recogido ella porque el repartidor no encontró a nadie en casa. No sabía de dónde venía y no se había fijado en el remitente.

Paul le agradeció la información, le dejó su número y bajó hasta el portal sin prisa.

Al salir, la claridad de la tarde lo obligó a entrecerrar los ojos.

Lyon continuaba llena de ruido, tráfico y gente que regresaba del trabajo como si nada hubiera cambiado.

El calor empezaba a pegarse al asfalto y en la acera de enfrente dos niños montaban en patinete mientras una mujer hablaba por teléfono.

Se quedó mirándolos unos segundos.

No hacía mucho que Julie había aprendido a montar en bicicleta sin las ruedas laterales.

Al principio le pedía a su padre que no soltara el sillín.

Paul corría detrás de ella por el parque, inclinado, asegurándole que no la dejaría caer.

Camille los observaba desde un banco con una botella de agua y protestaba cada vez que Julie se acercaba demasiado al camino de grava.

Cuando por fin lo consiguió, Paul retiró la mano sin avisarla y Julie avanzó varios metros sola antes de darse cuenta.

Al girar la cabeza para buscarlo, perdió el equilibrio y cayó sobre el césped.

Permaneció sentada un instante, sorprendida, y después empezó a reírse.

Paul corrió hacia ella, la levantó y le preguntó si quería volver a intentarlo.

—Pero no me sueltes —había dicho la niña.

—No te soltaré.

Minutos después volvió a hacerlo.

Aquella vez, Julie llegó hasta el extremo del parque sin caerse. Camille aplaudió desde el banco y la niña regresó gritando que ya sabía, que podía hacerlo sola. Paul la abrazó con tanta fuerza que ella protestó, riéndose, porque le aplastaba el casco contra la frente.

Recordaba el peso de su cuerpo, el olor a hierba y protector solar, la felicidad sencilla de verla alejarse y volver. Nada en aquella tarde anunciaba que un día Camille decidiría quitarle a su hija y convertirlo en un extraño.

Abrió el coche y dejó la chaqueta en el asiento trasero.

Sobre el del copiloto llevaba una carpeta gris, el ordenador portátil y varias hojas impresas con los horarios ferroviarios de la madrugada de la huida.

Había avanzado, aunque demasiado despacio.

La imagen de la estación confirmaba que Camille y Julie habían entrado en Part-Dieu, pero no permitía saber qué tren habían tomado.

El pago en efectivo había borrado buena parte del recorrido.

Aun así, las personas nunca desaparecían por completo.

Dejaban recibos, cámaras, testimonios, consultas, llamadas.

El problema no era que no existieran pistas, sino encontrar cuál de todas pertenecía realmente a ellas.

Se sentó al volante, pero no arrancó. Sacó el teléfono y llamó a la escuela de Julie.

Había hablado con la directora una vez, el día posterior a la huida, y sabía que Camille no había solicitado el traslado oficial ni había pedido el expediente académico.

Aquello podía significar dos cosas: que todavía no había matriculado a Julie en otro centro o que estaba evitando cualquier trámite que dejara rastro.

Una administrativa respondió después de varios tonos.

Paul se identificó con su nombre y su condición de padre, sin mencionar de entrada que era policía. Preguntó si habían recibido alguna solicitud relacionada con Julie Faure.

—No puedo facilitar información académica por teléfono —contestó la mujer.

—Comprendo. No necesito datos confidenciales. Mi esposa se marchó con nuestra hija hace más de una semana y no ha vuelto a ponerse en contacto conmigo. Solo quiero saber si ha iniciado algún trámite.

—Tendría que hablar con la dirección.

—Ya lo hice. Me dijeron que llamarían si recibían algo.

—Entonces tendrá que esperar.

Paul mantuvo el tono sereno.

—Mi hija tiene cinco años. No sé dónde está durmiendo ni si está escolarizada. Camille atraviesa una situación emocional complicada y temo que no esté tomando decisiones razonables.

Hubo una pausa al otro lado.

—¿Ha presentado una denuncia?

—No quiero criminalizar a la madre de mi hija.

Era una frase bien elegida. Lo situaba como un hombre prudente que intentaba evitar un conflicto legal.

—Entonces no puedo ayudarle.

—Solo le pido que me llame si reciben una solicitud de traslado.

—Eso es asunto de la dirección —repitió.

—Por supuesto.

Le dejó otra vez su número y colgó. No esperaba demasiado de la escuela.

Camille habría supuesto que él vigilaría esa vía.

Si era inteligente, esperaría antes de matricular a Julie o elegiría un centro pequeño donde pudieran aceptar provisionalmente la documentación sin contactar de inmediato con Lyon.

Arrancó el coche y salió hacia el este, en dirección a una gasolinera situada junto a la circunvalación.

Había recibido aquella mañana una llamada del empleado de banco con el que había hablado días atrás.

La última retirada realizada por Camille antes de desaparecer no se había producido en el cajero de Part-Dieu, como Paul creyó al principio, sino en una terminal situada dentro de una estación de servicio a varios kilómetros del centro.

La operación había sido registrada a las cuatro y cincuenta y dos.

Después, alguien había utilizado otra tarjeta asociada a una cuenta secundaria para comprar dos botellas de agua.

La cuenta no estaba a nombre de Camille, pero el banco había detectado una transferencia previa desde uno de sus productos de ahorro.

Una cantidad pequeña, desviada meses atrás y después movida varias veces.

Paul no podía acceder legalmente a todos los detalles, pero sabía lo suficiente para reconstruir la intención.

Había creado una reserva.

Había reunido dinero que él no pudiera bloquear.

Aquella planificación seguía resultándole difícil de conciliar con la mujer que conocía.

Camille dudaba ante decisiones pequeñas, necesitaba comparar precios antes de comprar cualquier cosa y podía tardar una semana en elegir una fecha para las vacaciones.

No era capaz de organizar una desaparición así por sí sola.

Alguien debía haberle explicado cómo hacerlo.

La tienda en la que había comprado el agua estaba casi vacía cuando llegó. Aparcó junto al edificio y observó las cámaras antes de entrar. Una cubría la tienda y otra apuntaba hacia el acceso desde la carretera. Si las grabaciones se conservaban, quizá pudiera saber cómo y con quién habían llegado.

El dependiente era un hombre joven con barba rala y una camiseta de una marca de bebidas energéticas. Paul mostró la placa después de presentarse. No afirmó que existiera una investigación oficial, dejó que el hombre lo diera por supuesto.

—Busco información sobre una mujer y una niña que pudieron pasar por aquí la madrugada del 29 de mayo.

El dependiente miró la placa y luego a Paul.

—¿Qué ha ocurrido?

—Una cuestión familiar. La niña puede estar en riesgo.

La frase produjo el efecto esperado.

—¿Tiene una fotografía?

Paul le mostró una imagen reciente de Camille y Julie. Estaban sentadas en la cocina, decorando unas galletas. Camille tenía harina en la mejilla y Julie levantaba una estrella de masa hacia la cámara.

El joven las observó unos segundos.

—Pasa mucha gente por aquí.

—Fue entre las cuatro y media y las cinco y media de la madrugada, no es hora punta. Compraron agua y quizá comida.