Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 7 #2
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Camille lo miró de perfil. Alain caminaba con la bolsa en una mano y la otra dentro del bolsillo de la chaqueta. Al llegar a casa de Annette, ella los esperaba junto al mostrador.

—La llave está arriba —dijo, antes de entregar a Alain una copia—. La puerta ha vuelto a dar problemas esta mañana.

—No era para tanto —respondió Camille.

Annette levantó una ceja.

—Te he oído cerrarla con el hombro y a Julie decirte que ibas a hacerte daño.

—La madera está hinchada.

—Y la cerradura tiene más años que tú.

Subieron la escalera. Camille entró primero en la habitación y dejó la puerta abierta.

La cama estaba hecha, los platos del desayuno guardados y los juguetes de Julie recogidos dentro de una caja de cartón que Annette les había dado.

Aun así, sintió vergüenza al ver el espacio a través de los ojos de otra persona.

La ropa doblada sobre una silla, la carpeta azul escondida bajo el colchón, el bolso siempre cerca de la puerta.

Señales de una vida provisional que intentaba mantener bajo control.

Alain no miró a su alrededor. Dejó la bolsa junto al umbral y se agachó ante la cerradura.

—Cierra desde dentro.

Camille obedeció.

La llave necesitó un pequeño movimiento hacia arriba para girar.

—Otra vez.

Repitió la operación.

—Ahora, abre.

Alain observaba el mecanismo, no a ella. Después le pidió la llave y desmontó la placa con movimientos lentos. Camille se quedó de pie a unos pasos, vigilando. No sabía permanecer relajada mientras un hombre trabajaba cerca de una puerta cerrada.

—La madera también roza —dijo él—. La rebajaré un poco.

—¿Cuánto tardarás?

—Lo que tarde.

La respuesta habría sonado hostil en boca de Paul. En Alain solo era literal.

Sacó la cerradura antigua y la dejó sobre un paño. Después abrió el embalaje de la nueva. Camille observó las piezas metálicas, el cilindro brillante y las tres llaves unidas por una anilla.

—¿Tres?

—Una para ti, otra para Annette y una de reserva.

Camille sintió cómo se cerraba el pecho.

—No quiero que haya una copia de reserva.

Alain detuvo las manos.

—Annette necesita una.

—He dicho que la suya está bien. La tercera, no.

Él la miró por primera vez desde que había empezado.

—De acuerdo.

No preguntó por qué, no le explicó los riesgos de perder una llave ni intentó hacerla entrar en razón. Cogió la tercera, la separó de la anilla y se la tendió.

Camille no la cogió.

—¿Qué hago con ella?

—Lo que quieras.

La llave descansaba sobre la palma grande de Alain. Podía guardarla, romperla, esconderla o arrojarla al mar. La decisión era suya.

Camille la cogió y sintió el frío del metal en los dedos.

Alain volvió al trabajo. Instaló el nuevo cilindro, ajustó la placa y rebajó el borde de la puerta con una herramienta que dejaba caer pequeñas virutas de madera sobre el suelo. Después lo limpió todo con una escobilla que había traído en la bolsa.

—Prueba ahora.

Ella cerró la puerta.

La llave entró sin resistencia y giró con un clic limpio. No tuvo que levantarla ni empujar con el hombro. El pestillo encajó de inmediato.

—Otra vez —dijo Alain.

Camille abrió y cerró. Después comprobó el pomo.

—Funciona —confirmó con una sonrisa.

—Esa era la idea.

Alain recogió la cerradura antigua y la guardó en el embalaje vacío. Camille miró las dos llaves nuevas que seguían sobre la mesa.

—¿Cuánto te debo?

—Nada.

—La cerradura cuesta dinero.

—La paga Annette.

—Entonces se lo pagaré a ella.

—Eso es asunto vuestro.

Cerró la bolsa de herramientas y se levantó. Camille sostuvo la tercera llave entre los dedos.

—No necesitabas cambiarla entera.

—La anterior podía abrirse desde fuera aunque estuviera echado el pestillo.

La frase hizo que Camille lo mirara.

Alain se colocó la chaqueta sin añadir nada.

—¿Cómo?

—El marco estaba cedido. Con suficiente fuerza, habría saltado.

Camille volvió la vista hacia la puerta. La había comprobado cada noche. Dos veces, tres, algunas más. Había dormido creyendo que el pestillo la protegía.

—¿Annette lo sabía?

—Sabía que cerraba mal.

—¿Y tú?

—Lo he visto hoy.

Camille guardó silencio.

Alain levantó la bolsa.

—Ahora no puede abrirse sin llave.

No dijo que estaba segura ni prometió que nadie entraría. Solo estableció un hecho concreto, limitado, verdadero.

Ahora no podía abrirse sin llave.

Camille sintió el impulso de agradecerle algo que iba más allá del trabajo realizado, pero no encontraba palabras que no sonaran excesivas o reveladoras.

—Gracias —dijo sin más.

—No hay de qué, una puerta debe cerrar bien.

La respuesta era insuficiente y, al mismo tiempo, contenía todo lo que él estaba dispuesto a decir.

Cuando Alain se marchó, Camille permaneció junto a la puerta abierta, escuchando sus pasos hasta que la campanilla de la tienda anunció que había salido. Después, cerró despacio y giró la llave.

El mecanismo respondió con suavidad.

Camille se apartó y puso las dos llaves restantes sobre la mesa. La que correspondía a Annette quedó junto al borde. La tercera, seguía en su mano.

Pensó en esconderla dentro de la carpeta azul. Después consideró guardarla bajo el colchón o en el fondo de la maleta. Todos aquellos lugares pertenecían a su vida como fugitiva, a la necesidad de esconder cualquier cosa importante para que Paul no pudiera encontrarla.

Finalmente, abrió el bolsillo interior de su bolso y la dejó allí.

No era un escondite. Era simplemente el lugar donde quería llevarla.

Cuando salió para recoger a Julie, pasó por la tienda y le entregó a Annette su copia. La mujer la cogió sin comentarios y la colgó en un pequeño armario cerrado detrás del mostrador.

—¿Va bien? —preguntó.

—Sí.

—Alain sabe lo que hace.

Camille miró hacia la calle. Él ya no estaba a la vista.

—Lo sé.

En la escuela, Julie salió con las manos manchadas de pintura azul y una corona de papel torcida sobre la cabeza.

Habló durante todo el camino sobre un barco que habían construido con cajas, sobre Maëlle y sobre una gaviota que había intentado robarles el pan en el patio.

Camille la escuchaba mientras caminaban hacia el apartamento.

Al llegar, Julie subió corriendo la escalera y esperó frente a la puerta.

—Alain la ha arreglado —anunció Camille.

—¿Puedo abrir yo?

Camille sacó la llave nueva y se la dio a la niña, que abrió y entró dejando la puerta de par en par. Soltó la mochila sobre una silla y corrió hacia la ventana para comprobar si se veía algún barco.

Camille permaneció en el rellano. La puerta abierta ya no parecía un fallo que debía corregir de inmediato. Podía cerrarla cuando quisiera. Podía dejarla así unos segundos. Nadie estaba al otro lado empujándola.

Entró y la cerró con suavidad, pero no echó el pestillo.

Preparó la cena con la quiche que Marie había envuelto y escuchó a Julie contar otra vez la historia de la gaviota. Más tarde recogió los platos, ayudó a la niña a ponerse el pijama y leyeron un cuento en el sofá. La llave permaneció todo ese tiempo dentro del bolsillo de su chaqueta.

Solo la recordó cuando fue a colgarla antes de acostarse.

Metió la mano en el bolsillo y encontró el metal. Durante un instante lo sostuvo entre los dedos, esperando la antigua necesidad de apretarlo hasta notar los bordes marcados en la piel.

No apareció.

Dejó la llave sobre la mesa, junto al dibujo de Julie y a una concha blanca que la niña había recogido en la escuela.

Después, apagó la luz.

La puerta estaba cerrada.

Y esa noche, por primera vez desde que llegaron a Kerlann, Camille no volvió a comprobarla.