7
Camille
Kerlann. Mediados de junio
A mediados de junio, Camille ya no necesitaba consultar la libreta para recordar que Yann Kergoat tomaba el café sin azúcar y exigía las tostadas casi quemadas, aunque protestara cada mañana al verlas.
Sabía que Solène prefería la mesa junto a la pared porque allí la luz no se reflejaba sobre las páginas de sus libros, que Madame Riou pedía agua antes de decidir si quería comer y que la profesora Le Bihan llegaba siempre con cinco minutos de retraso los jueves, después de acompañar a los niños más pequeños al comedor.
También había aprendido que el hombre que ocupaba la mesa del rincón y se quejaba del viento se quejaría de la ausencia de viento en cuanto el cielo quedara en calma, y que Marie le servía una taza de café con leche sin molestarse ya en preguntarle qué deseaba.
Aquellos conocimientos habían ido instalándose en ella sin que pudiera determinar en qué momento dejaron de ser información nueva y se convirtieron en costumbre.
Al principio observaba cada mesa como si estuviera realizando una prueba para la que no habría una segunda oportunidad.
Ahora, algunas cosas ocurrían antes de que tuviera tiempo de pensarlas.
Colocaba un cenicero en la terraza cuando veía doblar la esquina a Yann, llevaba una jarra de agua a la mesa de Madame Riou antes de que ella se quitara el abrigo y separaba una porción de tarta de manzana los miércoles porque sabía que Solène la pediría para llevar y comérsela al cerrar la librería después de la reunión del club de lectura.
Marie se dio cuenta antes que ella.
—La cinco quiere pagar —le dijo una mañana, señalando con la barbilla a una pareja que terminaba el desayuno junto a la ventana.
Camille ya llevaba la cuenta en la mano.
—Lo sé.
Marie la miró unos segundos y sonrió.
—Eso parece.
No añadió ninguna felicitación. Tampoco era necesaria. Camille dejó la cuenta sobre la mesa, retiró dos tazas vacías y regresó a la barra mientras, en la cocina, Alain golpeaba con el dorso del cuchillo una pinza de marisco demasiado resistente.
El restaurante estaba lleno del ruido habitual de las mañanas: cucharillas contra porcelana, sillas desplazándose sobre la madera, la puerta que se abría y dejaba entrar ráfagas de aire húmedo y conversaciones interrumpidas por los saludos a quienes acababan de llegar.
Desde la terraza llegaba el olor del puerto mezclado con el del café y la mantequilla caliente.
Ya no sentía que todas aquellas voces estuvieran pendientes de ella.
Algunas mañanas conseguía trabajar durante varios minutos sin recordar que era nueva, que había llegado de Lyon con una historia incompleta y que cada persona del pueblo podía convertirse, sin quererlo, en una pista para Paul.
Después se abría la puerta, entraba un desconocido o alguien pronunciaba la palabra policía dentro de una conversación cualquiera, y su cuerpo regresaba de inmediato a la vigilancia.
Aquel día ocurrió cuando dos hombres uniformados se sentaron en la terraza.
No eran policías. Camille lo comprendió en cuanto pudo fijarse en los emblemas de sus chaquetas: personal de salvamento marítimo, quizá de alguna localidad cercana. Aun así, la bandeja se inclinó ligeramente entre sus manos y una cucharilla cayó al suelo.
Marie levantó la vista desde la cafetera.
—¿Estás bien?
Camille recogió la cucharilla.
—Sí.
La respuesta fue automática. Marie no insistió. Se limitó a apartar la taza que Camille estaba a punto de llenar y colocó otra debajo de la máquina.
—Esa tenía una grieta.
Camille miró la porcelana. No vio ninguna, pero entendió el gesto. Marie le había concedido unos segundos para detenerse sin obligarla a admitir que los necesitaba.
Preparó los cafés y salió a la terraza. Los dos hombres hablaban sobre una embarcación que había encallado la noche anterior y apenas repararon en ella.
Camille dejó las tazas, recibió el pago y regresó al comedor sin que ocurriera nada.
La tranquilidad posterior no llegó como un alivio claro, sino como una presión que se deshacía poco a poco entre los hombros.
En Lyon, Paul solía decir que reaccionaba de forma exagerada.
Si un ruido la sobresaltaba o evitaba una calle después de haber discutido con él, insistía en que era demasiado sensible, que interpretaba amenazas donde no las había y que esa manera de vivir terminaría agotándolos a los dos.
Con el tiempo, Camille había empezado a anticipar también aquella acusación.
Ya no necesitaba que Paul la pronunciara; bastaba con sentir miedo para avergonzarse de él.
En Kerlann nadie le pedía que justificara por qué se sobresaltaba.
Marie cambiaba una taza.
Alain cerraba una puerta que golpeaba con el viento.
Annette avisaba antes de subir la escalera.
Gestos pequeños, quizá casuales, que no trataban de corregirla ni de demostrarle que estaba equivocada.
A las once, cuando el desayuno había terminado y aún faltaba un rato para que empezaran a llegar los primeros clientes del mediodía, Marie le pidió que bajara al almacén a buscar manteles limpios.
Camille descendió por una escalera estrecha situada detrás de la cocina.
El sótano olía a piedra húmeda, detergente y vino.
Las botellas se apilaban en estanterías de madera, junto a cajas de conservas, sacos de harina y manteles doblados con una precisión que solo podía pertenecer a Alain.
Camille encontró los que necesitaba en la segunda balda. Al retirarlos, vio una caja de herramientas abierta sobre una mesa pequeña. Había destornilladores, llaves inglesas, tornillos clasificados en botes de cristal y una cerradura nueva todavía dentro del embalaje.
No le habría prestado atención de no ser porque, la noche anterior, la puerta de la habitación de Annette había vuelto a atascarse.
La humedad había hinchado la madera y Camille necesitó empujarla con el hombro para conseguir cerrarla.
El pestillo interior funcionaba, pero la cerradura giraba con dificultad y la llave quedaba atrapada si no se sostenía en un ángulo determinado.
Annette había prometido llamar a alguien, aunque Camille le aseguró que no era necesario. La puerta cerraba. Eso bastaba.
Se quedó mirando la caja unos segundos y después recogió los manteles.
No tenía motivos para pensar que aquella cerradura estuviera relacionada con ella.
Alain reparaba continuamente cosas del restaurante.
Podía ser para el almacén, para la cocina o para cualquier puerta del pueblo, considerando la cantidad de personas que parecían pedirle ayuda.
Cuando regresó arriba, él estaba junto a la salida trasera, limpiándose las manos con un paño.
—Después del servicio iré contigo —dijo sin más.
Camille dejó los manteles sobre la barra.
—¿Adónde?
—A casa de Annette.
El cuerpo se le tensó antes de que pudiera controlar la reacción.
Alain pareció notarlo, porque aclaró:
—Dice que la cerradura funciona mal.
Camille miró hacia Marie, que estaba anotando un pedido y no intervino.
—No hace falta. Puedo abrirla y cerrarla.
—No he dicho que no puedas.
—Solo se atasca un poco —siguió ella.
—Bueno, pues habrá que hacer que deje de atascarse.
Alain dobló el paño y lo dejó junto al fregadero, dando por terminada la conversación.
Camille sintió una irritación repentina, desproporcionada y difícil de explicar.
No quería que nadie entrara en la habitación.
No quería que un hombre revisara su puerta, tocara sus cosas o decidiera qué necesitaba.
Sabía que Alain no era Paul y que una cerradura defectuosa era una cerradura defectuosa, pero el cuerpo no siempre aceptaba las diferencias que la cabeza comprendía.
—Annette tiene una llave —dijo—. Puede llamar a quien haga estos trabajos normalmente.
Alain la observó. Sus ojos eran grises, más claros de lo que parecían a distancia, y no había impaciencia en ellos.
—Normalmente me llama a mí.
—Puedo pagarte —dijo al instante.
—No te he pedido dinero.
Aquello empeoró la incomodidad.
—No quiero que hagas un trabajo gratis por mí.
—No lo hago por ti.
Camille frunció el ceño.
Alain señaló con la cabeza hacia la calle, donde Annette acababa de pasar cargando una caja de verduras.
—La habitación es suya. La cerradura, también.
La explicación era tan práctica que dejó poco espacio para discutir.
El servicio del mediodía ocupó el resto de la conversación.
Llegaron unos turistas que preguntaron si podían sentarse en la terraza a pesar de las nubes, una familia con dos niños que cambiaron tres veces de mesa y varios trabajadores del puerto que pidieron el menú del día.
Camille se movió entre ellos con una seguridad todavía frágil, pero cada vez más real.
Sabía dónde estaban los cubiertos de pescado, qué platos quemaban al salir de la cocina y cómo evitar el tablón del suelo que crujía junto a la mesa siete.
Alain no volvió a mencionar la cerradura hasta que se marchó el último cliente.
—Cinco minutos —le pidió mientras guardaba varias herramientas en una bolsa de lona.
Camille miró el reloj. Faltaba más de una hora para que Julie saliera de la escuela.
—De acuerdo.
Marie envolvió dos porciones de quiche en papel y las dejó junto al bolso de Camille.
—Para la cena.
Camille abrió la boca y Marie levantó una mano.
—Hoy no tengo tiempo para discutir.
Camille suspiró y guardó la comida.
Por fin, Alain salió por la puerta trasera con la bolsa de herramientas al hombro. Camille recogió su chaqueta y lo siguió.
Caminaron hacia la tienda de Annette sin hablar.
El pueblo estaba más animado que por la mañana.
Varias terrazas estaban llenas de clientes, una furgoneta descargaba bebidas frente al bar y en el puerto, un grupo de hombres lavaba la cubierta de un pesquero.
Alain los saludó a casi todos con un gesto breve.
Algunos le preguntaron por el menú del día o por Marie.
Nadie pareció sorprenderse al verlo con Camille, aunque ella sí era consciente de cada mirada.