6 #3
La jornada transcurrió deprisa. Marie le enseñó a explicar y describir los platos de la carta de mediodía, Alain le hizo repetir tres veces el orden en que debía servir una mesa y Yann apareció cerca de las dos para afirmar que solo quería café antes de terminar comiendo una ración de estofado.
Camille trabajó con la sensación de haber dejado una parte de sí misma en la playa, frente a aquel horizonte que no ofrecía ninguna salida.
A las cuatro y cuarto, Marie le dio una bolsa con un recipiente dentro y le dijo que podía marcharse.
—Todavía queda por recoger la terraza.
—La recogerá Alain, ve a por tu hija.
Desde la cocina llegó un ruido de cazuelas.
—No pienso recogerla —gruñó él.
Marie miró al cielo un instante y suspiró
—¡Ya lo haré yo, como todo! —gritó hacia la cocina.
—Puedo hacerlo antes de irme —insistió Camille.
Marie señaló el reloj.
—Tu hija sale en quince minutos, vete. Y además —añadió en voz baja—, Alain es perro ladrador, pero te aseguro que recogerá la terraza. Te ha puesto arroz con marisco para cenar, le ha salido delicioso.
Camille sonrió y se quitó el delantal.
—Mañana llegaré antes.
—Mañana llegarás a tu hora.
Marie no esperó respuesta, dio media vuelta y volvió al restaurante.
Camille caminó deprisa hasta la escuela. Cuando dobló la esquina, los primeros niños ya salían por la puerta azul. Varios adultos esperaban junto al muro, hablando entre ellos. Ella se quedó algo apartada, desde donde podía ver tanto la entrada como la carretera.
Claire apareció con tres niños. Detrás de ella salió Julie con la mochila mal cerrada, una trenza casi deshecha y la mano levantada para proteger algo.
—¡Mamá! —Corrió hacia Camille, pero se detuvo antes de abrazarla—. Mira.
Abrió los dedos.
En el centro de la palma había una concha pequeña, blanca por fuera y violeta en el interior. Tenía un borde roto y varios granos de arena pegados.
—La he encontrado en el recreo.
Camille la tomó con cuidado.
—¿En el patio?
—Maëlle dice que las gaviotas las dejan allí. Pero Claire dice que quizá la trajo alguien en un bolsillo.
—Las dos cosas son posibles —dijo Claire, que se había acercado detrás de ella—. Ha tenido un buen día.
Julie recuperó la concha.
—Maëlle es mi amiga —afirmó.
—¡Qué bien!—se alegró Camille.
—Sí. Me ha enseñado dónde se esconden cuando juegan y yo le he dejado tocar a Monsieur Lapin.
Levantó la mochila, de la que asomaba una oreja gris.
—También me ha dicho que en verano podemos bañarnos.
Camille miró a la niña pelirroja que esperaba unos metros más allá junto a un hombre joven. Maëlle saludó a Julie con una mano antes de marcharse.
—¿Te ha gustado la escuela?
—Sí.
Julie guardó la concha en el bolsillo de la chaqueta.
—¿Volveré mañana?
—Por supuesto.
Empezaron a caminar hacia la habitación de Annette.
Julie hablaba deprisa, saltando de una cosa a otra: habían pintado peces, un niño llamado Lucas había escondido una goma dentro de un zapato, Claire sabía dibujar ballenas y en el comedor les habían dado queso.
Después guardó silencio durante unos pasos.
—¿Volveremos pronto a Lyon?
Camille sintió que el cuerpo se tensaba.
La pregunta había estado allí desde la mañana, esperando.
—No lo sé.
—Echo de menos mi cama.
—Ya.
—Y mis cuentos. No cogimos el de la bruja que pierde la escoba.
—Podemos buscarlo en la librería de Solène.
—Pero no será el mío.
Camille miró hacia delante. La calle descendía hasta el puerto, donde el agua empezaba a cubrir las piedras más bajas del muelle.
—No —admitió—. No será el mismo, pero será tuyo, eso es lo importante.
Julie pensó en ello.
—¿Papá sabe dónde estamos?
La concha se movía dentro de su bolsillo con cada paso.
Camille podría haber mentido otra vez. Decir que sí, que todo estaba bien, que Paul sabía que necesitaban tiempo. Pero algunas mentiras protegían y otras solo aplazaban el dolor.
—No.
Julie bajó la cabeza.
—¿Está enfadado?
—No lo sé.
—Seguro que sí.
Camille no respondió.
La niña caminó unos metros en silencio. Después sacó la concha del bolsillo y la sostuvo a contraluz.
—Maëlle dice que mañana podemos buscar otra para ti.
La facilidad con que cambió de tema no significaba que hubiera olvidado.
Los niños podían llevar dos emociones al mismo tiempo sin decidir cuál era más importante.
Julie echaba de menos su cama, temía el enfado de su padre y esperaba volver a la escuela para buscar conchas con una amiga. Todo cabía dentro de ella.
Camille le tomó la mano.
—Me gustará tener una.
Julie entrelazó los dedos con los suyos y siguió contándole que Maëlle sabía silbar, aunque todavía no muy bien.
Mientras atravesaban el puerto, Camille comprendió que había pasado los últimos días pensando únicamente en lo que Julie había perdido: su habitación, sus juguetes, la escuela anterior, la vida que conocía. No había visto todavía lo que empezaba a aparecer en su lugar.
Una etiqueta con su nombre sobre un perchero.
Una niña pelirroja que le enseñaba dónde esconderse durante el recreo.
Una concha rota encontrada en un patio frente al mar.
Camille continuaba midiendo las calles, observando los coches y despertándose con cada ruido. Seguía viviendo en el espacio estrecho entre el miedo y la posibilidad de que Paul las encontrara.
Julie, en cambio, caminaba a su lado con arena en los zapatos y una amiga nueva.
Quizá ella todavía estaba huyendo, pero su hija había empezado a llegar.