Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 6 #2
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—Por ahora estará en mi clase. Somos diecisiete. Hay niños de cinco y seis años juntos, así que encontrará ritmos distintos. Si necesita apoyo, lo veremos más adelante. No hace falta decidirlo todo esta mañana, ni siquiera esta semana.

—Puedo ayudarla en casa.

—Seguro, eso estará bien.

—En Lyon llevaba los contenidos al día.

—No lo dudo, pero el cambio puede afectarla, aunque a primera vista no lo parezca.

La serenidad de Claire no contenía ironía, pero Camille tuvo la sensación de estar intentando demostrar algo que nadie había puesto en cuestión.

Se levantó.

—¿A qué hora debo venir a buscarla?

—A las cuatro y media. También podrá quedarse a las actividades extraescolares a partir de la semana próxima.

—No. Vendré yo.

Claire no discutió.

Al salir al pasillo, Julie ya estaba dentro del aula.

Se había sentado junto a Maëlle frente a una mesa cubierta de lápices, con el conejo gris sobre las rodillas.

Camille se acercó a la puerta. Esperaba que la niña levantara la vista y quizá corriera hacia ella, pero Julie estaba ocupada coloreando una hoja.

—Me voy —dijo.

La niña la miró apenas un segundo.

—Vale.

—Vendré después de comer.

—A las cuatro y media —corrigió Claire.

Julie eligió un lápiz azul.

Camille permaneció allí un instante más.

—¿Quieres que me lleve el conejo?

—No.

—Podría perderse.

—Lo voy a cuidar.

—Julie…

La niña apretó el peluche contra el pecho.

—Se queda conmigo.

Camille notó que Claire observaba desde la otra punta del aula, sin intervenir. Respiró despacio.

—De acuerdo. Pero no lo saques al patio.

—Vale.

—Y quítate la chaqueta si tienes calor.

—Vale.

—No comas deprisa.

Julie levantó la cabeza.

—Mamá…

Camille se inclinó para besarla y la niña le ofreció la mejilla sin dejar el lápiz. Después regresó al dibujo.

Al cerrar la puerta el aula, oyó el comienzo de una canción. Varias voces infantiles se elevaron al mismo tiempo, desordenadas y alegres, y durante unos segundos permaneció en el pasillo escuchándolas. Después salió del colegio, cruzó la carretera y empezó a caminar sin una dirección concreta.

Le había prometido a Marie que llegaría al restaurante más tarde, en lugar de tan temprano como el día anterior, así que tenía por delante casi dos horas libres.

Podía regresar a la habitación de Annette, ordenar la ropa, comprobar el dinero y revisar otra vez los documentos.

Había tareas suficientes para llenar el tiempo.

Sin embargo, siguió bajando hacia el puerto.

La mañana estaba fría, aunque ya era junio.

Una niebla ligera cubría las zonas más alejadas de la costa y convertía los barcos en formas incompletas.

Los comercios empezaban a abrir. Solène levantaba la persiana de la librería y saludó a Camille con la mano desde la otra acera. Camille respondió sin detenerse.

Al final del puerto encontró un sendero que descendía hacia la playa.

No era una playa amplia ni homogénea. La arena se mezclaba con piedras oscuras, algas y pequeños restos de madera pulidos por el agua.

A la derecha, las casas del pueblo desaparecían detrás de un promontorio rocoso.

A la izquierda, la costa continuaba formando entrantes y acantilados bajos hasta perderse en la bruma.

Camille bajó los últimos escalones y se detuvo.

El mar estaba muy cerca.

No era la franja lejana que veía desde la habitación ni el espacio encerrado entre los muelles.

Allí ocupaba todo el horizonte. Se extendía hasta confundirse con el cielo y avanzaba hacia ella en oleadas regulares, dejando sobre la arena una espuma blanca que desaparecía casi de inmediato.

El sonido era más fuerte, más desordenado.

Cada ola parecía distinta de la anterior y, al mismo tiempo, formaba parte de algo que no se interrumpía nunca.

Camille caminó junto a la orilla sin acercarse demasiado al agua.

Había visto el Mediterráneo de niña, durante unas vacaciones que apenas recordaba.

También había pasado algunos días en la costa con Paul antes de que naciera Julie.

En aquellas ocasiones, el mar había sido un decorado de fondo entre tumbonas, restaurantes, sombrillas y fotografías tomadas al atardecer.

Nunca lo había observado así, sola, sin saber qué haría la semana siguiente.

La gente hablaba del mar como si representara la libertad.

A ella le parecía un límite.

Había cruzado Francia hacia el oeste hasta llegar a un lugar donde la tierra terminaba. Más allá no había otra carretera, ni una estación, ni un pueblo al que continuar huyendo. Solo agua. Una extensión demasiado grande para atravesarla y demasiado abierta para esconderse.

Se detuvo frente a una roca cubierta de algas.

Había elegido Kerlann porque era pequeño, lejano y lo bastante desconocido para no estar unido a ninguna persona de su vida anterior.

También porque una vez, años atrás, había guardado una postal de la costa bretona dentro de un cajón.

La imagen mostraba un faro, un cielo gris y una frase que había escrito sin intención de enseñársela a nadie.

En aquel tiempo, vivir junto al mar le parecía una fantasía sencilla, una idea que podía conservarse precisamente porque nunca ocurriría.

Pero ahora que estaba allí no sentía alivio.

Sentía cansancio, frío y una conciencia aguda de todo lo que podía perder.

Sacó el teléfono nuevo del bolso. Solo contenía tres números, los de Annette, el restaurante y la escuela. Había elegido un aparato básico, pagado en efectivo, y todavía se sobresaltaba cada vez que sonaba. La pantalla permanecía vacía.

Paul no podía llamarla.

Aquello debería haber bastado para tranquilizarla, pero el silencio se había convertido en otra forma de presencia.

No saber lo que hacía significaba imaginarlo.

Paul no era un hombre que aceptara la incertidumbre.

Cuando algo escapaba a su control, no gritaba ni actuaba de manera impulsiva.

Buscaba. Ordenaba. Esperaba hasta encontrar el punto por el que podía entrar.

Camille conocía su paciencia.

Ese era uno de los motivos por los que seguía mirando detrás de ella en cada esquina.

Continuó caminando. Las huellas de sus zapatos quedaban marcadas sobre la arena húmeda y el agua borraba las más cercanas a la orilla.

Durante un momento pensó en regresar sobre sus pasos y comprobar si podía reconocer el camino recorrido.

Después comprendió que aquella necesidad no tenía sentido.

Sabía de dónde venía. Lo difícil era saber hacia dónde iba.

Una ráfaga de viento le apartó el pelo del rostro. Se cerró la chaqueta y metió las manos en los bolsillos.

Durante años había imaginado la huida como un momento concreto: cerrar la maleta, coger a Julie, atravesar una puerta.

Creía que, una vez fuera, todo lo demás pertenecería a otra vida.

No había pensado que huir continuaba después.

En cada documento que firmaba, en cada historia que inventaba.

En la manera de sentarse junto a una salida o de memorizar las matrículas de los coches aparcados.

En la necesidad de calcular cuánto tardaría Paul en encontrar una pista que ella hubiera olvidado eliminar.

La libertad, si aquello lo era, exigía una vigilancia casi tan agotadora como el miedo.

Se sentó sobre una piedra plana, lejos de la línea que alcanzaban las olas.

Desde allí podía ver la escuela al otro lado del promontorio, aunque no distinguía el patio.

Imaginó a Julie dentro del aula, eligiendo colores, aprendiendo los nombres de los otros niños, contando que su padre no estaba con ellas, que se había quedado en Lyon.

Se preguntó si podría haber hecho las cosas de otra forma.

Había asociaciones, refugios, procedimientos legales.

Lo sabía. Durante semanas había leído información en bibliotecas y ordenadores públicos, siempre borrando el historial después.

Podía haber denunciado a Paul, pedido una orden de alejamiento, protección, explicado lo ocurrido.

Pero Paul era policía. Conocía el sistema, a las personas y las palabras correctas.

Nunca le había provocado una lesión grave.

La mayoría de las veces ni siquiera la tocaba.

Bastaba con cerrar la puerta, quitarle las llaves y situarse delante de ella mientras hablaba hasta que Camille terminaba dudando de lo que había sentido.

¿Qué habría contado?

Que temía a un hombre que casi nunca levantaba la voz delante de otros.

Que se sentía vigilada aunque él asegurara preocuparse por ella.

Que algunas noches, Paul la sujetaba por los brazos para impedir que abandonara una discusión, y al día siguiente insistía en que no le había hecho daño.

Que Julie había empezado a esconderse cuando oía cambiar el tono a su padre.

Las palabras parecían pequeñas al compararlas con el miedo.

Paul habría sabido hacerlas aún más pequeñas.

Camille miró el mar. Una ola chocó contra las rocas y lanzó una nube de agua que el viento deshizo antes de que llegara a ella.

No podía pensar en todo a la vez.

Tenía trabajo durante unos días y una habitación pagada hasta el lunes. Julie estaba en la escuela. Paul no sabía dónde estaban.

Eso era lo que tenía.

El resto todavía no había ocurrido.

Permaneció allí hasta que el frío empezó a atravesarle los pantalones. Después volvió al pueblo por el mismo sendero. Al subir los escalones, encontró a un hombre mayor que descendía con un perro negro. Él se apartó para dejarla pasar.

—La marea está subiendo —le advirtió—. No puede despistarse junto al mar.

Camille miró hacia la playa.

No se había dado cuenta.

Durante el tiempo que había permanecido sentada, el agua se había acercado varios metros. Algunas de sus huellas ya habían desaparecido.

—Gracias.

El hombre continuó bajando sin preguntarle quién era ni por qué estaba sola. Camille lo observó un momento y después siguió hacia el restaurante.