Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 6
10%

6

Camille

Kerlann. Primera semana de junio

La escuela ocupaba un edificio bajo de piedra clara, separado del mar por una carretera estrecha y un muro sobre el que crecían líquenes amarillos.

Desde el patio podían verse los tejados del puerto, las puntas de los mástiles y, cuando el viento soplaba con fuerza, una franja de agua entre los árboles inclinados.

No había verja alta ni una entrada vigilada, solo una puerta azul, varios dibujos pegados en los cristales y un cartel de madera donde el nombre del centro aparecía escrito en francés y en bretón.

Camille se detuvo al otro lado de la calle con Julie de la mano.

Ya habían estado allí dos veces. La primera para preguntar si podían admitirla y la segunda, durante unas horas, mientras Camille trabajaba.

Sin embargo, aquella mañana era distinta.

Llevaban la documentación que la profesora le había pedido, una mochila con ropa de recambio, una caja pequeña para el almuerzo y el compromiso tácito de que Julie empezaría a acudir todos los días.

No era una visita.

Era el principio de una rutina.

Camille miró las ventanas abiertas de la planta baja.

En una de las aulas, varios niños se movían alrededor de unas mesas pequeñas mientras una mujer colocaba cartulinas sobre una pared y, al fondo, alguien cantaba una canción que Julie pareció reconocer y empezó a cantar de inmediato, aunque Camille no entendía la letra.

—¿Hay patio aquí? —preguntó la niña—. Me gusta el patio.

—Supongo que sí.

—¿Aunque llueva?

—Imagino que dependerá de cuánto llueva.

Julie contempló el cielo cubierto.

—Entonces no podremos salir mucho al patio…

Camille estuvo a punto de sonreír. La niña llevaba el pelo recogido en dos trenzas desiguales porque una había quedado más alta que la otra y no había habido tiempo para rehacerlas.

En Lyon, Paul habría señalado la diferencia nada más verla.

Quizá no con enfado, pero sí con esa atención minuciosa que convertía cualquier descuido en una prueba de que Camille hacía las cosas deprisa o mal.

Aquella mañana, al observar a Julie, había sentido el impulso de volver a empezar aunque llegaran tarde al colegio, pero después recordó que nadie iba a examinarla ni a ponerla en evidencia.

Sin saber por qué, se sentía más ligera. O quizá sí lo sabía…

—¿Las gaviotas entran en las clases? —preguntó Julie.

Una de ellas acababa de posarse sobre el tejado de la escuela y caminaba por las tejas con movimientos torpes.

—No creo.

—Pero las ventanas están abiertas. No me gustan mucho las gaviotas, chillan demasiado.

—Las profesoras sabrán qué hacer.

Julie pareció tranquilizada por la competencia de unas mujeres a las que apenas conocía. Tiró de la mano de Camille para cruzar la calle y fue ella quien avanzó primero hacia la puerta.

La profesora las esperaba dentro. Se llamaba Claire Le Bihan y tendría poco más de cuarenta años, aunque su manera de moverse, rápida y tranquila al mismo tiempo, hacía difícil calcularlo.

Llevaba unos pantalones oscuros, una camisa de cuadros con las mangas remangadas y el pelo recogido en una coleta baja.

Camille la había visto en el restaurante el día anterior, pero allí, entre percheros llenos de chaquetas pequeñas y dibujos de animales marinos, parecía distinta.

—Buenos días, Julie —la saludó con una sonrisa.

La niña levantó la vista.

—¿Hay recreo? —preguntó de inmediato.

Claire no pareció sorprendida.

—Dos. Uno por la mañana y otro por la tarde.

—¿Aunque llueva?

—Cuando llueve poco, sí. Si llueve mucho, jugamos en el gimnasio, es muy divertido también, hay sitio para correr y saltar.

Julie asintió, satisfecha.

—¿Y las gaviotas entran en las clases?

Claire miró hacia una ventana abierta.

—Solo una vez —reconoció ella.

—¿Qué pasó? —Julie abrió mucho los ojos mientras esperaba la respuesta.

—Se comió el desayuno de Lucas y después se negaba a salir.

—¿Cómo la sacasteis?

—La convencimos de que si se quedaba, tendría que aprender a sumar, así que decidió marcharse.

La pequeña soltó una carcajada y luego se giró hacia su madre.

—Quiero quedarme.

Claire sonrió y le señaló uno de los percheros, donde ya habían colocado una etiqueta con el nombre de Julie.

—Puedes dejar aquí la chaqueta. Tu sitio está junto a Maëlle, la niña que conociste ayer.

Julie soltó la mano de su madre y se acercó al perchero. Camille percibió el vacío de inmediato, como si la niña no se hubiera alejado apenas unos pasos, sino mucho más. Aguantó el pellizco en el estómago, abrió el bolso y sacó la carpeta con los documentos.

—He traído todo lo que me pidió.

Claire la cogió, pero no la abrió.

—Luego lo miro, seguro que está todo bien. Si le parece bien, podemos hablar un momento en mi oficina antes de que empiecen las clases.

El despacho era una habitación pequeña situada junto a la entrada.

Había una mesa cubierta de papeles, dos sillas, una estantería con cuentos infantiles y una cafetera sobre un archivador.

Desde la ventana se veía parte del patio y, más allá del muro, el cielo confundido con el mar.

Camille eligió la silla más próxima a la puerta y Claire dejó la carpeta sobre la mesa.

—No tardaremos mucho. Solo quiero completar la ficha y saber si hay algo que debamos tener en cuenta.

—Claro.

Claire abrió la carpeta, revisó el certificado de nacimiento, las cartillas médicas y el documento de identidad que Camille le había entregado. No se detuvo más de lo necesario en ninguno.

—¿Alguna alergia?

—No.

—¿Toma medicación?

—No.

—¿Ha tenido alguna dificultad en la escuela anterior?

—Ninguna. Le gusta leer, aunque todavía se cansa si el texto es largo. Con los números va bien.

Camille se escuchó hablar y comprendió que estaba proporcionando más información de la que le habían pedido. Lo hacía siempre que temía que el silencio pudiera despertar sospechas. Llenaba los espacios antes de que otros decidieran hacerlo con preguntas.

Claire anotó algo.

—¿Ha vivido siempre en Lyon?

—Sí.

—El cambio puede resultarle extraño al principio. Aquí hay pocos niños y algunos llevan juntos desde la guardería, pero suelen recibir bien a quienes llegan nuevos.

Camille miró hacia el patio. Julie estaba junto a la puerta del aula, enseñándole a otra niña el conejo gris que había insistido en llevar dentro de la mochila.

—Parece estar adaptándose.

—Los niños suelen hacerlo más deprisa que los adultos.

Claire pasó una hoja.

—Necesito también un contacto para emergencias. He puesto tu número. ¿Hay alguien más a quien podamos llamar si no te localizamos?

—No —respondió de inmediato.

La palabra quedó entre ambas.

Claire levantó los ojos, pero no mostró sorpresa.

—Puede ser una amiga, algún familiar, la persona con la que os alojáis…

—No tenemos a nadie aquí.

—De acuerdo.

Volvió a la ficha sin pedir una explicación.

Camille sintió alivio y, detrás del alivio, algo parecido a la vergüenza.

Había llegado preparada para responder cualquier tipo de pregunta, con la verdad cuando fuera posible, mintiendo si era necesario.

Casi deseó que Claire insistiera, porque habría sabido defenderse.

La ausencia de presión la dejaba sin el papel que había ensayado.

—Annette podría servir —rectificó al cabo de un momento—. Solo mientras estemos en la habitación encima de la tienda. Pero tendría que preguntárselo.

—Claro, háblalo con calma. No es imprescindible que me respondas hoy.

Claire dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Julie me ha dicho que su padre vive en Lyon.

Camille no movió las manos. Las tenía apoyadas sobre el bolso, una encima de la otra.

Había pensado en la posibilidad de que Julie mencionara a su padre. Apenas había preguntado por él desde que se marcharon de casa, y las explicaciones que le había dado eran muy vagas.

—Sí —respondió sin más.

Claire aguardó.

Camille sabía que podía detenerse allí. No había ninguna pregunta. Sin embargo, la mentira necesitaba un poco de espacio para parecer verdadera.

—Necesitamos… tiempo y espacio —añadió.

Pronunció cada palabra despacio.

Había pensado en decir que su marido había muerto, esa era una historia que no admitía más preguntas, pero en ese caso, ¿qué le habría dicho a Julie?

No podía pedirle que mintiera, era solo una niña y no debía cargarla con esa responsabilidad, y si la hacía creer que su padre había muerto se sentiría muy triste, devastada, y quizá incapaz de comenzar una nueva vida como ella quería.

Camille apartó la mirada.

—Lo entiendo —dijo Claire sin más.

No alargó la frase ni adoptó un tono más suave ni compasivo.

—Julie no ha hablado mucho del tema —continuó—, simplemente respondió a la pregunta de un compañero, pero me gustaría saber si hay algo que pueda afectarle, cualquier cosa que debamos evitar.

Camille pensó en voces masculinas demasiado altas. En una puerta cerrándose con fuerza. En un policía uniformado entrando en el aula para dar una charla. En los dibujos del Día del Padre…

—No le gustan las discusiones —dijo—, se altera bastante con las voces altas o los ruidos inesperados, sobre todo portazos… y golpes —concluyó, evitando la mirada de la maestra.

—Tranquila, lo tendremos en cuenta.

Nada en su expresión indicó que hubiera comprendido más de lo dicho, pero Camille tuvo la impresión de que tampoco lo había pasado por alto.

—¿Habéis hablado del futuro? —preguntó Claire.

Camille volvió la vista hacia el patio.

—Sabe que vamos a vivir en Kerlann.

—No es exactamente lo mismo.

—No puedo saber cuánto tiempo, todavía es pronto.

Claire asintió.

—Lo entiendo —repitió una vez más.

—Quiero que tenga estabilidad.

—Eso se consigue día a día. Empezaremos hoy y mañana, ya veremos. Paso a paso —concluyó.

Camille no respondió. Le molestaban las frases que parecían simples porque, durante años, había aprendido que nada lo era.

Una cena agradable con Paul podía torcerse por una mirada, por un comentario o por un nombre mencionado sin pensar.

El presente nunca había sido un lugar seguro. Solo era el tiempo que precedía a algo.

Claire cerró la carpeta.