5 #3
Camille no estaba segura de si eso había sido un reproche o el final de la explicación, y tampoco sabía si le hacía gracia la idea de que su hija se hubiera ido con una desconocida.
Antes de que pudiera decir nada, Julie levantó el dibujo que llevaba en la mano.
—Esta eres tú —anunció triunfal.
Julie había dibujado tres figuras frente a un edificio azul. Una era pequeña y tenía el pelo amarillo. Otra llevaba algo negro alrededor de la cintura. La tercera, mucho más alta, sostenía una cuchara.
—¿Y quién es ella? —preguntó Camille.
—Marie.
Marie se acercó para observar el dibujo.
—Me ha hecho demasiado delgada —sonrió.
—Te puedo hacer más grande.
—No, así está perfecto.
Julie dejó el papel sobre una mesa y miró hacia la vitrina de postres. Marie siguió su mirada.
—Queda una chouquette —le dijo.
Camille intervino antes de pensarlo.
—No hace falta, de verdad, gracias.
Pero Marie ya había abierto la vitrina.
—¿Quién ha dicho que haga falta? —respondió después—, esto es un capricho.
—Pero ha merendado en la escuela…
Marie la ignoró una vez más, colocó la chouquette sobre un plato pequeño y lo dejó sobre una de las mesas. Luego miró a Julie, sonrió y le indicó que se sentara. La niña esperó, con los ojos clavados en su madre.
Camille sintió una mezcla de gratitud y alarma. Un dulce no era importante. Precisamente por eso resultaba difícil rechazarlo sin parecer descortés y difícil aceptarlo sin preguntarse qué significaba.
—No quiero que se acostumbre —dijo.
Marie no empujó el plato hacia Julie ni insistió.
—Eres su madre, tú decides, pero solo es un pastelillo.
La niña miró la chouquette y después a Camille.
Marie se alejó para recoger unas tazas. No había desafío en el gesto. No intentaba imponerse ni convertir el regalo en una obligación. Había dejado la elección donde debía estar.
Camille respiró y le acarició de nuevo el pelo a su hija.
—Puedes comértela.
Julie sonrió y tomó el dulce con ambas manos.
—¡Gracias, Marie! —gritó.
—De nada —le devolvió ella desde el fondo del local.
Annette se despidió y salió del restaurante después de prometerle a Julie que le guardaría una caja vacía para sus conchas.
Camille se quitó por fin el delantal.
La niña se había sentado junto a la ventana y comía despacio mientras contemplaba los barcos. El dibujo permanecía sobre la mesa, ligeramente arrugado en una esquina. Camille lo alisó con la palma.
—¿Vendrás mañana otra vez? —le preguntó la niña.
—Sí, cariño —respondió.
—¿Y yo podré esperarte aquí? Incluso puedo venir sola, está cerca y sé el camino.
Camille miró hacia Marie.
Ella estaba de espaldas, colocando vasos en una balda. No se volvió ni respondió por ella.
—Haremos una cosa —dijo a continuación—. Iré a buscarte y luego, si a Marie le parece bien, vendrás conmigo y te quedarás sentada sin molestar mientras yo termino, ¿de acuerdo?
—No molestaré —prometió Julie en el acto.
—Eso lo decidiremos los demás.
Julie siguió comiendo y mirando los barcos.
En ese momento, Alain salió de la cocina. Se había quitado el delantal y llevaba un pequeño recipiente en las manos que dejó sobre la barra.
—La cena —dijo sin más.
Camille lo miró.
—¿Qué?
—Pescado y patatas —añadió—. Para cenar. Han sobrado.
—No puedo llevarme…
—Entonces, no voy a tener más remedio que tirarlo.
—Podrían guardarlo para mañana…
—No, eso nunca. Nosotros solo servimos producto fresco recién cocinado, así que si no lo quieres… A nosotros no nos duelen prendas por cenar las sobras, y nuestros hijos lo han hecho toda la vida.
Camille miró el recipiente. Estaba cerrado y todavía caliente.
—Puedo pagarlo —insistió Camille.
Él ya se dirigía hacia la puerta trasera.
—No está en venta —respondió—. Simplemente, lo quieres o no.
Camille permaneció junto a la barra, sin tocar el recipiente.
Marie terminó de colocar los vasos.
—Si no lo quieres, déjalo.
—No he dicho que no lo quiera —se apresuró a decir Camille.
—Entonces, llévatelo.
—No quiero deberles nada —susurró.
No pretendía decirlo en voz alta, pero Marie lo había oído. Durante unos segundos no respondió. Miró a Julie, que seguía junto a la ventana, y después a Camille.
—Trabajas aquí —dijo—. Alain cocina. A veces sobra comida. No hay una deuda escondida en cada cosa. Simplemente, compartimos lo que tenemos. Pero puedes dejarlo —añadió—. No pasa nada.
Camille sonrió y cogió el recipiente.
Cuando salieron, el cielo había vuelto a cubrirse y una llovizna fina empañaba el puerto. Julie caminaba a su lado contando las ventanas azules de las casas. Camille llevaba el recipiente bajo el brazo y el dibujo doblado con cuidado dentro del bolso.
Había pasado todo el día esperando que Marie le dijera que no servía, que Alain perdiera la paciencia o que algún cliente se quejara de ella, pero nada de eso había pasado. De hecho, ambos se habían despedido de ella hasta el día siguiente.
Camille sabía que no debía bajar la guardia, era experta en permanecer alerta, pero mientras caminaba hacia la habitación de Annette, con Julie saltando para evitar los charcos, empezó a comprender que algunas personas ayudaban sin esperar nada a cambio y cuidaban de los demás sin obligar a nadie a reconocerlo.