5 #2
—No debería pasarme, tengo que estar atenta…
—Es tu primer día —le recordó Marie.
—Justo por eso debería estar especialmente atenta.
Marie frunció un poco el ceño.
—Cuanto más nerviosa estés, más errores cometerás, así que cálmate, todo va a ir bien.
Camille sonrió y volvió al trabajo. No podía contarle a Marie que equivocarse delante de Paul convertía cualquier tarea sencilla en una prueba de su incompetencia, o que un vaso mal colocado podía desencadenar una noche entera de reproches formulados con una calma mucho peor que los gritos.
Preparó una nueva taza de café y miró a su jefa.
—Voy a llevársela.
Solène había vuelto a su libro. Al ver el café, lo apartó un poco para dejar sitio.
—Gracias.
—Perdone la confusión.
—Marie me sirvió té durante seis meses cuando abrí la librería.
—Porque pedías las cosas sin vocalizar —protestó la aludida desde la barra.
—Porque tú no escuchabas —replicó con una amplia sonrisa. Luego, volvió a mirar a Camille—. Sobrevivimos las dos.
Bebió café y reanudó la lectura.
Camille permaneció un instante junto a la mesa antes de obligarse a alejarse.
No sabía qué hacer con la facilidad con la que aquellas personas permitían que los errores terminaran.
Nadie los almacenaba para utilizarlos después.
Nadie parecía necesitar que una equivocación pequeña demostrara un defecto mayor.
A las diez entró una anciana con un abrigo violeta, una barra de pan bajo el brazo y un pañuelo anudado al cuello. No ocupó ninguna mesa. Se acercó directamente a la cocina y golpeó dos veces el marco con los nudillos.
—¡Alain! —llamó.
—Madame Riou —la saludó él cuando salió de la cocina.
—La sopa del martes estaba sosa —se quejó muy seria.
—Vino el jueves, no el martes.
—También estaba sosa el jueves.
—No pidió sopa.
La mujer lo observó durante unos segundos y luego sonrió.
—Veo que todavía tienes memoria. Bien, sigue así.
Luego le entregó una bolsa pequeña de papel.
—Ciruelas. Para Marie. A ti no te doy porque las desperdiciarías en una salsa.
Alain aceptó la bolsa.
—Buenos días, Émilie —la saludó entonces Marie.
—Eran buenos hasta que he visto la terraza. Las mesas están demasiado juntas.
Marie miró hacia Camille.
—Las ha colocado ella.
La anciana se volvió en la dirección que señalaba Marie.
Camille sintió que el cuerpo se le preparaba para defenderse de un ataque.
Madame Riou examinó la terraza a través de la ventana.
—Entonces están bien. Era Alain quien las ponía mal.
El cocinero suspiró por lo bajo y regresó a la cocina.
La anciana soltó una risa breve y se acercó a Camille.
—Eres la chica de Annette.
No parecía una pregunta.
—Así es —confirmó ella.
—Y tienes una niña.
Camille notó cómo se cerraba algo dentro de ella.
—Se llama Julie.
—Lo sé. Está en la clase de mi nieta. Dice que dibuja muy bien.
—Acabamos de llegar —siguió Camille, como si le debiera una explicación a esa mujer que no dejaba de mirarla.
—Los niños son un regalo del cielo —añadió y tomó asiento junto a Solène a pesar de no haber pedido nada. La librera movió el bolso de la silla contigua como si la estuviera esperando y Marie les llevó dos vasos de agua.
Camille observó la escena en silencio. En Lyon, los lugares públicos estaban llenos de personas que protegían su espacio.
Allí, las mesas parecían tener fronteras distintas, menos visibles.
La gente entraba para comer, pero también para contar algo, entregar una bolsa, quejarse sobre la lluvia o comprobar que los demás seguían en su sitio.
Durante el servicio del mediodía, no tuvo tiempo de pensar.
Las mesas se ocuparon casi al mismo tiempo.
Marie tomaba las comandas, servía bebidas y respondía preguntas sin necesidad de anotar nada.
Camille intentó imitarla, pero abandonó la idea después de olvidar si la mesa seis había pedido una o dos raciones de mejillones.
A partir de entonces escribió cada detalle en la libreta que llevaba en el bolsillo del delantal.
Dos menús del día.
Una ensalada sin cebolla.
Agua con gas.
Vino blanco, media botella.
La profesora de Julie llegó poco después de las doce y media con otra mujer. Camille la reconoció antes de que ella levantara la mano para saludarla.
—Tu hija está bien —dijo cuando Camille se acercó a la mesa—. Se ha enfadado porque no la hemos dejado llevarse una concha del rincón de ciencias, pero lo superará —le contó con una amplia sonrisa.
—Vaya, lo siento…
—¡No tienes por qué! —exclamó la mujer al instante. Estaba convencida de que el mar se la había regalado.
La mujer que la acompañaba también sonrió.
Camille abrió la libreta.
—¿Qué les pongo?
La profesora pidió el pescado del día y su acompañante, una tortilla y ensalada. Camille anotó la comanda mientras intentaba no pensar en lo extraño que resultaba que alguien hubiera visto a Julie durante toda la mañana y conociera una pequeña parte de su día que ella desconocía.
—Se está adaptando muy deprisa —añadió la profesora—. La próxima semana podemos hablar con más calma sobre la matrícula. No hay urgencia.
Camille levantó los ojos.
—¿Tendrá plaza en la escuela? —preguntó demasiado ansiosa.
La maestra sonrió y movió la cabeza arriba y abajo.
—La tendrá.
—Puedo traerle mañana los papeles necesarios.
—Cuando puedas.
Aquella expresión empezaba a incomodarla.
Cuando puedas.
No te preocupes.
No hay prisa.
Las personas de Kerlann parecían hablar como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si las puertas no se cerraran al primer retraso y las oportunidades no desaparecieran en cuanto una dejaba de sostenerlas con ambas manos.
—Mañana —repitió Camille.
La profesora la observó un instante y después asintió.
—Mañana estará bien.
Camille llevó la comanda a la cocina. Alain tenía varias sartenes al fuego y una bandeja de pescado preparada para salir.
—Mesa cuatro, dos pescados. Mesa seis, uno y una tortilla.
—La tortilla lleva cinco minutos en la mesa de pase.
Camille miró la balda. Allí estaba.
—No la había visto.
—Ahora la ves.
No había irritación en la voz de Alain, pero Camille cogió el plato con demasiada rapidez. Estaba caliente, y el dolor le atravesó los dedos y estuvo a punto de soltarlo.
Alain lo cogió antes de que cayera.
—Un paño —dijo.
Ella lo miró.
—Usa un paño.
Camille tomó uno y recuperó el plato.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Casi lo tiro.
—Pero no lo has tirado.
—Porque usted lo ha sujetado.
Alain volvió a la sartén.
—Entonces, entre los dos hemos hecho bien el trabajo.
Camille salió de la cocina sin responder.
A medida que avanzaba el servicio, el comedor se volvió más ruidoso.
Los platos chocaban, las sillas se desplazaban sobre la madera y desde la terraza llegaban conversaciones entrecortadas.
Marie se movía muy deprisa. Sabía quién esperaba, quién tenía prisa y quién podía quedarse media hora con la taza vacía sin sentirse ignorado.
Cuando Camille se equivocaba, no acudía a corregirla delante del cliente.
Esperaba a que regresara a la barra y le señalaba el error en voz baja.
—La seis lleva diez minutos sin pan.
—La tres no ha probado el vino. Pregunta si está bien.
—No retires el plato de una persona mientras la otra sigue comiendo, a menos que te lo pida.
Camille obedecía, anotaba y regresaba a las mesas.
Sentía el sudor en la espalda y la mandíbula dolorida de tanto apretarla.
Cada vez que alguien levantaba la mano, tenía la impresión de haber olvidado algo.
Si una conversación bajaba de volumen cuando ella se acercaba, imaginaba que hablaban de su torpeza.
Si Marie fruncía el ceño, Camille repasaba mentalmente todo lo que había hecho durante la última hora.
Al final del servicio, cuando el último cliente se marchó y Alain cerró la puerta de la cocina, Camille tenía los pies doloridos y una mancha de salsa en la manga.
Empezó a recoger las mesas antes de que Marie se lo pidiera.
Apiló los platos, limpió la terraza y barrió bajo las sillas, aunque el cansancio ralentizaba cada movimiento.
—Ya está —dijo Marie.
Camille siguió barriendo.
—Queda la mesa del rincón —dijo sin levantar la vista.
—Ya la harás mañana.
—Puedo terminarla ahora.
—También puedes parar.
Camille apoyó la escoba contra la pared, pero no se quitó el delantal.
—¿He trabajado bien?
Marie estaba revisando la caja.
—Has trabajado como alguien en su primer día —dijo sin levantar la vista.
La respuesta no le bastó.
—¿Eso es bueno? —siguió preguntando.
—Aprendes rápido —respondió tras una pausa—.
Te anticipas a muchas cosas y a otras no llegas porque estás demasiado ocupada intentando anticiparte.
Pides perdón unas veinte veces por hora.
Yann dice que le has servido las mejores tostadas desde Navidad, pero las tostadas las ha hecho Alain, así que no cuenta.
Solène ha preguntado si volverás mañana.
Camille bajó la mirada.
—Volveré mañana.
—Por supuesto que volverás —afirmó Marie mientras se quitaba el delantal y lo dejaba junto a los paños y los manteles que llevaría a la lavandería.
La puerta se abrió en ese momento y Julie entró con la mochila a la espalda y un dibujo en la mano, acompañada por Annette. Llevaba el pelo desordenado y una mancha verde en la mejilla.
—¡Mamá!
Corrió hacia ella y se abrazó a su cintura. Camille apoyó una mano sobre su cabeza y se agachó para besarla en el pelo.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó.
—La escuela ha terminado y Annette ha venido a buscarme —respondió Julie, como si fuera evidente.
Camille miró a la mujer.
—Gracias, iba a salir ahora hacia allí. No tenía que hacerlo…
—Lo sé, pero podía y lo he hecho —respondió encogiéndose de hombros—. Pasaba cerca y la he visto en el patio. Todo el mundo se había marchado, solo quedaba ella —añadió mientras dejaba la mochila de la niña sobre una silla.