5
Camille
Kerlann. Primera semana de junio
El primer día, Camille llegó al restaurante veinte minutos antes de la hora acordada.
La persiana estaba levantada y la puerta abierta, pero durante unos segundos permaneció en la acera, con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta y el estómago encogido por una tensión que no tenía relación con el hambre.
A través de las ventanas vio a Marie colocando tazas sobre la barra y a Alain moverse al fondo de la cocina, apenas visible entre el vapor y la luz blanca de los fluorescentes.
Todavía no había clientes. El comedor parecía distinto sin voces ni cubiertos: más pequeño, casi doméstico.
Las sillas seguían invertidas sobre algunas mesas y el suelo conservaba las marcas húmedas de la fregona.
Camille consultó su reloj, aunque sabía perfectamente qué hora era.
No quería entrar demasiado pronto y parecer ansiosa.
Tampoco quería llegar a la hora exacta y que Marie pensara que carecía de iniciativa.
Había pasado buena parte de la noche anticipando errores: tirar una bandeja, olvidar una comanda, confundir una mesa, no entender el nombre de un plato.
Cada posibilidad había crecido en la oscuridad hasta adquirir el tamaño de una certeza.
A las siete y cuarenta y tres empujó la puerta.
Marie levantó la vista.
—Llegas pronto.
Camille se preparó para disculparse.
—Puedo esperar fuera.
—No seas absurda. Ponte esto.
Le lanzó un delantal negro que Camille consiguió atrapar contra el pecho. Estaba limpio, todavía tibio por la plancha, y tenía dos bolsillos amplios en la parte delantera.
Marie la cogió del brazo y la arrastró hasta detrás de la barra. Luego comenzó a mover la mano de un lado a otro, señalando lo que mencionaba.
—Las tazas pequeñas van aquí. Las grandes, ahí. Los vasos de agua, en la balda de abajo. No intentes memorizarlo todo hoy porque mañana Alain lo cambiará de sitio y dirá que siempre ha estado así.
Desde la cocina llegó un golpe seco.
—Te oigo —dijo Alain.
—Esa es la intención.
Camille miró a uno y luego al otro, insegura sobre si debía sonreír. Marie ya había vuelto a colocar platos, de modo que se ató el delantal y dejó el bolso debajo de la barra.
—¿Qué hago?
—Primero, café.
Camille esperó instrucciones.
Marie señaló la cafetera.
—Para ti.
—No necesito…
Marie la miró.
Camille dejó la frase a medias.
—De acuerdo.
—Después, limpia las mesas de la terraza. Las gaviotas han vuelto a creer que el restaurante les pertenece.
Camille tardó una eternidad en preparar un café en una máquina que no había utilizado en su vida.
Escuchó las instrucciones de Marie, las siguió al pie de la letra y el resultado no estuvo nada mal.
Luego preparó otros dos para la pareja, aunque sabía que la estaban invitando a practicar.
Cuando se tomó el café, se dispuso a acometer el segundo encargo.
El aire de la mañana todavía era frío. Camille salió con un cubo y un paño, lo dejó sobre una de las mesas y después sacó las sillas apiladas contra la pared.
Desde la terraza se veía casi todo el puerto: los barcos amarrados, los mástiles inclinándose apenas con el movimiento del agua, las fachadas de piedra al otro lado del muelle y un cielo bajo que parecía no haber decidido aún si dejaría pasar el sol.
Un hombre descargaba cajas de pescado cerca de la lonja.
Más lejos, alguien gritó una indicación que el viento deshizo antes de que pudiera entenderse.
Camille limpió cada mesa dos veces. Luego comprobó que ninguna silla quedara torcida y alineó los ceniceros con el borde de las mesas. Cuando terminó, volvió a revisar la primera porque había quedado una marca circular en la madera. No la había. Aun así, pasó de nuevo el paño.
—Si sigues frotando, atravesarás la mesa.
Marie estaba apoyada en el marco de la puerta con dos tazas de café.
Camille se incorporó.
—Hay una mancha.
—Esa mancha lleva ahí quince años. Alain dejó una cazuela caliente durante una fiesta del puerto.
Marie le tendió una taza.
Camille la aceptó, aunque se quedó de pie.
—Puedes sentarte cinco minutos. Todavía no ha llegado nadie.
—Prefiero terminar.
—Ya has terminado.
No había reproche en su voz, pero Camille sintió la necesidad de explicarse.
—No me importa trabajar, en serio.
—Eso espero. Voy a pagarte para que lo hagas.
Marie tomó un sorbo y miró hacia los barcos.
—Pero nadie trabaja mejor por estar asustado.
Camille bajó la vista hacia el café. No sabía si Marie hablaba de ella o de algo más general, quizá fuera una de esas frases nacidas de muchos años observando empleados, hijos, clientes y maridos. No preguntó.
A las ocho menos diez entró el primer cliente, un hombre delgado de unos sesenta años que llevaba un impermeable amarillo salpicado de agua. Se quitó la gorra al cruzar la puerta y la dejó sobre la esquina de la barra sin necesidad de mirar. Marie ya estaba llenando una taza.
—Llegas tarde, Yann.
—El mar no usa reloj.
—Pero tú sí.
El hombre se sentó en un taburete y observó a Camille con curiosidad evidente, aunque no desagradable.
—¿Quién es?
—Camille —respondió Marie, que colocó el café delante de él—. Trabaja aquí —añadió sin más.
La frase fue tan sencilla que Camille tardó un instante en comprender lo que le producía. Marie no dijo que estaba en periodo de prueba, que quizá se quedaría ni que acababa de llegar de Lyon. No explicó nada.
Trabaja aquí.
—Yann Kergoat —se presentó él—. Pesco lo que Alain cocina y después pago por comerlo. Un negocio excelente para todos menos para mí.
—No le hagas caso —dijo Marie—. Lleva treinta años quejándose, y eso que tiene dos barcos y la cuenta corriente llena de ceros.
—Un barco y medio —corrigió el hombre—. El otro es de mi hermano, aunque solo aparezca cuando hay que repartir beneficios. Y lo de los ceros no es verdad, están los impuestos, el mantenimiento…
—¿Lo ves? —lo interrumpió Marie—, todo el día quejándose.
Camille sonrió con prudencia.
—¿Qué le sirvo?
Yann señaló la taza.
—Uno de esos.
—¿Y para comer?
—Lo de siempre.
Camille miró a Marie.
—Pan tostado, mantequilla y dos huevos —aclaró ella—. Los días que dice que no tiene hambre, tres.
—Hoy tengo hambre.
—Entonces, dos.
Camille anotó la comanda, aunque habría podido recordarla, y la llevó hasta la cocina. Alain estaba limpiando pescado sobre una tabla grande. No levantó la vista cuando ella entró.
—Yann. Dos huevos, pan tostado y mantequilla.
—Ya lo sé.
Camille se quedó inmóvil.
Alain señaló con el cuchillo una pequeña ventana abierta sobre la encimera que comunicaba con el comedor.
—Se oye todo —añadió.
—Entonces, ¿no hace falta que traiga las comandas? —preguntó ella, mirando el ventanuco con el ceño fruncido.
—Hace falta —aclaró él—. En hora punta esto es un follón.
Alain dejó el pescado a un lado, se lavó las manos y empezó a preparar los huevos.
Sus movimientos eran pausados, precisos y silenciosos.
Cogía los utensilios que necesitaba sin necesidad de buscarlos, seguro de que estaban en su sitio.
Camille observó un instante sus movimientos calculados, metódicos.
—Los platos salen por allí —le explicó después, señalando una balda—. Los que vuelven del comedor hay que dejarlos en esa otra. Los calientes no se apoyan directamente sobre la madera si no quieres que Marie se enfade.
—De acuerdo.
—A Yann le gustan las tostadas bien oscuras. —Señaló el pan que se tostaba sobre la plancha—. Si no parecen quemadas, las devuelve.
No añadió nada más.
Camille salió de la cocina con la sensación de haber pasado una prueba cuyo resultado desconocía.
La mañana fue pasando sin un momento de descanso.
No hubo ni un segundo en el que no hubiera clientes.
Camille intentaba prestar atención a todo y memorizar los detalles, pero eran muchos, muchísimos, y no tardó en sentirse desbordada.
Tenía la sensación de que la habían contratado en el restaurante más concurrido y popular de Kerlann, porque en un momento u otro pasó por allí todo el mundo.
Recordaba a una pareja que ocupó una mesa junto a la ventana y compartió un periódico mientras almorzaban en un silencio cómplice, a tres hombres con ropa de trabajo que pidieron café y bocadillos para llevar, y a una mujer que dejó una cesta de huevos sobre la barra, discutió con Marie sobre el precio y se marchó sin cobrar porque, según dijo, «la tacaña de la jefa» necesitaba tiempo para pensar en lo que era justo.
La mesa dos quería la leche aparte. A los de la cuatro siempre había que servirles una jarra de agua.
Yann no tomaba azúcar, pero había que ponerle un sobre en el platillo; él se lo metía en el bolsillo del pantalón y se lo llevaba a casa.
Marie decía que debía tener más de doscientos sobres de azúcar en algún cajón, pero que era un viejo avaro y decía que, si lo pagaba, era suyo y se lo llevaba.
Los cuchillos de mango claro eran para el desayuno; los oscuros, para el pescado. Las servilletas de tela se reservaban para el servicio del mediodía, excepto si llegaba la señora Lemoine, que se negaba a usar las de papel porque decía que se quedaban pegadas al carmín.
Cada nuevo detalle parecía desplazar otro fuera de su memoria.
A media mañana confundió dos cafés y llevó uno con leche a una mujer sentada sola junto a la pared. La mujer levantó la vista del libro que estaba leyendo.
—Yo lo tomo solo.
—Lo siento. Se lo cambio ahora mismo.
Camille recogió la taza con tanta rapidez que parte del café se derramó en el platillo.
—Tranquila, no pasa nada —le dijo la mujer con una sonrisa.
—Ahora vuelvo —respondió Camille, nerviosa.
Entró en la barra, dejó la taza junto al fregadero y preparó otra con las manos temblorosas. Marie se acercó por detrás.
—Esa es Solène Le Goff. Tiene la librería de la calle de atrás.
Camille asintió sin dejar de mirar el café.
—Me he confundido de mesa —confesó Camille.
—Ya me he dado cuenta.
—No volverá a pasar.
Marie apoyó una mano sobre la barra y la miró.
—Volverá a pasar, es normal.
Camille levantó la vista.