Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 4 #3
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Hablaría con Camille. Le explicaría que las decisiones tomadas bajo la influencia del miedo no eran verdaderas decisiones.

Buscarían ayuda si ella la necesitaba. Podían cambiar de piso, pasar más tiempo juntos, incluso marcharse unos días.

Estaba dispuesto a hacer concesiones. Lo que no aceptaría era que su hija creciera creyendo que su padre era alguien de quien debía esconderse.

—Después, lo resolveremos —dijo.

Marc guardó silencio unos segundos.

—Mañana te enseño la imagen. No me pidas nada más sin una denuncia o una orden, ¿de acuerdo?

Y colgó.

Paul dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a abrir la libreta. Anotó la hora de entrada en la estación y trazó una línea bajo los datos conocidos.

04:50. Salida aproximada del domicilio.

05:39. Retirada de efectivo.

05:47. Entrada en Lyon Part-Dieu.

No podía saber qué tren habían cogido. Camille había comprado los billetes en efectivo o utilizando una identidad distinta. De lo contrario, habría encontrado el cargo. La posibilidad de que hubiera falsificado documentación le habría parecido absurda unas semanas antes. Ahora no descartaba nada.

Entró en la habitación de Julie y se sentó en el borde de la cama.

Sobre la mesilla había una fotografía de la niña en una feria, con un globo amarillo atado a la muñeca y la boca manchada de algodón de azúcar.

Paul recordaba aquella tarde. Camille se había quejado del calor y de las colas, pero terminó subiendo con Julie a un carrusel.

Él les hizo varias fotografías mientras giraban.

En una de ellas, Camille echaba la cabeza hacia atrás y se reía de algo que la niña le había dicho.

No parecían tener miedo.

No parecían necesitar escapar.

Paul cogió el pequeño peine rosa que había junto a la fotografía y lo sostuvo entre los dedos.

Julie protestaba todas las mañanas cuando Camille intentaba desenredarle el pelo.

Él solía intervenir, prometiéndole que no dolería, y la niña se quedaba quieta mientras le contaba alguna historia.

Se le daba bien calmarla. Mejor que a Camille en muchas ocasiones, aunque nadie parecía recordarlo ahora.

Dejó el peine en su sitio.

No quería pensar que su hija pudiera despertarse en una habitación desconocida preguntando por él.

Camille estaría diciéndole que todo iba bien, pero Julie era inteligente.

Se daría cuenta de que su madre mentía. Con el tiempo, empezaría a asociar a Paul con algo oscuro que no comprendería.

Cada día que pasaba hacía más difícil reparar el daño.

Regresó al salón y encendió el ordenador.

Buscó los horarios de aquella mañana, reconstruyendo las salidas comprendidas entre las cinco y media y las ocho.

Descartó los trayectos que exigían demasiado tiempo de espera o varios cambios complicados con una niña.

Camille habría elegido algo sencillo. Estaba cansada, llevaba equipaje y necesitaba alejarse deprisa.

París era la opción más evidente.

Precisamente por eso podía ser falsa.

Amplió el mapa y observó las líneas que salían de Lyon.

Hacia el norte, hacia el sur, hacia el este.

Después siguió con el dedo la que atravesaba el país en dirección atlántica.

Le Mans. Rennes. Nantes. Ciudades grandes desde las que resultaba fácil continuar hacia localidades más pequeñas, lugares donde una mujer y una niña podían alquilar un apartamento sin despertar demasiado interés al comienzo del verano.

Camille siempre había hablado del mar.

No con frecuencia, pero sí de una manera que ahora adquiría otro sentido.

Durante el embarazo de Julie mencionó que le gustaría vivir alguna vez cerca de la costa.

Paul le respondió que la humedad era insoportable y que, fuera de la temporada turística, aquellos pueblos se quedaban muertos. Ella no volvió a plantearlo.

Abrió el cajón del aparador donde guardaban postales, cartas antiguas y fotografías sin ordenar y las extendió sobre la mesa.

Había imágenes de Marsella, Niza, La Rochelle y Saint-Malo enviadas por amigos o familiares a lo largo de los años.

Revisó los reversos, los nombres, las dedicatorias. Nada parecía relevante.

Estaba a punto de guardarlas cuando encontró una postal más pequeña atrapada entre dos sobres.

Mostraba una costa de piedra bajo un cielo gris y un faro blanco al fondo.

No llevaba sello. Alguien se la había dado en mano o Camille la había comprado y nunca la había enviado.

En el reverso solo había una frase escrita con su letra.

Algún día quiero conocer un lugar donde el mar suene más fuerte que todo lo demás.

Paul leyó la frase dos veces.

No había fecha.

En la esquina inferior aparecía el nombre de una localidad bretona, pero parte de la tinta se había borrado por la humedad. Solo distinguió las últimas letras y el nombre del departamento.

Finistère.

Apoyó la postal junto a la libreta y contempló el mapa abierto en la pantalla.

Era una pista insignificante. Podía tener diez años. Tal vez no significaba nada.

Pero, por primera vez desde la huida, la búsqueda dejaba de extenderse en todas direcciones.

Paul tomó el bolígrafo rojo y trazó una flecha hacia el oeste.