4 #2
Recordaba aquella mañana con una claridad que le resultaba insoportable.
Camille estaba pálida, agotada, pero había sonreído cuando él se inclinó para besarla.
Paul sintió entonces algo que no había conocido antes: la certeza de que su vida estaba completa y, al mismo tiempo, el miedo de que pudiera romperse con una facilidad absurda.
Una enfermera entró para explicarles cómo sostener la cabeza del bebé y Camille se rio al ver la rigidez con la que él la cogía.
—Parece que vas a detenerla —le había dicho.
Él también se rio.
Había sido feliz.
Los tres lo habían sido.
Paul tomó el marco y pasó el pulgar por el cristal. Lo que tenían no podía desaparecer porque Camille hubiera atravesado unas semanas difíciles. Ni porque alguna noche hubiera terminado mal. Una familia no se abandonaba por unos pocos errores. Se reparaba.
Dejó la fotografía exactamente en la misma posición y regresó al dormitorio.
La ropa de Camille ocupaba todavía más de la mitad del armario.
Abrió los cajones uno a uno y volvió a registrar bolsillos, forros y cajas.
Ya lo había hecho la mañana posterior a la huida, pero entonces estaba demasiado cansado y furioso para fijarse en los detalles.
Ahora trabajaba despacio, retirando cada prenda y devolviéndola a su lugar.
En el último cajón encontró un recibo doblado dentro de una bolsa de tela. Era de una papelería situada cerca de Bellecour. Dos carpetas, sobres grandes, varias fundas de plástico y una memoria USB. La compra se había realizado veintitrés días antes.
Lo colocó sobre la cama.
La memoria USB no estaba en el piso.
Tampoco las carpetas.
Paul hizo una fotografía del recibo con el teléfono y anotó la fecha en la libreta.
Después revisó el portátil que Camille había dejado.
Apenas contenía archivos personales. El historial había sido eliminado y la papelera estaba vacía.
No le sorprendió. Había llevado el equipo a un técnico de confianza que colaboraba en ocasiones con la policía, evitando dar demasiadas explicaciones.
Le había dicho que necesitaba recuperar unos documentos borrados por error.
El hombre prometió llamarlo si encontraba algo útil, aunque le advirtió que Camille probablemente había navegado en modo privado y que parte de la actividad no podría reconstruirse.
Paul no era informático ni pretendía serlo, pero conocía a gente que sí sabían buscar.
Ese era el verdadero valor de su profesión. No le concedía poderes ilimitados, como creían algunos, pero le enseñaba qué puertas existían y quién tenía la llave de cada una. También le había enseñado a no llamar a una puerta hasta saber exactamente qué quería obtener al otro lado.
Se acercó a la ventana del dormitorio. En el edificio de enfrente, una mujer sacudía una alfombra sobre el balcón.
Más abajo, un repartidor aparcó en doble fila y dejó el motor encendido mientras entraba en un portal.
La ciudad continuaba funcionando con una indiferencia que Paul empezaba a detestar.
Camille podía estar en cualquier parte.
Francia era demasiado grande cuando se buscaba a alguien sin una orden judicial, sin una tarjeta bancaria activa y sin un teléfono encendido.
El móvil de ella permanecía apagado desde la madrugada de la huida.
El último registro situaba el aparato en el barrio, poco antes de las cinco.
Después, nada. No había vuelto a conectarse a ninguna antena.
Paul había enviado mensajes durante los dos primeros días, primero serenos, después más firmes.
Le explicó que estaba preocupado, que Julie necesitaba estabilidad, que podían hablar.
No mencionó a la policía ni utilizó amenazas.
Sabía que cualquier palabra podía ser utilizada más tarde fuera de contexto.
El tercer día dejó de escribir.
El silencio también ejercía presión.
Camille esperaba que él reaccionara de alguna manera. Quizá contaba con recibir decenas de llamadas, disculpas desesperadas o insultos. Al no hacerlo, tendría que empezar a preguntarse qué sabía.
El teléfono vibró sobre la cama.
Paul lo cogió de inmediato.
Era Marc Delcourt, un compañero destinado en seguridad urbana con quien había trabajado durante varios años. No eran amigos íntimos, pero se debían suficientes favores como para que Marc hubiera aceptado revisar algunas imágenes sin formular demasiadas preguntas.
—¿Dónde estás? —preguntó Marc—. Te he buscado por la comisaría para enseñarte algo y no te he visto.
—Estoy en casa, ¿qué tienes?
—He encontrado algo, pero no es mucho.
Paul salió del dormitorio y cerró la puerta, aunque no había nadie que pudiera escucharlo.
—Dime.
—La cámara del edificio no sirve. El ángulo no cubre la acera y la del comercio de la esquina estaba averiada. La farmacéutica guarda las grabaciones solo cuarenta y ocho horas, así que eso también se ha perdido.
Paul apretó la mandíbula.
Había empezado tarde. Durante las primeras horas creyó que Camille volvería y, cuando comprendió que no lo haría, algunas imágenes ya habían sido sobrescritas.
—¿Y la estación?
Marc tardó en responder.
—No puedo revisar una estación entera porque tu mujer se haya ido después de una discusión.
—No te he pedido eso.
—Me has dado una hora aproximada y una descripción.
—Y me has llamado porque has encontrado algo.
Al otro lado de la línea se oyó una exhalación cansada.
—Una cámara exterior captó a una mujer que podría ser ella entrando en Part-Dieu. Lleva una maleta y va con una niña. La imagen no es buena, pero la ropa coincide con lo que me dijiste.
Paul miró hacia el salón, donde la fotografía de la maternidad seguía sobre la estantería.
—¿A qué hora?
—Cinco y cuarenta y siete.
La hora encajaba.
—Envíamela.
—No puedo enviarte material de videovigilancia oficial.
—Marc.
—Puedo enseñártela mañana en el trabajo. Nada más.
Paul guardó silencio. Sabía cuándo no debía insistir.
—¿Se las ve comprar billetes? —preguntó a continuación.
—No. Entran por el acceso principal y se pierden entre la gente. Y antes de que preguntes, no tengo autorización para hacer un seguimiento dentro de la estación.
—¿Qué trenes salían a esa hora?
—Muchos.
—Los primeros.
—No trabajo en información ferroviaria.
—Pero lo has mirado.
Marc volvió a suspirar.
—Había conexiones hacia París, Lille, Estrasburgo, Marsella… y una hacia el oeste con enlaces para Nantes y Rennes. No significa nada. También pudo esperar dos horas o coger un tren regional.
Paul se apoyó en el borde de la mesa.
—¿Hay alguna imagen del cajero de la estación?
—Eso tendrías que pedirlo al banco.
—Ya lo he hecho.
No era del todo cierto. Había hablado con un empleado de la sucursal y sabía que no le facilitarían grabaciones sin una solicitud formal, pero el movimiento bancario le daba la hora exacta.
Camille había retirado novecientos euros en un cajero próximo a la estación a las cinco y treinta y nueve, la última operación realizada con su tarjeta. Después, la cuenta permaneció intacta.
—Paul —dijo Marc con un tono distinto—, deberías denunciar la desaparición de la niña si crees que está en peligro.
—Julie está con su madre.
—Entonces, quizá no esté desaparecida.
Paul miró la carpeta de documentos extendida sobre la mesa.
—Camille no está bien.
—¿Te ha dicho eso algún médico?
—La conozco.
—No es lo mismo.
La respuesta lo irritó, pero no levantó la voz.
—Solo necesito saber dónde están para comprobar que Julie está bien.
—¿Y después?
Paul no respondió inmediatamente.
Después, las llevaría a casa.