Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 4
4%

4

Paul

Lyon. Una semana después

Paul dejó las llaves en el cuenco de cerámica que había junto a la puerta y esperó a que el sonido terminara de propagarse por el piso.

Antes, aquella costumbre apenas producía un tintineo breve, ahogado enseguida por el televisor, los dibujos animados de Julie o la voz de Camille preguntándole desde la cocina si pensaba cenar en casa.

Ahora, las llaves chocaron contra el fondo y el ruido pareció quedarse allí, suspendido en el recibidor, porque no había nada más que pudiera cubrirlo.

Cerró la puerta, comprobó que el pestillo hubiera encajado y dejó la chaqueta sobre el respaldo de una silla.

Había vuelto del trabajo más temprano, aunque no tenía ninguna razón para hacerlo.

Desde que Camille se había marchado, las horas en la comisaría se le hacían largas, pero el piso vacío tampoco le ofrecía descanso.

Allí no podía concentrarse en los informes ni fingir que todo seguía un orden establecido.

Cada habitación le mostraba una parte distinta de lo que faltaba.

La ausencia de Julie era la más evidente.

No estaban sus zapatillas en el pasillo ni la mochila pequeña colgada del perchero.

La puerta de su dormitorio permanecía abierta y, desde el recibidor, Paul alcanzaba a ver la cama deshecha, varios cuentos en el suelo y el hueco que había dejado el conejo gris entre los demás peluches.

Camille, en cambio, se había borrado con más cuidado.

Había llevado poca ropa, apenas la que cabía en una maleta, y había dejado suficientes objetos como para que, a simple vista, pudiera parecer que iba a regresar.

Los abrigos más gruesos seguían en el armario.

También sus zapatos de tacón, varios vestidos que ya no utilizaba y el perfume que él le había regalado por su último cumpleaños.

Pero no estaban los vaqueros que se ponía con frecuencia, ni las camisetas sencillas, ni la cazadora impermeable.

Habían desaparecido las cosas prácticas.

Las que una mujer escogería cuando no estaba preparando un viaje, sino una vida más sencilla.

Paul había tardado dos días en comprenderlo.

La primera noche creyó que Camille se habría refugiado en casa de alguna amiga.

Estaba enfadada, quizá asustada por la discusión, y necesitaba castigarlo durante unas horas.

Podía entenderlo. Había bebido demasiado y, aunque no recordaba con precisión todo lo ocurrido, sabía que había elevado la voz.

También recordaba el suelo bajo la espalda, el borde de la mesa contra el hombro y la puerta cerrándose mientras intentaba incorporarse.

Lo que no podía aceptar era que ella hubiera convertido un mal momento en una decisión definitiva.

Estaba casi seguro de que se le fue la mano, fue brusco con ella, pero nunca había tenido la intención de verdad de hacerle daño.

Simplemente eran cosas que pasaban porque se le iban de las manos.

Ella también tenía parte de culpa, ¿por qué no lo dejaba tranquilo?

Siempre tenía que decir algo, protestar, pedirle que se callara…

¡Estaba en su casa y hacía lo que le daba la gana!

Al día siguiente llamó a los hospitales, más por procedimiento que por verdadera preocupación.

Después telefoneó a los padres de Camille, a dos antiguas compañeras suyas y a la madre de una niña que había coincidido con Julie en la guardería.

Nadie sabía nada. O eso afirmaban. Paul escuchó las respuestas sin discutir, prestando más atención a las pausas que a las palabras, al cambio de respiración que precedía a una mentira, a la rapidez con la que algunas personas intentaban terminar la conversación.

Había aprendido a hacerlo en el trabajo.

La mayoría de la gente pensaba que mentir consistía en elegir bien una historia, cuando casi siempre se delataba por el modo en que trataba de mantenerla.

Ninguna de ellas parecía estar protegiendo a Camille.

Aquello lo tranquilizó al principio.

Después, empezó a preocuparle.

Entró en la cocina y encendió la luz, aunque aún quedaba claridad al otro lado de la ventana.

Todo estaba limpio. Había recogido los restos de la lámpara rota, fregado el suelo y colocado la silla en su sitio.

También había vaciado la nevera de los alimentos que empezaban a estropearse.

No soportaba el olor de la comida abandonada ni las superficies pegajosas, y desde niño había necesitado que las cosas permanecieran donde debían estar.

Su madre solía decir que era ordenado. Camille, durante los primeros años, se reía de aquella manía y cambiaba los tarros de especias de lugar para verlo buscarlos.

Hasta que le recordó de un bofetón que eso no tenía ninguna gracia.

Paul abrió el armario situado sobre el fregadero.

Las especias seguían alineadas por tamaños.

Cerró de nuevo.

Durante un instante la vio apoyada contra la encimera del piso anterior, el primero que habían compartido, con una camiseta blanca demasiado grande y el pelo recogido de cualquier manera.

Tendría veinticuatro años. Había escondido la sal y se negaba a decirle dónde estaba mientras él removía una salsa que empezaba a quemarse.

Se reía tanto que apenas conseguía hablar.

Paul terminó cogiéndola por la cintura y apartándola de la encimera hasta que ella confesó que había metido el salero en el horno.

Recordó con exactitud el sonido de su risa.

No se parecía a la mujer que, durante los últimos meses, lo observaba antes de responder, como si cada frase tuviera que atravesar un filtro.

Aquella Camille alegre no habría cogido a su hija en mitad de la noche para desaparecer.

La mujer que lo había hecho estaba confundida, agotada o influida por alguien. Quizá las tres cosas.

Sacó una botella de agua de la nevera y bebió de pie.

Sobre la mesa había extendido varios documentos: extractos bancarios, facturas, recibos, copias de las llamadas telefónicas y una libreta donde había anotado fechas y cantidades.

No los guardaba porque todavía no había terminado.

Cada noche revisaba una parte distinta, intentando reconstruir las semanas anteriores a la marcha con la misma disciplina que aplicaría a una investigación.

No consideraba aquello una investigación.

Camille era su mujer.

Julie, su hija.

No necesitaba una denuncia formal para buscar a su propia familia.

Se sentó y abrió la libreta por la página marcada. Había trazado tres columnas: fecha, movimiento y explicación. Los gastos ordinarios aparecían en negro. Los que todavía no comprendía, en azul. En rojo había señalado cualquier anomalía.

Durante los dos meses anteriores, Camille había retirado pequeñas cantidades en efectivo.

Cincuenta euros una semana. Ochenta la siguiente.

Cuarenta y cinco unos días después. Nada que llamara la atención por separado.

Ella se ocupaba de muchas compras de la casa, pagaba algunas de las actividades de Julie y a veces prefería utilizar efectivo.

Paul no vigilaba cada euro que gastaba. Nunca lo había hecho, a pesar de lo que ella parecía insinuar cuando discutían.

Pero las cantidades sumaban más de lo que esperaba.

Mil trescientos veinte euros.

Repasó la cifra con el bolígrafo.

Camille llevaba semanas preparando la huida. Quizá meses.

La conclusión le produjo una punzada breve, más cercana a la humillación que al dolor.

Mientras él trabajaba, mientras cenaban juntos o acostaban a Julie, ella había escondido dinero y diseñado una salida.

Había esperado a que él bajara la guardia.

Incluso aquella noche, cuando llamó para decir que no volvería a casa, Camille había respondido con una serenidad que ahora comprendía de otra manera.

Todo había sido calculado.

Se obligó a apartar aquella idea antes de que el enfado le impidiera pensar.

Las personas no actuaban así sin una causa.

Camille no era fría ni especialmente hábil para mentir.

Alguien tenía que haberla aconsejado. Una asociación, una abogada, quizá alguna mujer con la que hubiera entrado en contacto sin que él lo supiera.

Había leído casos semejantes: discursos repetidos, planes de seguridad, documentación escondida, retirada progresiva de efectivo.

Bastaba con que alguien convenciera a una mujer vulnerable de que vivía en peligro para que empezara a interpretar cada discusión como una amenaza.

Paul conocía los mecanismos.

En su trabajo veía a diario lo que la gente era capaz de hacer.

Sabía distinguir una verdadera situación de riesgo de una pareja que atravesaba una mala época.

Nunca había maltratado en serio a Camille.

Había perdido los nervios, sí. La había zarandeado y le había dado algún golpe alguna vez, tonterías, como cuando le arrojó un vaso y se le rompió en la espalda.

El corte era feo, pero al final no fue para tanto, unos pocos puntos, igual que cuando la empujó contra una puerta y se golpeó contra el canto.

La única verdad era que jamás le había puesto una mano encima con intención de hacerle daño, lo que intentaba era evitar que se marchara en mitad de una conversación o que ella pasara junto a él sin escuchar.

Camille exageraba cuando tenía miedo.

Siempre lo había hecho.

Cerró la libreta y entró en el salón. En una estantería había varias fotografías familiares.

Las había revisado ya, pero volvió a detenerse frente a una en la que aparecían los tres en la maternidad.

Julie acababa de nacer y tenía la cara arrugada, casi enfadada, envuelta en una manta blanca.

Camille sostenía a la niña con ambos brazos y miraba a Paul. No a la cámara. A él.