3
Camille
Kerlann. Primeros días de junio
La lluvia había dado una tregua durante la noche y, por primera vez desde que llegaron a Kerlann, el cielo amaneció cubierto por una luz limpia que hacía brillar los tejados de pizarra todavía húmedos.
Camille abrió la ventana apenas unos centímetros para ventilar la habitación y respiró el aire frío que llegaba desde el puerto.
Seguía sin acostumbrarse a aquel olor salado que parecía quedarse pegado a la ropa y al pelo, pero empezaba a distinguirlo del resto: el pan recién hecho que llegaba desde la panadería, la humedad de la piedra, el gasóleo de los barcos que salían a faenar antes del amanecer.
Julie seguía dormida.
Había pasado la primera noche dando vueltas entre sueños inquietos, preguntando una vez si papá iba a encontrarlas y otra si al día siguiente podrían bajar a ver el mar.
Camille había respondido a la segunda pregunta.
La primera se había quedado suspendida en la oscuridad de la habitación, sin encontrar una respuesta que no fuera una promesa imposible.
Preparó un desayuno sencillo con lo poco que había comprado el día anterior: leche, pan y un poco de mermelada.
Mientras Julie comía sentada junto a la ventana, con las piernas balanceándose en el aire porque no le llegaban al suelo, Camille repasó por última vez el papel donde había anotado los nombres varios comercios del pueblo: una librería, una tienda de ropa, la farmacia y el restaurante Bonnet.
No sabía si necesitaban personal. Ni siquiera sabía si el restaurante abría durante todo el año o solo en verano. Lo único que tenía claro era que el dinero empezaba a disminuir demasiado deprisa y que no podía permitirse esperar.
Cuando terminó de recoger la mesa, llevó a Julie hasta la pequeña escuela que había visto el día anterior.
Había escrito a la directora semanas atrás, cuando empezó a preparar la huida, y esta le había prometido que intentarían encontrarle una plaza cuanto antes y que, mientras tanto, podía quedarse unas horas en una clase de acogida con otros niños del pueblo.
Julie aceptó aquella idea con una facilidad que a Camille le resultó casi dolorosa.
—¿Habrá niños y niñas como yo? —había preguntado simplemente.
—Claro —respondió su madre—, y un montón de juguetes.
Antes de entrar en el edificio, la niña le tendió el conejo de peluche.
—¿Me lo guardas?
Camille lo tomó entre las manos.
—Claro.
Julie la abrazó deprisa y echó a correr detrás de una profesora que acababa de salir al patio.
Camille permaneció inmóvil unos segundos, observándola. Vio cómo dudaba un instante antes de acercarse a los demás niños, cómo una niña pelirroja le hacía un gesto con la mano y cómo, al cabo de apenas unos minutos, ambas desaparecían juntas detrás de la puerta.
Sintió un alivio inesperado.
Julie empezaba a encontrar un sitio antes que ella.
Guardó el conejo dentro del bolso y echó a andar hacia el puerto.
A aquella hora, Kerlann ya estaba completamente despierto.
Una furgoneta descargaba cajas de fruta delante del ultramarinos de Annette; dos pescadores discutían sobre el estado de la mar mientras desenredaban unas redes junto al muelle y un ciclista pasó saludando por su nombre a tres personas distintas antes de desaparecer calle arriba.
Nadie parecía tener prisa y, sin embargo, todo se movía con una precisión que solo puede existir en los lugares donde cada uno conoce exactamente el papel que ocupa.
Camille caminaba despacio, pero no porque quisiera disfrutar del paseo. Simplemente, necesitaba observar todo lo que había y ocurría a su alrededor.
Le preocupaba entrar demasiado deprisa en la vida de aquel pueblo. Temía que cualquier pregunta mal respondida, cualquier vacilación o cualquier contradicción hicieran que alguien empezara a interesarse por ella.
Cuando llegó frente al restaurante Bonnet, se detuvo sin darse cuenta.
Era más grande de lo que había imaginado.
La fachada de piedra conservaba el desgaste de muchos inviernos, pero las contraventanas azules y las jardineras rebosantes de flores daban al edificio un aspecto cuidado sin resultar pretencioso.
Una pizarra anunciaba el menú del día con una caligrafía elegante y, desde la terraza, podía verse el puerto a pocos metros, donde varios barcos terminaban de amarrar después de la mañana de trabajo.
A través de las ventanas abiertas llegaban voces, el tintineo de la vajilla y un olor cálido a mantequilla salada, café recién hecho y pan tostado que le recordó, de forma inesperada, los desayunos de los domingos en casa de sus padres.
Se quedó allí unos instantes, mirando, pero sin atreverse a entrar.
No era miedo exactamente, sino una especie de resistencia silenciosa que nace cuando una parte de uno mismo desea dar un paso adelante y otra insiste en recordar todo lo que salió mal la última vez que confió en alguien.
Un matrimonio salió del restaurante riendo. El hombre sujetaba una bolsa de papel con una barra de pan bajo el brazo mientras la mujer se despedía de alguien que seguía dentro.
—Hasta mañana, Marie.
—No lleguéis tarde, que luego os quedáis sin croissants —respondió una voz femenina desde el interior.
El tono era alegre, cercano, desprovisto de cualquier esfuerzo por resultar simpático.
Camille dio media vuelta.
Había recorrido apenas unos metros cuando se obligó a detenerse.
No podía seguir haciendo aquello.
No podía esperar a sentirse preparada.
Porque quizá ese momento no llegaría nunca.
Regresó sobre sus pasos, respiró hondo y empujó la puerta.
Una campanilla anunció su entrada.
El comedor no estaba lleno. Algunas mesas permanecían ocupadas por clientes que terminaban el desayuno mientras otros leían el periódico con una taza de café delante.
La madera del suelo crujía suavemente bajo las pisadas y, al fondo, una puerta abierta dejaba ver parte de la cocina, donde alguien trabajaba de espaldas entre el vapor que escapaba de varias cazuelas.
Detrás de la barra, una mujer secaba vasos con un paño blanco.
Tendría alrededor de sesenta años. Llevaba el pelo corto, completamente canoso, recogido detrás de las orejas, y se movía con esa agilidad tranquila de quien ha repetido los mismos gestos miles de veces sin perder el gusto por ellos.
Al verla entrar, dejó el vaso sobre la barra.
— Bonjour .
Camille respondió al saludo y avanzó unos pasos.
Había ensayado aquella conversación durante todo el camino.
Sin embargo, ahora no encontraba las palabras.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó la mujer.
—Buscaba… —Se aclaró la garganta—. Busco trabajo —consiguió terminar.
La mujer no respondió inmediatamente.
La observó unos segundos sin dejar de sonreír.
—¿Tienes experiencia?
—He trabajado muchos años de cara al público. Aprendo rápido.
La mujer asintió despacio.
—¿Eres de aquí?
—No. Vengo de Lyon.
—¿Y qué te trae hasta Kerlann?
Aquella era la pregunta que Camille había temido desde que llegó.
Había preparado la respuesta.
Aun así, al pronunciarla sintió un peso extraño en el pecho.
—Mi marido murió hace unos meses. Necesitaba empezar de nuevo. Tengo una hija pequeña, y este me pareció un buen lugar para las dos.
El silencio que siguió duró apenas unos segundos, pero fueron suficientes para que Camille sintiera el impulso de justificarse, de añadir explicaciones, de convencer a aquella desconocida de que decía la verdad.
La mujer dejó el paño sobre la barra.
—¿Has desayunado? —le preguntó cuando Camille estaba a punto de empezar a hablar y, seguramente, a soltar una retahíla de tonterías sin sentido.
Camille parpadeó. No esperaba aquella pregunta.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado si tienes hambre —siguió con la misma sonrisa—, te he preguntado si has desayunado.
Camille negó con la cabeza.
La mujer sirvió una taza de café, cortó un trozo de pan todavía tibio y lo dejó delante de ella junto a un poco de mantequilla salada.
—Siéntate.
Camille abrió la boca para protestar, pero optó por no decir nada y acabó obedeciendo casi sin darse cuenta.
La mujer se sentó frente a ella.
—Soy Marie Bonnet —se presentó.
Se hizo un breve silencio mientras Camille sostenía la taza entre las manos.
El café desprendía un calor agradable que le devolvió poco a poco la sensibilidad de los dedos.
—Yo soy Camille.
—Ya lo sé.
Camille la miró extrañada.
Marie señaló con la cabeza hacia el escaparate.
—Annette vino hace un rato a comprar mantequilla. Me dijo que había llegado una chica de Lyon con una niña pequeña.
Aquello la inquietó durante un instante.
En Lyon, que la gente hablara de ella sin estar presente siempre había sido el principio de un problema.
Marie debió de adivinarlo.
—Aquí nos conocemos todos, pero eso no significa que nos metamos en la vida de los demás.
Aquella frase quedó suspendida entre las dos.
Luego, Camille bajó la vista hacia el pan y lo partió en dos.
Llevaba dos días diciéndose que no tenía hambre, pero acababa de descubrir que era mentira.
Mientras daba el primer bocado, una figura apareció unos segundos en la puerta de la cocina.
Era un hombre alto, de hombros anchos y pelo completamente blanco. Llevaba un delantal oscuro y sostenía una bandeja de pescado recién limpio. Miró a Camille apenas un instante. Después dirigió la vista hacia Marie.
Ella hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza y el hombre respondió con otro igual antes de volver a desaparecer en la cocina sin decir una palabra.
Camille no entendió aquel intercambio silencioso.
Marie, sí.
—Ese es Alain, mi marido —aclaró.
Volvió a coger el paño y siguió secando vasos como si la conversación no hubiera tenido ninguna importancia.
—Empiezas mañana a las ocho, ¿te va bien?
Camille levantó la cabeza.
—¿Cómo?
—Necesito ver cómo trabajas. Tú necesitas trabajo. Dentro de unos días decidiremos entre las dos si esto tiene sentido.
Camille permaneció inmóvil.
Había imaginado muchas respuestas posibles.
Un «ya la llamaremos».
Un «ahora mismo no necesitamos a nadie».
Una lista interminable de preguntas.
No aquello.
Respiró despacio.
—De acuerdo.
Marie sonrió con naturalidad.
—Bienvenida a Kerlann, Camille.