Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 2 #2
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La tienda de ultramarinos se llamaba Chez Annette . Tenía un toldo color crema algo deslucido y varias cestas de verduras junto a la puerta. Dentro, una mujer de unos sesenta años levantó la vista desde el mostrador al oír la campanilla.

No sonrió de inmediato, y Camille se lo agradeció en silencio. Las sonrisas demasiado rápidas siempre le habían parecido una forma de exigir algo.

— Bonjour —dijo la mujer.

— Bonjour . Soy… —Camille hizo una pausa, pequeña pero peligrosa—. Soy Camille. Llamé por la habitación.

La mujer dejó el lápiz con el que estaba anotando algo en un cuaderno y salió de detrás del mostrador.

—Ah, sí. La habitación de arriba. Llegabas hoy.

Camille asintió.

—Esta es Julie.

La niña se escondió un poco detrás de su abrigo, pero miró las cestas de manzanas con interés.

—Hola, Julie —la saludó la mujer, sin inclinarse demasiado ni cambiar la voz como hacían muchos adultos—. Soy Annette. Hay galletas en esa lata, si tu madre te da permiso, puedes coger una.

Julie levantó la vista hacia Camille, que dudó apenas un segundo.

—Puedes coger una —accedió.

Julie soltó su mano y se acercó a la lata metálica colocada sobre un estante bajo. Annette la observó sin decir nada y luego se volvió hacia Camille.

—No es gran cosa —dijo—. Pero está limpio, tiene agua caliente y desde la ventana se ve un trozo del puerto. Lo importante es que no seas demasiado exigente —añadió.

—No lo soy —respondió—, será suficiente.

Annette la miró con atención, pero no con curiosidad.

—Subamos, entonces.

La escalera era estrecha y olía a madera vieja.

Camille subió con Julie detrás y Annette delante, cargando la maleta con una facilidad inesperada que le impidió rechazar la ayuda a tiempo.

La habitación estaba en el primer piso, bajo un techo inclinado.

Había una cama grande, un sofá pequeño que podía abrirse, una mesa junto a la ventana, dos sillas iguales y una cocina mínima con una pequeña nevera, dos fuegos eléctricos, un microondas y una nevera que parecía de juguete.

Junto al fregadero distinguió una cafetera, una olla, tres platos y una sartén.

El baño era estrecho, pero estaba limpio.

Sobre la colcha había dos toallas dobladas y un ramo pequeño de flores silvestres.

Camille se quedó mirando las flores.

—Las cogió mi sobrina ayer —dijo Annette—. A veces se emociona cuando sabe que llega gente nueva.

Julie corrió hacia la ventana y apoyó las manos en el cristal.

—¡Mamá, se ven barcos!

Camille se acercó despacio.

Era verdad. Entre dos tejados se veía un fragmento del puerto: mástiles, redes, una franja de agua y varias gaviotas planeando con una seguridad casi insolente sobre los barcos amarrados.

No era una vista amplia ni hermosa en el sentido habitual.

Había cables, chimeneas y un muro manchado de humedad.

Pero el mar estaba allí, al fondo, ocupando un lugar que nadie podía cerrar con llave.

Annette dejó la maleta junto a la cama.

—El alquiler se paga los lunes. Si necesitáis algo, estoy abajo casi todo el día, menos cuando voy al mercado o al bosque. La puerta de la calle se cierra sola, pero conviene empujar bien porque con la humedad a veces se atasca.

Camille asintió con rapidez.

—Gracias.

Annette sacó una llave del bolsillo de su chaqueta y se la entregó.

Camille la recibió con la mano rígida y miró la puerta con suspicacia.

—Nadie más tiene copia —añadió Annette, como si le hubiera leído el pensamiento—. Solo yo, por si hay una fuga de agua o se cae el techo, que esperemos que no ocurra esta semana.

Julie se volvió desde la ventana.

—¿Se puede caer el techo?

—Casi nunca —respondió Annette.

La niña pareció conforme.

Cuando Annette se marchó, Camille cerró la puerta y permaneció unos segundos con la mano sobre el pomo. Después echó el pestillo y comprobó varias veces que estaba bien cerrada.

Julie ya estaba explorando el sofá, las sillas, la pequeña cocina, la ventana.

Cada rincón le parecía una novedad. Camille la miró moverse por aquel espacio desconocido y sintió de pronto el cansancio caerle encima con una violencia silenciosa.

No había dormido. Había comido apenas medio croissant en el tren.

Llevaba tantas horas sosteniéndose por puro miedo que, al quedarse quieta, tuvo la impresión de que el cuerpo ya no sabía cómo seguir.

—¿Nos quedaremos aquí? —preguntó Julie.

Camille dejó la carpeta azul sobre la mesa y miró lo que tenía a su alrededor.

La cama, la puerta, la ventana, el trozo de puerto.

—Por ahora sí.

Julie aceptó la respuesta con esa flexibilidad que a veces tienen los niños cuando todavía no han entendido cuánto se les ha pedido. Se quitó los zapatos, subió al sofá y abrazó el conejo contra el pecho.

—Me gusta Annette.

Camille se quitó el abrigo despacio.

—A mí también.

Era verdad, y esa verdad la inquietó.

No quería que le gustara nadie demasiado pronto.

No quería deber sonrisas, explicaciones ni coger confianza con nadie.

No quería que Julie se encariñara con una mujer que quizá tendrían que abandonar dentro de una semana si algo salía mal.

Pero la niña ya estaba bostezando, con los párpados vencidos por el viaje, y Camille comprendió que no tenía fuerzas para defenderse de todo al mismo tiempo.

Preparó la cama improvisada para Julie en el sofá, la cubrió con una manta y esperó a que se durmiera. La niña tardó apenas unos minutos. Antes de cerrar los ojos preguntó si luego podrían ver los barcos de cerca. Camille prometió que sí sin saber si estaba en condiciones de prometer nada.

Después se quedó sola.

O casi sola, porque el mar estaba allí.

No lo veía desde donde estaba sentada, pero lo oía.

Un rumor grave, irregular, distinto a cualquier sonido de Lyon.

Al principio pensó que era tráfico lejano.

Luego, viento. Después comprendió que eran las olas golpeando en algún punto del puerto o de la costa, una respiración inmensa que no seguía el ritmo de nadie.

Lo intentó, pero no pudo dormir.

Cada crujido de la madera le parecía un paso.

Cada golpe del viento contra la ventana, una mano sobre el cristal.

Cada voz en la calle, una posibilidad de ser descubiertas.

Camille permaneció sentada en una de las sillas, con el abrigo aún sobre los hombros, mirando la puerta cerrada como si al otro lado pudiera aparecer Lyon entero.

Pasó mucho tiempo antes de que se permitiera descalzarse.

Luego sacó la carpeta azul del bolso y la colocó bajo la almohada.

No era un escondite inteligente, pero era el único sitio donde podía sentirla cerca.

Se tumbó en la cama sin meterse debajo de las sábanas. Desde allí veía la silueta de Julie dormida en el sofá, apenas iluminada por la luz gris que entraba desde la calle. La niña respiraba tranquila. Al menos eso no había cambiado.

Camille cerró los ojos.

No durmió pero, por primera vez en años, si una llave giraba en una cerradura no sería la de Paul.

Aquella certeza era pequeña, imperfecta, insuficiente.

Y, aun así, durante unos segundos, fue lo más parecido a estar lejos.