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Camille
Camino a Bretaña. Finales de mayo
La estación de Lyon Part-Dieu las recibió oscura y silenciosa.
A esa hora, antes de que la ciudad terminara de despertarse, los andenes estaban llenos de hombres con trajes sobrios que miraban el móvil sin levantar la vista, estudiantes encogidos dentro de unas sudaderas demasiado grandes, algunas mujeres mayores con un bolso apretado contra el pecho y un grupo de turistas que hablaban demasiado alto para ser de madrugada.
Camille avanzaba entre ellos con Julie de la mano y la maleta rodando detrás de ella. Tenía que tirar con fuerza de ella para que no se quedara enganchada en las grietas del suelo.
Había elegido esa estación porque era grande, convencida de que allí será más fácil que pasaran desapercibidas, pero en cuanto cruzó las puertas automáticas comprendió que también era un lugar lleno de cámaras, vigilantes, policías y pantallas luminosas donde cualquier error podía quedar registrado.
Caminaba sin apresurarse, obligándose a mantener un ritmo normal, como si no llevara dentro del abrigo una vida entera reducida a unos pocos documentos, dos billetes y algo dinero escondido.
Julie, todavía somnolienta, arrastraba los pies junto a ella con el conejo gris apretado contra el pecho y la mirada perdida en los trenes que entraban y salían como animales enormes.
—¿Nos vamos de vacaciones? —preguntó la niña.
Camille tardó un segundo en responder. Había preparado muchas respuestas posibles para Paul, para la policía, para una recepcionista de hotel o para cualquier desconocido que se fijara en ellas, pero no había preparado ninguna para Julie.
—Algo parecido —dijo al fin—. Va a ser genial.
Julie aceptó aquella explicación con la confianza de quien todavía cree que los adultos siempre dicen la verdad.
Se apoyó contra su costado mientras esperaban frente al panel de salidas, y Camille sintió el peso pequeño de su cuerpo con una gratitud dolorosa.
La niña no sabía que aquel viaje no tenía fecha de vuelta, que no había maletas suficientes para llevarse todo lo que dejaban atrás ni palabras sencillas para explicar por qué, a veces, una madre tenía que despertar a su hija en mitad de la noche y pedirle que no hiciera ruido.
La megafonía y las pantallas anunciaron un retraso de doce minutos en su tren.
Doce minutos no eran nada.
Pero doce minutos podían serlo todo.
Camille miró hacia la entrada principal, después hacia las escaleras mecánicas, hacia los baños, y hacia el extremo del andén donde un agente de seguridad hablaba por teléfono.
No vio a Paul, pero eso no la tranquilizó.
Durante años había aprendido que la ausencia de peligro no significaba seguridad.
Cuando por fin subieron al tren, encontró sus asientos junto a la ventana y colocó la maleta sobre el portaequipajes con un esfuerzo que le dejó los brazos doloridos.
Julie se acurrucó contra ella antes de que el tren empezara a moverse, con la cabeza apoyada sobre su muslo y el conejo atrapado entre ambas. Camille no cerró los ojos.
Vio Lyon alejarse lentamente al otro lado del cristal.
Primero, los edificios altos, las vías paralelas, los muros cubiertos de grafitis y los patios interiores donde aún no se había encendido ninguna luz.
Después, las afueras, los aparcamientos, las naves industriales y los campos que empezaban a abrirse bajo una claridad gris.
Todo parecía demasiado normal para lo que estaba ocurriendo.
Nadie en aquel vagón sabía que ella estaba huyendo.
Nadie podía distinguirla de una madre cansada que viajaba con su hija dormida hacia algún lugar de vacaciones.
Esa idea, en lugar de aliviarla, le produjo una tristeza extraña.
Había deseado durante años pasar desapercibida, y ahora que lo conseguía, comprendía hasta qué punto había tenido que desaparecer para lograrlo.
Julie se despertaba de vez en cuando y siempre preguntaba si faltaba mucho.
En una ocasión, una mujer que pasaba justo en ese momento por el pasillo sonrió a la niña y le dijo que su conejo parecía muy valiente y que los dos eran capaces de superar el viaje, por muy largo que fuera.
Camille le sonrió brevemente y le acarició la cabeza a su hija, que volvió a cerrar los ojos.
Al otro lado de la ventanilla, campos, pueblos y ciudades, lluvia a ratos y el anuncio de la llegada de un nuevo día.
Cuando Julie volvió a dormirse. Camille apoyó la frente contra el cristal y observó cómo el paisaje cambiaba poco a poco.
Los nombres de las estaciones sonaban menos familiares.
El aire, incluso dentro del vagón, parecía volverse más húmedo, como si el país entero estuviera inclinándose poco a poco hacia el océano.
No llegaron directamente a Kerlann. Tuvieron que cambiar de tren, esperar en una estación pequeña y subir después a un autobús. Julie ya estaba despierta del todo y miraba por la ventanilla con una curiosidad renovada, contando vacas, casas de tejado oscuro y señales que no entendía.
—Aquí hay muchas piedras —dijo.
Camille siguió su mirada hacia los muros bajos que bordeaban la carretera.
—Sí.
—¿Viviremos en una casa de piedra?
La pregunta llegó con una naturalidad que la desarmó.
Viviremos.
No «dormiremos», no «estaremos unos días».
Viviremos.
Camille tragó saliva.
—No lo sé todavía.
Julie se quedó pensativa unos segundos.
—A mí me gustan —dijo por fin con una sonrisa.
El autobús dejó atrás la carretera principal y empezó a internarse por vías más estrechas, entre campos cerrados, setos espesos y casas dispersas que parecían resistir desde hacía siglos al viento y a la lluvia.
Camille miraba cada curva con una mezcla de agotamiento y temor.
Cuanto más pequeño se volvía el camino, más imposible parecía desaparecer allí.
En Lyon había portales idénticos, caras anónimas, calles donde una mujer podía cruzar sin que nadie la recordara.
Allí, en cambio, cada fachada parecía tener memoria.
Kerlann apareció después de una curva.
Primero vio el campanario bajo de una iglesia de piedra gris.
Después, una calle inclinada, contraventanas azules, macetas de hortensias todavía a medio abrir y un cartel donde el nombre del pueblo estaba escrito en francés y en bretón.
Más allá, entre los tejados, apareció una línea de agua oscura.
Julie se incorporó en el asiento.
—¿Eso es el mar?
Camille miró aquella franja inmensa, quieta solo en apariencia, y sintió una impresión extraña, casi física, como si hubiera llegado al borde de algo que no sabía nombrar.
—Sí —respondió—. Eso es el mar.
El autobús las dejó en una pequeña plaza junto a la panadería.
No había estación, solo una marquesina de cristal empañada por la lluvia que había caído durante la noche y un banco de madera mojada.
El conductor esperó hasta que cogió la maleta y le deseó buena suerte con una amabilidad distraída.
Camille le dio las gracias, tomó a Julie de la mano y se quedó quieta mientras el autobús se alejaba por la misma calle por la que habían llegado.
El silencio que quedó detrás no era verdadero silencio.
Había gaviotas, y viento.
Escuchó el golpe seco de una persiana en alguna parte y el rumor del mar, más profundo de lo que esperaba.
Luego, una campana lejana.
Pero faltaba el ruido de Lyon, ese fondo constante de motores, voces, pasos, sirenas, ascensores, vecinos y puertas.
La ausencia de los sonidos familiares la inquietó casi tanto como antes la había inquietado el exceso.
En un lugar así, cualquier sonido parecía pertenecer a alguien.
Cualquier desconocido podía ser recordado.
Julie tiró suavemente de su mano.
—Mamá, huele raro.
Camille respiró.
Sal. Pan caliente. Piedra mojada. Gasóleo, quizá del puerto. Un olor áspero y limpio al mismo tiempo, muy distinto al del apartamento, donde el aire siempre parecía usado por otros antes de llegar a sus pulmones.
—Es el mar —dijo, aunque no estaba segura.
—No huele como en los cuentos.
Camille estuvo a punto de sonreír.
—No.
La panadería ocupaba la esquina de una casa baja con las contraventanas pintadas de verde.
En el escaparate había panes redondos, pasteles cubiertos de azúcar y un cartel escrito a mano anunciando far breton .
Una mujer salió con una bolsa de papel, miró a Camille apenas un segundo más de lo necesario y luego siguió caminando.
Aquel gesto mínimo bastó para que Camille enderezara la espalda.
Ya la habían visto.
Ya existía allí.
Consultó la dirección escrita en la hoja doblada.
El alojamiento quedaba sobre una pequeña tienda de ultramarinos, a dos calles del puerto.
Había encontrado el anuncio en una página sencilla, sin fotografías profesionales ni grandes promesas.
Una habitación con cocina mínima, baño propio y alquiler por semanas. Lo suficiente.
Caminó despacio, porque Julie estaba cansada y porque no quería dar la impresión de tener prisa, a pesar de que el hecho de permanecer en la calle, expuesta a las miradas, la estaba poniendo muy nerviosa.
Las ruedas de la maleta se atascaban entre los adoquines, y cada golpe contra la piedra le parecía demasiado ruidoso.
Pasaron junto a una librería estrecha, todavía cerrada, con varios libros colocados en el escaparate y una postal del faro apoyada contra el cristal.
Después cruzaron una calle donde un gato gris se refugió bajo un coche al verlas acercarse.
Vieron a un hombre que descargaba cajas frente a un bar y a dos niños con mochilas que cruzaron corriendo hacia la escuela, perseguidos por una mujer que les gritaba que no pisaran los charcos.
Más adelante, un pescador, o al menos eso imaginó Camille por las botas altas y el impermeable, fumaba apoyado en una pared y observaba el cielo con expresión resignada.
Nada de aquello era amenazante.
Y, aun así, Camille no conseguía relajarse.