Quédate conmigo (Saga Blackbird 6)
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1
Camille
Lyon, Francia. Finales de mayo
La luz amarillenta del pasillo parpadeaba sobre las paredes desconchadas del apartamento cada vez que alguien cerraba una puerta en el piso superior.
El edificio entero parecía respirar con dificultad.
Tuberías viejas, madera hinchada por la humedad y televisores encendidos tras paredes demasiado finas.
Una sirena que atravesaba la noche de Lyon y se perdía poco después entre calles que Camille conocía demasiado bien, y por eso las temía.
Permanecía arrodillada junto a la cama, intentando cerrar una maleta demasiado pequeña para empaquetar una vida entera.
Tenía las manos heladas. Llevaba más de una hora temblando sin descanso y había dejado de intentar controlarlas.
Dobló la última camiseta de Julie con movimientos precisos, casi automáticos, como si el cuerpo hubiera decidido hacerse cargo de lo que la cabeza ya no podía sostener.
La colocó sobre el resto de la ropa, empujó la tapa con ambas manos y consiguió cerrar la cremallera después de varios intentos.
El sonido le pareció escandaloso.
Se quedó inmóvil, escuchando, pero no oyó nada, aparte del zumbido constante del frigorífico y el roce de la lluvia contra los cristales.
Expulsó el aire despacio.
Llevaba apenas unos minutos sola, pero cualquier ruido parecía un aviso y el silencio, una amenaza.
Se incorporó con lentitud y se acercó a la carpeta azul que descansaba sobre la cómoda. La abrió una vez más, aunque conocía de memoria todo lo que guardaba.
Los certificados de nacimiento.
La documentación médica de Julie.
Un permiso de conducir con otro apellido.
Una tarjeta bancaria cuya existencia Paul desconocía.
Los billetes de tren comprados semanas atrás en una estación donde nadie pudiera reconocerla.
Y una dirección escrita varias veces sobre una hoja doblada.
Kerlann, Bretaña.
Hasta hacía unos meses ni siquiera sabía que aquel pueblo existía. Ahora pronunciaba su nombre como quien repite una oración.
Había tardado semanas en preparar la huida.
Escondía dinero entre las páginas de un viejo libro de recetas que Paul nunca había abierto.
Vendió el reloj que su madre le regaló cuando terminó enfermería.
Después, los pendientes y un collar. Inventó gastos inexistentes para justificar pequeños reintegros en efectivo.
Cambió discretamente parte de la ropa de Julie por prendas más fáciles de transportar y más útiles en una zona costera de la Bretaña.
Se aprendió los horarios de los trenes y memorizó el trazado de las carreteras secundarias, igual que números de teléfono que esperaba no tener que utilizar nunca.
Cada mentira había sido un ladrillo. Cada pequeño gesto, un paso hacia esa noche.
Y aun así, seguía teniendo la sensación de que se le olvidaba algo imprescindible.
Cerró la carpeta y, al subir la mirada, sus ojos se encontraron con una fotografía que siempre evitaba mirar. Ella, Paul y Julie durante un picnic junto al Saona. Julie apenas caminaba entonces. Paul sujetaba una botella de limonada mientras ella reía mirando a la niña.
Durante mucho tiempo había odiado aquella fotografía.
No porque fuera falsa. Precisamente porque era real. Habían existido días así. Por eso le había costado tanto marcharse.
Dejó de mirarla y caminó hasta la habitación de Julie.
La niña dormía profundamente, abrazada a Monsieur Lapin, un conejo de peluche gris cuya oreja izquierda amenazaba con desprenderse por cuarta vez.
El pelo oscuro se le había pegado a la frente por el calor y respiraba con esa serenidad absoluta que solo tienen quienes todavía creen que los adultos siempre saben qué hacer.
Camille se sentó en el borde de la cama y le apartó un mechón de pelo de la cara.
Pensó en despertarla, pero no lo hizo. Todavía no. Prefería regalarle unos minutos más de aquella paz que dentro de un rato desaparecería para siempre.
Había algo insoportable en la inocencia cuando sabías lo fácil que era destruirla.
Miró el reloj.
Las diez y diecisiete.
Paul había llamado una hora antes para anunciar que no iría a cenar.
Había reconocido inmediatamente aquella voz espesa, demasiado alegre. Estaría bebiendo con compañeros de la comisaría, tardaría horas en volver.
O tal vez no.
Era la primera vez que todo el plan dependía de una palabra tan frágil.
Tal vez.
Regresó al salón, se puso el abrigo y comprobó que las llaves seguían en el bolsillo derecho.
Volvió a tocarlas un minuto después.
Entonces oyó un golpe metálico muy abajo. Era el ascensor. La vieja cabina empezó a subir con ese gemido grave que siempre parecía anunciar una avería.
Camille dejó de moverse y esperó. Podía ser cualquier vecino, pero también podía ser Paul.
El ascensor se detuvo y todo quedó en silencio. Después llegaron el portazo y los pasos, lentos y pesados.
Camille sintió que el aire desaparecía de la habitación. El corazón empezó a latirle con una fuerza dolorosa. Si era Paul, no tardaría en llegar a la puerta, no podía esperar.
Entró en la habitación de Julie y la tomó en brazos con cuidado. La niña abrió apenas los ojos.
—¿Mamá…?
—Nos vamos, cariño.
—¿Ahora?
—Sí.
Julie apoyó la cabeza sobre su hombro sin preguntar nada más.
Camille cogió la maleta y salió al pasillo.
Justo en ese momento escuchó el ruido inconfundible de unas llaves chocando contra la puerta del apartamento.
La cerradura giró una vez y luego otra.
Camille dejó la maleta en el suelo y abrazó con más fuerza a Julie.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Paul apareció empapado por la lluvia. Llevaba la camisa del uniforme mal abrochada bajo la cazadora y olía a whisky y tabaco. Durante un instante ninguno de los dos dijo una palabra. Después, él vio la maleta y a la niña en sus brazos.
Su mirada descendió despacio hasta ella.
Volvió a levantar los ojos.
—No.
Solo dijo eso, una única palabra, sin gritar, sin moverse.
Camille comprendió que lo había entendido todo.
Paul dio un paso hacia delante y ella retrocedió por puro instinto.
—Paul…
Él volvió a mirar la maleta y luego a Julie. La niña, todavía medio dormida, escondió la cara en el cuello de su madre.
En ese momento, algo cambió en el rostro de Paul y la rabia dio paso a la incredulidad.
—¿Te ibas?
Camille no respondió y Paul avanzó otro paso.
—Dame a la niña —exigió a continuación.
Ella negó con la cabeza muy despacio. Fue un gesto pequeño, pero era la primera vez en años que le decía que no.
Paul alargó el brazo para coger a Julie y Camille se apartó. Él intentó sujetarla por el hombro, pero ella se liberó de un tirón.
Todo ocurrió demasiado deprisa.
Paul perdió el equilibrio sobre el suelo mojado por sus propios zapatos y chocó violentamente contra el aparador del pasillo. Su nivel de embriaguez hizo que tardara unos segundos en incorporarse, pero eso era todo lo que Camille necesitaba.
Cogió la maleta, abrió la puerta y echó a correr escaleras abajo con Julie entre los brazos.
A su espalda escuchó la voz de Paul resonando por todo el edificio. No distinguió las palabras, pero sí la furia.
No volvió la cabeza. No porque no tuviera miedo, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, comprendió que si seguía mirando atrás no llegaría nunca a ninguna parte.
Cuando salió a la calle, la lluvia le golpeó la cara con una violencia inesperada.
Respiró hondo y corrió. Sabía que no estaba a salvo, ni siquiera estaba cerca de estarlo. Pero mientras abrazaba a Julie y empezaba a correr hacia una ciudad que todavía dormía ajena a ellas, entendió que esa noche no estaba escapando.
Esa noche, por primera vez en muchos años, estaba eligiendo su vida.