Capítulo 26
El hombre de la voz untuosa avanzó por el pasillo, despacio, saboreando cada paso. Detrás de él se encendieron más luces, y aparecieron dos hombres suyos, grandes, armados, que se quedaron a su espalda como sombras. Halima, al fondo, retrocedió contra la pared, pequeña y aterrada.
—Qué escena —dijo el hombre, deteniéndose a unos metros, mirándonos a los dos con una sonrisa que daba ganas de lavarse—.
El gran Khalid al-Rashaan, escapando de su propia casa con su regalo bajo el brazo, como un ladrón.
¿Tú sabes lo que me ha costado conseguir que uno de tus guardias me abra una puerta a tiempo?
Menos de lo que crees. La lealtad, en este mundo, es solo el nombre que le ponemos a un precio que todavía no han pagado.
Khalid se había puesto delante de mí, sin que yo lo notara, con su cuerpo entre el hombre y yo.
—Déjala ir y hablamos —dijo Khalid, con una calma que conocía, la de cuando más peligroso estaba—. Esto es entre tú y yo. Ella no tiene nada que ver.
—Ella tiene todo que ver. —El hombre dio otro paso—.
Ella es la cuestión. Yo te regalé un objeto, Khalid.
Una cosa para usar y tirar. Y tú vas y le coges cariño, como un crío con un perro callejero.
Me has hecho quedar en ridículo delante de las familias.
«Al-Rashaan se ha ablandado por una esclava.
» ¿Sabes lo que eso vale, en este mundo, dicho en los sitios donde yo lo digo?
Te ha costado la mitad de tu protección solo eso.
La otra mitad te la voy a quitar esta noche.
—Te equivocas en una cosa —dijo Khalid, sin moverse—.
Quieres hundirme, pero has venido a meterte en mi casa, de noche, con dos hombres armados, a robar lo que es legalmente mío según las leyes de este país que tanto respetan tus familias.
—Tomó aire—. ¿Sabes cuántas cámaras hay en estos pasillos?
¿Sabes desde cuándo grabo todo lo que pasa en esta casa?
Llevas un minuto confesando, delante de testigos, que sobornas a mi gente y que entras en mi propiedad a la fuerza.
Eso, ante quien tú y yo sabemos, no te deja en buen lugar.
Algo cruzó la cara del hombre, una sombra rápida. Pero se recompuso, con esa seguridad de quien se cree intocable.
—Cámaras. —Soltó una risa baja—. Khalid, por favor. ¿A quién vas a enseñarle esas cámaras? ¿A las familias? Las familias soy yo. Estás solo.
—No estoy solo. —Khalid dio un paso hacia él, y el otro retrocedió medio—.
Llevo seis años, desde lo de la francesa, reuniendo todo lo que haces.
Cada trato sucio. Cada nombre. Cada cuerpo.
No para usarlo. Para tenerlo. Porque sabía que algún día volverías a venir a quitarme algo, y quería estar listo.
—Su voz bajó, mortal—. Tú me puedes quitar el dinero y la protección.
Yo te puedo quitar la vida, porque lo que tengo guardado, si llega a las manos correctas, y tengo las manos correctas compradas desde hace años, te entierra a ti y a tu familia entera.
Así que piensa muy bien si esta noche te merece la pena.
Por una mujer. Por hacerme una mala pasada.
El pasillo se quedó en un silencio tenso, de cuerda a punto de romperse.
El hombre de la voz untuosa miraba a Khalid, recalculando, y vi en su cara el momento exacto en que la diversión se le convertía en duda.
No había contado con aquello. Había venido a aplastar a un hombre solo y se encontraba con que el hombre solo tenía un cuchillo guardado contra su garganta desde hacía seis años.
Pero los hombres como él no se rinden cuando dudan. Se vuelven más peligrosos.
—Puede que tengas razón —dijo, despacio—.
Puede que tengas algo guardado. Pero hay un problema con tu plan, Khalid.
—Sonrió otra vez, y esta vez la sonrisa daba más miedo que nunca—.
Para usar lo que tienes guardado, tienes que estar vivo.
Y aquí, esta noche, los que tenemos las armas somos nosotros.
Hizo un gesto. Uno de sus hombres levantó la pistola.
Lo que pasó después pasó muy rápido, y lo recuerdo a trozos, como recuerdo la calle de Madrid.
Khalid se movió. No hacia el hombre armado, sino hacia mí, empujándome hacia atrás, hacia la puerta de mi cuarto, cubriéndome con su cuerpo.
Oí el grito de Halima. Oí algo, un golpe, un forcejeo.
Y entendí, en ese segundo eterno, que iba a ver morir delante de mí al hombre que me había salvado, y que su muerte iba a ser, otra vez, por una mujer a la que el mundo había puesto en su casa con un lazo.
No lo pensé. No hubo cálculo, por primera vez en meses no hubo cálculo. Hice lo único que el cuerpo me pidió.
Grité. Con todas mis fuerzas, en su idioma, lo más fuerte que pude, las palabras que sabía que removerían la casa entera:
—¡FUEGO! ¡FUEGO EN LA CASA! ¡DESPERTAD TODOS!
En una casa llena de servicio dormido, de guardias que respondían a Khalid y no al intruso, de gente que llevaba toda la vida entrenada para una sola emergencia, la palabra fuego hizo lo que ningún arma habría hecho.
Se encendieron luces por todas partes. Se oyeron puertas, pasos, voces.
En cuestión de segundos, el pasillo que el hombre de la voz untuosa había despejado con un soborno se llenó de testigos, de criados confundidos, de guardias de Khalid que aparecían a medio vestir pero armados, sin entender qué pasaba pero viendo a su señor acorralado por hombres ajenos.
El equilibrio se rompió. El intruso tenía dos hombres.
Khalid, de pronto, tenía quince. Y la ventaja de las armas, en mitad de aquella confusión, dejó de ser una ventaja, porque disparar a Khalid delante de toda su casa ya no era un asesinato silencioso, sino una guerra que el hombre de la voz untuosa no había venido a librar.
—Baja eso —le dijo Khalid a su pistolero, con una voz que ya no admitía nada—. Estás en mi casa. Rodeado de mi gente. Y tu jefe acaba de descubrir que no había venido tan bien preparado como creía.
El hombre de la voz untuosa miró alrededor, midiendo, contando, y entendió que la noche se le había dado la vuelta.
La furia le cruzó la cara, una furia fría, y por un instante temí que ordenara disparar igual, que prefiriera la guerra a la humillación.
Pero los hombres como él aman demasiado su propia piel para morir por orgullo.
Bajó la mano, despacio, y su pistolero bajó el arma.
—Esto no termina aquí —dijo, retrocediendo, con sus hombres cubriéndole—.
Lo sabes, Khalid. Puedes ganar esta noche.
Pero yo tengo más noches que tú. Más dinero.
Más familia. Tú tienes una casa y una esclava y un montón de papeles viejos.
Yo tengo todo lo demás. —Me miró a mí, por encima del hombro de Khalid, y su mirada me recorrió entera—.
Y a ti, niña, te voy a tener. Tarde o temprano.
Cuando él ya no esté para ponerse en medio.
Disfruta del tiempo que te queda con tu salvador.
Se fue, con sus hombres, escoltado sin una palabra por los guardias de Khalid hasta la salida, y el pasillo se quedó lleno de gente y de la tensión de algo que no había terminado, solo se había aplazado.
Khalid se giró hacia mí en cuanto el otro desapareció. Me cogió de los brazos, me miró de arriba abajo, comprobando que estaba entera.
—¿Estás bien? ¿Te ha tocado? ¿Estás herida?
—Estoy bien. —Temblaba de pies a cabeza, pero estaba bien—. Estoy bien, Khalid.
—Fuego. —Me miró con algo que no supe nombrar, entre el asombro y otra cosa más honda—. Has gritado fuego. Has despertado la casa entera. Mientras yo pensaba en cómo sacarte, tú nos has salvado a los dos con una palabra.
—Es lo único que se me ha ocurrido. —Las lágrimas me caían ya sin freno—. No quería que murieras. No podía dejar que murieras. No me importaba el plan, ni la fuga, ni nada. Solo que no murieras.
Y ahí, en mitad del pasillo, rodeados de su gente confundida, con el peligro recién salido por la puerta y prometiendo volver, Khalid hizo algo que no había hecho nunca delante de nadie.
Me abrazó. A la vista de todos. Sin disimulo, sin guardar las apariencias que tanto le importaban en aquel mundo.
Me abrazó como se abraza lo que casi se pierde, y yo me agarré a él, y por un momento no hubo ni dueño ni esclava ni regalo ni penitencia, solo dos personas que acababan de no morir.
—Esto cambia todo —dijo, contra mi pelo, en voz baja, solo para mí—.
Ya no puedo sacarte y quedarme. Lo ha visto todo el mundo.
Mi gente, sus hombres. En cuestión de días lo sabrá todo el mundo, que al-Rashaan abrazó a su esclava en mitad del pasillo como un hombre enamorado.
Mi protección se acaba esta noche, voy a perderla.
—Se apartó para mirarme—. Así que el plan cambia.
Ya no sales tú sola. —Tragó saliva—. Salimos los dos. O no sale ninguno.
Lo miré, con el corazón en la garganta.
—¿Vas a venir?
—Sí. —ladeó una media sonrisa, distinta de todas las anteriores—.
Tenías razón. No me redime quedarme a morir.
Eso solo es otra forma de cobardía, la del que se castiga para no tener que cambiar.
—Me cogió la cara—. La penitencia de verdad, la difícil, es vivir.
Contigo. Lejos de todo esto. Intentando merecer cada día lo que no merezco.
Eso sí da miedo. Morir es fácil. Vivir sabiendo lo que hice, eso es lo difícil. Y lo voy a hacer. Contigo.