PROPIEDAD DEL JEQUE Capítulo 25
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Capítulo 25

Fue tres noches después.

Khalid entró en mi cuarto pasada la medianoche, sin avisar, vestido de oscuro, con una bolsa pequeña en la mano. No tuvo que decir nada. Lo supe por su cara, por la hora, por la bolsa.

—Esta noche —dijo.

Me senté en la cama de golpe, con el corazón disparado.

—¿Ahora?

—En diez minutos. Te lo advertí. —Dejó la bolsa sobre la cama—. Ponte tu ropa. La de Madrid. Dentro hay papeles, dinero y un teléfono. No lo enciendas hasta que yo te diga. Date prisa.

Me levanté, temblando, y cogí la ropa de la silla, la que llevaba meses esperándome como un ancla. Mientras me vestía, deprisa, con las manos torpes, Khalid hablaba en voz baja, repasando, como quien recita algo memorizado.

—Salimos por la zona de servicio. Halima ha dejado una puerta sin cerrar.

Hay un coche esperando al otro lado del muro, en el camino viejo.

El conductor es de fiar, lo he comprado bien, y es leal.

Te lleva hasta la costa. Allí te espera un barco.

En el barco, otro hombre. Cada uno sabe solo su tramo, así que aunque uno hable, no puede vender el resto. —Me miró—. ¿Lo has entendido todo?

—Sí. —Me costó decirlo, porque algo en cómo lo explicaba me había erizado la piel—. Khalid. Estás diciendo «te lleva». «Te espera». No estás diciendo «nos».

Se quedó callado.

—No vienes —dije. No era una pregunta. Lo había sabido desde la primera frase y me había negado a oírlo—. Me sacas, pero tú no vienes.

—No puedo. —Lo dijo sin dramatismo, como un hecho—.

Si desaparecemos los dos, en una hora todo el mundo lo sabe, y nos cazan a los dos antes de llegar a la costa.

Si desapareces solo tú, y yo me quedo, en mi casa, dando la cara, nadie sospecha nada hasta que es tarde.

Yo soy tu coartada, Raquel. Mi presencia aquí es lo que te da las horas que necesitas para llegar al barco.

—Hizo una pausa—. Tengo que quedarme para que tú puedas irte.

—Y cuando se den cuenta de que no estoy. Cuando él venga a por su dinero y a por mí, y yo no esté. —Se me quebró la voz—. ¿Qué te hacen?

—De eso no debes preocuparte. No es asunto tuyo.

—¡No me digas que no es asunto mío! —Lo dije más alto de lo que debía, y bajé la voz enseguida, asustada—. Sé lo que le hace ese hombre a la gente que le falla. Lo sé. Si me sacas y te quedas, te quedas a pagar tú lo que iba a pagar yo. Te quedas a morir en mi lugar.

Khalid me cogió por los hombros, firme, y me miró de cerca.

—Escúchame —dijo—. Llevo tiempo preparando esto.

Cada detalle. Y lo he preparado contando con que me quedo.

No es una sorpresa de última hora, no es un sacrificio que se me ha ocurrido esta noche.

Es el plan. Siempre fue el plan. Tú sales, yo me quedo.

Y si no aceptas esa parte, no sale nada, y te quedas aquí, y entonces sí que estamos los dos muertos, solo que más despacio.

—Me apretó los hombros—. Así que vas a coger esa bolsa, vas a cruzar esa puerta, y no vas a mirar atrás.

Por una vez en tu vida, no me lleves la contraria.

No le llevé la contraria. Pero tampoco me moví.

—Dame la última pieza —dije—. La que dijiste que no me darías hasta que estuviera a salvo. Dámela ahora.

—Ahora no.

—¿Porque si me la das no me voy a querer ir?

—Lo miré—. Khalid. No me voy a querer ir igual.

Ya no quiero irme y dejarte aquí. Esa parte ya la has perdido.

Así que dámela. Me la debes. Me has tenido medio año reconstruyendo a una mujer que ni siquiera sé que está muerta, pieza a pieza, dándome migajas, dejándome adivinar.

Si voy a cruzar esa puerta sin ti, sin saber si te vuelvo a ver, tengo derecho a saberlo todo antes. Todo.

Se quedó mirándome durante un silencio largo. Y entendí, por cómo le cambió la cara, que iba a ceder, que aquella noche, al borde de perderme, ya no le quedaban fuerzas para seguir guardándola.

—Está bien —dijo, en voz muy baja—. Pero rápido, porque cada minuto que pasamos aquí es un minuto que te quito de ventaja. —Respiró hondo—. Tú crees que te compré. En la subasta. Que pujé por ti y te traje aquí por capricho.

—¿No fue así?

—No. —Me sostuvo la mirada—. Yo jamás estuve en esa subasta.

Te compró otro hombre. El de la voz que oíste en el pasillo.

El que te buscó la puerta. El que ahora me está hundiendo.

—Tragó saliva—. Te compró él. Y te trajo a mi casa.

Como regalo. Para sellar un trato entre nuestras familias.

Tú no fuiste mi capricho, Raquel. Fuiste su regalo. Llegaste a mí con un lazo, de su parte.

El suelo se me movió. No lo había sospechado jamás. Creía que él me había comprado, que había sido su capricho, y de golpe todo lo que daba por cierto se daba la vuelta y me dejaba sin aire.

—Él me compró… —repetí, despacio, entendiéndolo—. El mismo que me quiere ahora. Me tuvo. Y me regaló a ti, por eso sabía que estaba aquí. En mi habitación.

—Te regaló pensando que me hacía gracia.

Que te usaría y te devolvería, o que me aburrirías y te tiraría, como hace él con todo.

—La voz de Khalid se endureció—. Lo que no calculó es que yo no soy él.

Y lo que no calculó nadie, ni yo mismo, es lo que ibas a ser tú.

—Hizo una pausa—. Y ahora quiere recuperarte.

No porque le importes. Porque ha visto que me importas a mí, y quitarme lo que me importa es lo único que le divierte de verdad.

Por eso me hunde. No por el dinero. El dinero le da igual.

Te quiere a ti de vuelta, rota, para enseñarme que puede.

—Y Sophie. —Lo dije con un hilo de voz, porque ya lo veía venir—. Sophie también fue suya. ¿Verdad?

Khalid cerró los ojos un momento.

—A Sophie la compré yo. De verdad, esa vez.

Años atrás. Necesitaba integrarme y ser como ellos, o al menos fingir serlo —Los abrió—.

Y él me la quitó. No con violencia. Con deudas, con favores, con presiones, igual que ahora, hasta que no pude protegerla más, y me la pidió como pago, y yo.

.. —se le rompió algo en la voz— dudé. Calculé lo que me costaba negarme.

Y mientras calculaba, se la llevó. Y me la devolvió muerta.

Cuando ya no servía de nada devolverla. —Me miró, y había en sus ojos toda la culpa de años, y en los míos la sorpresa al saber que mis sospechas eran ciertas.

Muerta. Sophie, estaba muerta—. Por eso te encerré tan fuerte desde el principio.

Para que no te viese y se le olvidase que estabas aquí, para que no se le antojara.

Y por eso, esta vez, no voy a dudar. Esta vez te saco aunque me cueste todo.

Porque ya pagué una vez el precio de calcular, y no pienso pagarlo dos.

Me quedé mirándolo, con el regalo de su confesión pesándome entera, entendiendo por fin la forma exacta de todo: yo no era una mujer que él hubiera comprado y que se hubiera ablandado con ella.

Era la segunda oportunidad de un hombre que había dejado morir a la primera por cobarde, y que se había jurado no volver a serlo.

Mi salvación era su penitencia. Y el hombre que me había regalado a él me usaba ahora para terminar de destruirlo.

—No puedo dejarte aquí con esto —dije, y las lágrimas me caían ya sin permiso—. No puedo, Khalid. Ahora menos. Si me cuentas esto y me dejas cruzar esa puerta sola, te estoy dejando morir por mí, igual que ella murió por ti. No quiero ser tu redención si tu redención es tu tumba.

—Por eso no quería contártelo. —Me secó una lágrima con el pulgar, con una ternura que me partió—.

Sabía que ibas a decir exactamente eso. Pero escúchame bien, porque es lo último que te voy a pedir.

—Me sostuvo la cara con las dos manos—. La única manera de que mi penitencia no sea inútil es que tú vivas.

Si te quedas, seremos dos los muertos, y entonces sí que no habré servido para nada, ni con ella ni contigo.

Pero si tú sales, si tú vives, si tú llamas a tu madre y vuelves a Salamanca y tienes la vida que te robaron, entonces lo que yo haga aquí habrá valido para algo.

Vivir tú es lo único que me redime. ¿Lo entiendes?

No me salvas quedándote. Me condenas. Me salvas yéndote.

Sonó un ruido fuera. Lejano, pero un ruido. Khalid se tensó entero, alerta, y me soltó la cara.

—Se acabó el tiempo —dijo—. Tienes que irte ya.

Cogí la bolsa. Me la colgué del hombro. Y me quedé un segundo más, mirándolo, grabándomelo, el hombre de treinta y dos años que me había comprado sin comprarme, que me había encerrado para esconderme, que me había hecho de monstruo y de muro a la vez, y que ahora me empujaba hacia la puerta para morir en mi lugar.

— Sabías que ibas a quedarte... Sabías que contarme la verdad me impediría irme.

—Sí. —esbozó media sonrisa, la más triste que le vi—. Por eso lo dejé para el final. Ahora vete, antes de que sea demasiado tarde para los dos.

Me abrió la puerta. El pasillo estaba a oscuras y al fondo podía verse la silueta de Halima, esperando para guiarme, con la cara descompuesta.

Di un paso hacia fuera. Y entonces, desde el otro extremo del pasillo, donde no debía haber nadie, donde todo tenía que estar despejado, se encendió una luz.

Y una voz que conocía, suave, untuosa, la de mis peores noches, dijo, con una calma horrible:

—Vaya, vaya. Justo a tiempo. Empezaba a pensar que no os ibais a decidir nunca.