PROPIEDAD DEL JEQUE Capítulo 24
80%

Capítulo 24

Me desperté sola, pero el sitio a mi lado todavía guardaba calor.

Khalid se había ido en algún momento de la madrugada, sin despertarme, y por un instante, antes de abrir los ojos del todo, una parte de mí lo echó de menos, y odié a esa parte con todas mis fuerzas en cuanto la noté.

Me senté en la cama. La luz entraba por la ventana, y la ropa de Madrid seguía doblada en la silla donde la había dejado, mirándome, recordándome quién había sido yo.

Me obligué a mirarla un buen rato. A repasar los hechos en frío, como cada mañana, solo que aquella mañana costaba más que ninguna.

Te trajeron aquí contra tu voluntad. Llevas medio año encerrada.

Anoche te acostaste con el hombre que te tiene presa.

Lo dije por dentro, palabra por palabra, esperando el asco, el arrepentimiento, la cordura.

No llegaron limpios. Llegaron mezclados con otra cosa, con el recuerdo de su cuidado en la oscuridad, con la sensación todavía tibia de haber elegido algo después de años sin elegir nada, y esa mezcla, esa imposibilidad de sentir una sola cosa clara, era la prueba de lo lejos que había llegado.

Halima entró con el desayuno. Me miró, y se quedó quieta un segundo de más, y supe que lo sabía.

No sé cómo. Las casas hablan, y las criadas viejas mejor que nadie.

No dijo nada. Dejó la bandeja. Pero antes de salir se detuvo en la puerta, y sin mirarme, en voz muy baja, dijo una sola frase en su español roto.

—La francesa también. —Hizo una pausa—. Después de eso, todo más rápido. Para bien y para mal. —Y salió.

La francesa también. Sophie también se había acostado con él. Y después, todo más rápido. No supe si era una advertencia o un duelo, pero me quedó dentro el resto del día.

***

Khalid no vino aquella tarde. Ni aquella noche.

Al principio pensé que era lo de siempre, que se alejaba después de mostrarse de más, su costumbre de poner distancia.

Pero al segundo día sin verlo, la casa empezó a cambiar de una manera que no me gustó.

Más guardias en los pasillos. Las criadas con la cara tensa.

Halima, cuando le pregunté, solo negó con la cabeza y dijo «cosas de fuera, no tuyo», pero lo dijo con un miedo que no le había visto desde los días de los otros.

Algo pasaba. Y yo, encerrada otra vez de hecho aunque no de derecho, sin nadie que me contara nada, hice lo único que sabía hacer: escuchar.

Lo pesqué la tercera noche, de nuevo junto a mi puerta, de nuevo de dos guardias que se creían a solas.

Hablaban deprisa, nerviosos, y entendí menos de lo que quería, pero entendí lo suficiente.

Una palabra que ya conocía: «deuda». Otra: «plazo».

Y un nombre, el nombre que no era Khalid, dicho con miedo, el del hombre de la voz untuosa.

Y algo sobre dinero, mucho dinero, que el señor tenía que reunir en muy poco tiempo o habría consecuencias.

Até los cabos en la oscuridad, como ataba siempre.

El hombre de la puerta no había olvidado.

Había hecho lo que Khalid dijo que haría: ser más inteligente.

No había vuelto a por mí de frente. Había ido a por Khalid por donde más le dolía a un hombre de aquel mundo, por el dinero, por las deudas, exigiéndole de golpe lo que le debía, sabiendo que no podría reunirlo, para hundirlo, para dejarlo sin poder, sin protección, y entonces, con Khalid arruinado e indefenso, ir a por lo que de verdad quería.

A por mí.

Lo entendí todo de golpe, y el miedo que sentí no fue por mí.

Fue por él. Y esa fue la prueba definitiva, la que ya no pude negarme, de que algo se me había roto por dentro sin permiso: que al saber a Khalid en peligro, lo primero que sentí no fue alivio, ni esperanza de que su caída fuera mi libertad. Fue terror de perderlo.

Vino la cuarta noche, tarde, y traía la cara de un hombre que no dormía desde hacía días.

—Has adelgazado —le dije, en cuanto entró. Era verdad. En cuatro días se le habían marcado las ojeras, los pómulos.

—Tengo cosas que resolver. —Se dejó caer en el diván, con ese cansancio que ya no disimulaba conmigo—. No es asunto tuyo.

—Sí lo es. —Me senté frente a él—. Sé lo de la deuda. Lo del plazo. Sé que es él. Que te está exigiendo todo de golpe para hundirte, y que cuando te hunda, vendrá a por mí sin que puedas impedirlo. Lo sé, Khalid. He atado los cabos. Siempre ato los cabos.

Me miró, y por una vez no se molestó ni en preguntar cómo lo sabía ni en negarlo. Estaba demasiado cansado para los juegos.

—Entonces sabes que tengo que sacarte ya —dijo—.

Antes de lo previsto. Antes de que el plazo venza y me quede sin margen.

La ventana de la que te hablé se ha cerrado, y estoy abriendo otra a la fuerza, más peligrosa.

—Se pasó la mano por la cara—. En días, Raquel. Te saco en días. No en semanas. Días.

—¿Y tú? —La pregunta me salió antes de pensarla—. Cuando me saques, y él venga a por su dinero y no esté, y no esté yo. ¿Qué te pasa a ti?

Algo se le movió en la cara. No me contestó enseguida.

—Eso no importa.

—A mí sí me importa.

Y ahí estaba. Lo había dicho. Lo que llevaba días negándome, lo que era la prueba de mi propia caída, dicho en voz alta sin que pudiera retirarlo.

A mí sí me importa. Vi a Khalid recibirlo, vi cómo le cambiaba la cara, cómo entendía lo que aquella frase significaba viniendo de mí, que no decía nada que no fuera verdad.

—No digas eso —dijo, en voz baja, casi con dolor—. No puedes permitirte que te importe lo que me pase. Eso es lo que la hundió a ella. Empezar a quererme. Te lo dije. Te lo avisó hasta la pared, supongo, si la has leído tan bien como creo.

Me quedé helada. Si la has leído. Lo sabía. Sabía lo del lavabo. Sabía que yo había encontrado el mensaje de Sophie.

—¿Desde cuándo lo sabes? —pregunté.

—Desde el principio. —Alargó una media sonrisa cansada—. ¿Crees que hay algo en esta casa que yo no sepa? Sé que encontraste lo que escribió. Sé que le contestaste. Sé que has estado reconstruyéndola pieza a pieza durante meses. —Me miró—. Y te he dejado hacerlo. ¿Sabes por qué?

Negué con la cabeza, sin voz.

—Porque en el fondo quería que la conocieras —dijo—.

Que supieras lo que pasó. Que entendieras de qué te estoy salvando.

Sin tener que contártelo yo, porque contártelo yo habría sido pedirte que me creyeras, y tú no tenías por qué creerme.

Pero si lo descubrías sola, pieza a pieza, era verdad tuya, no versión mía.

—Se inclinó hacia delante—. Lo único que no sabes todavía es la última pieza.

La que lo explica todo. Y esa no la vas a encontrar arañando piedras, porque no está escrita en ninguna parte.

Esa te la tengo que dar yo. Pero no esta noche.

—¿Por qué no esta noche?

—Porque esta noche, si te la doy, no te vas a querer ir. —Se levantó—. Y necesito que te vayas. Así que la última pieza te la doy cuando estés a salvo, al otro lado, donde ya no puedas cambiar de idea por mí. Es la única manera de que la sepas sin que te mate saberla.

Se fue, y me dejó con aquello dándome vueltas toda la noche.

¿Qué podía explicarlo todo y a la vez atarme a él hasta el punto de no querer marcharme?

No tenía con qué imaginarlo. Solo la certeza, cada vez mayor, de que había una verdad enterrada debajo de todo lo demás, y de que él la guardaba a propósito para el final.