PROPIEDAD DEL JEQUE Capítulo 27
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Capítulo 27

No dormimos. No había tiempo.

En cuanto el pasillo se vació, Khalid se transformó.

El hombre cansado de las últimas semanas desapareció, y en su lugar quedó otro, rápido, frío, eficiente, dando órdenes en voz baja a un puñado de guardias en los que dijo confiar, los pocos que no se vendían.

Yo lo miraba moverse y entendí que aquella eficacia era la misma que lo había hecho temible, solo que por una vez la usaba para algo que no daba miedo.

—El plan de antes ya no sirve —me explicó, mientras un hombre suyo entraba y salía con bolsas—.

Él sabe lo del coche, lo del barco, todo, porque mi guardia se lo habrá contado.

Así que vamos a hacer lo contrario de lo previsto.

Nada de costa. Nada de barco. Salimos por tierra, hacia el norte, hacia la frontera, esta misma madrugada, antes de que él reorganice a su gente.

—Me miró—. Va a ser duro. Horas de coche.

Sin parar. Y si nos cogen por el camino, no habrá una segunda casa que despertar gritando fuego. ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo. —Cogí la bolsa de Madrid y me la colgué—. Vamos.

Se detuvo un segundo. Me miró, y algo se le suavizó en mitad de toda aquella prisa.

—No me preguntas adónde —dijo—. Ni si es verdad. Ni si te estoy engañando para llevarte a otro sitio. Hace seis meses no habrías dado un paso sin calcularlo.

—Hace seis meses no te conocía. —Le sostuve la mirada—. Ahora sí. Y sé cuándo mientes. No estás mintiendo. Vamos, Khalid, antes de que me ponga a calcular y nos cueste la vida.

Halima nos esperaba en la zona de servicio. Tenía la cara surcada de lágrimas, y cuando me vio llegar con la bolsa al hombro, me cogió las manos, las dos, y me las apretó fuerte.

—Te vas —dijo, en su español roto, y no era una pregunta—.

Bien. Muy bien. —Me miró, y en aquella cara vieja había una emoción que no le había visto nunca, una mezcla de miedo y de algo parecido a la alegría—.

La otra no pudo. Tú sí. Tú sales. —Tragó saliva—.

Yo me quedo. Vieja. Aquí toda la vida. Pero tú sales, y yo.

.. —se le rompió la voz— yo lo veo. Por fin lo veo. Una sale.

—Ven con nosotros —dije, de pronto, sin pensarlo—. Halima, ven. No te quedes aquí con él rondando.

Negó con la cabeza, despacio, con una sonrisa triste.

—No, niña. Yo aquí muero. Aquí nací esto, aquí muero.

Pero sin pena. —Me soltó las manos, y me puso una en la mejilla, un gesto de madre que me deshizo—.

Tú vive por las dos. Por la francesa también.

Por todas. —Miró a Khalid, y le dijo algo en su idioma, rápido, serio, que no entendí entero pero del que pesqué una palabra: cuídala.

Y Khalid asintió, una sola vez, como quien hace un juramento.

Salí de aquella casa de madrugada, igual que había entrado meses atrás, de noche y a escondidas.

Pero esta vez no iba con los ojos vendados ni las manos atadas.

Iba por mi propio pie, con una bolsa al hombro y la ropa de mi propia vida puesta, y al cruzar la puerta de servicio y sentir el aire frío de la madrugada en la cara, lo mismo que casi me había roto la noche que me sacaron del primer cautiverio, esta vez no me rompió. Esta vez me supo a otra cosa.

Me supo al principio de algo.

***

El viaje fue lo que él había prometido. Horas y horas de carretera en la oscuridad, primero por caminos buenos y luego por otros que no lo eran, con Khalid al volante, tenso, mirando los espejos más que la carretera.

Yo iba a su lado, despierta, vigilando con él, los dos callados la mayor parte del tiempo, hablando solo lo justo.

En algún momento, ya con el cielo empezando a clarear por el este, le pregunté lo que llevaba horas queriendo preguntarle.

—¿Y cuando estemos al otro lado? ¿Qué haces tú? Yo vuelvo a Salamanca, a mi madre, a lo mío. ¿Y tú?

Tardó en contestar, con los ojos en la carretera.

—No lo sé —dijo, y la sinceridad de no saberlo me sorprendió más que cualquier plan—.

Llevo toda la vida sabiendo exactamente lo que iba a hacer cada día.

Y de pronto no tengo nada. Ni casa, ni negocios, ni mundo.

Lo he dejado todo atrás esta noche, y no tengo ni idea de qué viene después.

—Me miró un segundo, y volvió a la carretera.

—Bienvenido —dije, y se me escapó una media sonrisa, la primera en mucho tiempo—.

Así me sentí yo el primer día en tu casa.

Sin nada. Sin saber. Resulta que se sobrevive.

—Hice una pausa—. Y otra cosa que necesito que sepas.

No te voy a decir que me vayas a tener. No lo sé.

Tú me compraste, aunque no fueras tú quien pujara.

Me encerraste meses. Eso no se borra porque me hayas sacado, por mucho que me hayas sacado.

Necesito volver a mi vida, a mi madre, a ser yo sola, antes de saber qué quiero.

Y a lo mejor lo que quiero, cuando lo sepa, no eres tú.

—Lo sé. —No sonó dolido. Sonó como un hombre que acepta una factura justa—. No te he sacado para cobrármelo. Te he sacado porque te lo debía, a ti y a la otra. Lo que pase después es tuyo decidirlo. —Se tomó un segundo—. Con eso me basta. Con haberte devuelto eso.

***

Paramos solo una vez, en un sitio perdido, para repostar y cambiar de coche, otro que tenía esperando, que era parte del plan que sí había sobrevivido. Y fue allí, en aquel descampado, con el sol saliendo por fin sobre una tierra que no conocía, donde Khalid hizo algo que no esperaba.

Sacó el teléfono de la bolsa. El que me había dado y me había dicho que no encendiera. Lo encendió él, marcó algo, y me lo tendió.

—Toma —dijo—. Todavía no estamos a salvo del todo. Faltan horas. Pero ya estás lo bastante lejos. Llama.

—¿A quién?

—¿A quién va a ser? —Me lo puso en la mano—. A tu madre. Dijiste que llamabas cada día a las cinco y media. En tu país son casi las cinco y media ahora. —sonrió—. A lo mejor, si hay suerte, está esperando al lado del teléfono, como siempre.

Me quedé con el aparato en la mano, temblando, sin atreverme. Medio año. Medio año pensando que no volvería a oír su voz. Y ahora lo único que me separaba de ella era marcar un número que me sabía de memoria, que me había sabido siempre, desde niña.

Marqué. Me alejé unos pasos, hacia el sol que salía, con el corazón en la garganta.

Sonó una vez. Dos. Y al tercer tono, una voz que conocía mejor que ninguna otra del mundo, una voz rota, gastada de seis meses de espera, de miedo, de no rendirse, dijo el «¿diga?

» más tembloroso que le había oído nunca.

Y luego, hablé:

—Mamá…

—¿Raquel? ¿Hija? ¿Eres tú? ¿Estás… estás bien? —Lloró.

No pude contestar enseguida. Me falló la voz. Me caí de rodillas en aquella tierra extraña, con el sol en la cara y el teléfono apretado contra la oreja, y lloré con ella antes de poder hablar, y detrás de mí oí a Khalid apartarse, darme espacio, dejarme aquello entero, que era mío.

—Sí, mamá —dije, por fin, cuando pude—. Estoy bien. Estoy bien. Voy a casa.