PROPIEDAD DEL JEQUE Capítulo 21
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Capítulo 21

Me desperté con la ropa de Madrid doblada en la silla.

La había puesto ahí yo, la noche anterior, porque necesitaba verla al levantarme.

Como ancla. Como recordatorio de quién era antes de todo esto, de que existía una Raquel que salía de la biblioteca a las seis menos cuarto y le escribía mensajes a su madre en el metro.

Esa mujer seguía siendo yo, me lo dije mirando el abrigo, por mucho que la jaula me hubiera cambiado por dentro.

Khalid no vino aquella mañana. Ni aquella tarde. Cuando apareció fue al día siguiente, por la noche, y traía algo distinto en la cara, una resolución nueva, como si hubiera tomado decisiones en su ausencia y hubiera venido a comunicarlas.

Se sentó en el diván. Me miró.

—Necesito contarte algo —dijo—. Sobre lo de sacarte. Cómo. Cuándo. Lo que va a costar.

Me senté frente a él, sin decir nada, esperando.

—El hombre de la otra noche —empezó, y la mandíbula se le tensó solo de nombrarlo de aquella manera— no va a olvidar lo que le dije.

Sabe que le planté cara. Sabe que le debo dinero y que no me importó.

Y sabe, que es lo peor, que hay algo en esta casa que me importa más que lo que le debo.

Un hombre así, cuando sabe dónde te duele, no para.

Va a volver. Va a buscar otra manera. Y la próxima vez no va a llamar a tu puerta de noche. Va a ser más inteligente.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—Poco. Semanas, quizá. Un mes si hay suerte. —Me miró fijo—. Por eso necesito que confíes en mí en una cosa. Una sola. Y sé que pedirte confianza es mucho, viniendo de mí, dado todo. Pero te la pido igual.

—Diga.

—Cuando llegue el momento, vas a tener que irte deprisa. Sin avisar, sin prepararte, sin despedirte de Halima. Una noche te digo que es esta noche, y tienes que estar lista para salir en diez minutos. —Se inclinó hacia delante—. ¿Puedes hacer eso?

Pensé en el abrigo en la silla. En que llevaba semanas, sin saberlo, preparándome para exactamente eso.

—Sí —dije—. Puedo.

Asintió. Y luego, en lugar de levantarse y marcharse como habría hecho en cualquiera de las semanas anteriores, se quedó. Se recostó en el diván con un cansancio que no intentó disimular, y cerró los ojos un momento, y pareció simplemente un hombre agotado en una habitación.

No supe qué hacer con eso. Me levanté, fui a la bandeja del agua, llené un vaso y se lo puse en la mesa al lado. Él abrió los ojos, me miró, y no dijo nada, pero cogió el vaso y bebió, y en aquel gesto mínimo, el más doméstico del mundo, hubo más intimidad que en cualquier beso.

—¿Cuándo fue la última vez que dormiste bien? —pregunté, sentándome otra vez.

—No recuerdo.

—Yo tampoco. —Lo miré—. Desde Madrid, creo. Desde la noche antes.

Algo se le movió en la cara al oír Madrid. Como siempre que aparecía la palabra, un reconocimiento de lo que había hecho, de lo que yo había perdido, que él ni confirmaba ni negaba pero que estaba ahí, entre los dos, inamovible.

—¿Cómo era? —preguntó, inesperadamente—. Tu vida allí. De verdad.

Lo miré, sorprendida. No me había preguntado eso nunca. Por mi carrera sí, por los libros, por los idiomas. Pero no por mi vida de verdad.

—Normal —dije, y al decirlo noté que la palabra me dolía—.

Aburrida, quizá, si la miro desde aquí. Una habitación compartida con dos chicas en Moncloa.

Clases por la mañana, biblioteca por la tarde.

Todos los días hablaba con mis padres. Los domingos era el día que más echaba de menos Salamanca.

—Hice una pausa—. No tenía gran cosa. Pero era mía.

Cada parte de ella era mía. Eso es lo que no se entiende hasta que te lo quitan.

Khalid escuchó sin interrumpir, con una atención que no era la del dueño evaluando su propiedad. Era la de alguien que quería entender algo que se le escapaba.

—Tus padres —dijo—. ¿Crees que siguen buscándote?

La pregunta me golpeó en el pecho. No me la había hecho nunca nadie en aquella casa, y era la pregunta más obvia del mundo.

—No lo sé —dije, y noté que la voz me fallaba—. No sé qué saben. Si creen que estoy muerta. Si siguen esperando. Mi madre llamaba cada día a las cinco y media. —Tragué saliva—. No sé si sigue llamando a un número que no contesta.

Hubo un silencio largo. Y entonces Khalid dijo algo que no esperaba.

—Cuando salgas —dijo, en voz baja—. Cuando te saque. Lo primero que vas a poder hacer es llamarla. Eso te lo prometo yo. Lo primero de todo.

No sé por qué aquello me rompió más que nada de lo anterior. Había aguantado el sótano, la subasta, los meses de encierro, el asedio, el hombre de la puerta. Y me rompió eso. La promesa de una llamada de teléfono a mi madre.

Me tapé la cara con las manos. No quería llorar delante de él, llevaba meses sin llorar delante de él, pero las lágrimas salieron antes de que pudiera pararlas, y las primeras se colaron entre los dedos y las siguientes ya no hubo manera de contenerlas.

Noté que se levantaba. Que se acercaba. Que se sentaba a mi lado, no enfrente, a mi lado.

Y me puso una mano en la espalda, despacio, y no dijo nada, porque era un hombre que no sabía consolar con palabras, o que nunca había necesitado aprender, y lo único que supo hacer fue quedarse ahí, con la mano en mi espalda, mientras yo lloraba todo lo que no había llorado en meses.

Lloré por mi madre. Por mi padre. Por la Raquel del abrigo en la silla.

Por el máster que no defendí. Por las dos chicas con las que compartía piso y que a lo mejor creían que estaba muerta.

Por la tarde de octubre y el móvil roto en el suelo y el olor que no voy a nombrar.

Lloré hasta que no me quedó nada, y entonces me quedé quieta, agotada, con la cabeza apoyada en su hombro sin haber decidido apoyarla, y él no se movió.

—La voy a oír —dije al fin, en voz muy baja—. A mi madre. La voy a oír aunque sea una vez más.

—Sí —dijo él, con una certeza que no admitía duda—. La vas a oír.

Nos quedamos así un rato, los dos callados y cansados, los dos cargando con cosas que no se podían nombrar.

Y yo, que llevaba meses midiendo cada gesto, cada palabra, cada centímetro de distancia entre los dos, me dejé de medir.

No por rendición. Por agotamiento honesto.

Porque había noches en que ya no quedaban fuerzas ni para el muro.

Cuando levanté la cabeza, él me miraba. De cerca, de esa distancia ya familiar que antes me aterraba y que ahora me resultaba, para mi horror y sin remedio, la distancia donde me sentía más a salvo del mundo entero.

—Tengo que preguntarte algo —dije.

—Pregunta.

—Cuando me saques. —Le sostuve la mirada—. ¿Adónde me llevarás?

Algo se le movió en la cara. Era la pregunta que importaba, la que yo no había hecho antes, y los dos lo sabíamos.

—A casa —dijo—. A Salamanca. A tu madre. A tu vida. —Una pausa muy breve, casi imperceptible—. Es lo que mereces. Y es lo que voy a darte aunque me cueste lo que me cueste.

No le pregunté qué le iba a costar. No aquella noche. Pero lo guardé, como guardaba todo, y supe que más adelante, cuando las piezas encajaran, entendería por qué un hombre que me había comprado estaba dispuesto a devolverme gratis.

Me besó esa noche. Despacio, sin urgencia, sin el dominio de antes.

Y yo se lo devolví, también despacio, con la cara todavía húmeda de haber llorado por mi madre, y fue el beso más extraño de todos los que habíamos tenido, porque no había en él ni juego ni cálculo, solo dos personas cansadas al borde de algo que ninguna de las dos sabía nombrar todavía.

Él se quedó un rato más. No se acostó, no cruzó ninguna línea, solo se quedó sentado a mi lado hasta que yo me dormí, y cuando me desperté a medianoche ya no estaba.