PROPIEDAD DEL JEQUE Capítulo 20
67%

Capítulo 20

Los otros se fueron al cuarto día.

Lo supe por cómo respiró la casa entera, igual que la primera vez que Khalid se había ausentado, solo que esta vez el alivio era distinto, más hondo, porque lo que se iba no era el dueño sino algo peor que el dueño.

Halima entró aquella mañana con los hombros sueltos y una bandeja completa, y me dedicó una sonrisa pequeña, la primera en cuatro días, aunque era una sonrisa pequeña.

—Se fueron —dijo—. Todos. —Dejó la bandeja—. Aguantaste bien, niña. Quieta. Callada. Como te dije. —Me miró, y añadió, más bajo—: La otra no aguantó así. La otra, una noche, abrió la puerta.

Se me paró el corazón.

—¿Sophie abrió la puerta?

Halima no respondió a la pregunta directa, nunca lo hacía, pero asintió apenas, una sola vez.

Sophie había abierto la puerta. A la voz amable.

Al de fuera. Y eso había sido el principio del final.

Yo había hecho lo contrario: había echado el cerrojo y me había pegado a la pared, y por eso seguía entera.

La diferencia entre ella y yo, esa noche, había sido un cerrojo y la decisión de no fiarme de una voz dulce al otro lado de una puerta.

***

Khalid vino a verme esa tarde, a la biblioteca, donde me había refugiado en cuanto pude salir del cuarto.

Traía mala cara. El cansancio de los días de tensión, y algo más debajo, una preocupación que no se quitaba. Se sentó frente a mí, y durante un rato no dijo nada, solo me miró, como comprobando que seguía entera, que aquellos cuatro días no me habían roto nada por dentro.

—Estoy bien —dije, adelantándome a la pregunta que no hacía—. No abrí. Ni cuando habló. Ni cuando forzó el pomo.

Algo se le tensó en la mandíbula.

—¿Forzó el pomo?

No se lo había contado. Había dado por hecho que lo sabía, pero por su cara entendí que no, que él había llegado a tiempo de oír la conversación, pero no sabía que el otro había llegado a sacudir la puerta.

—Una vez —dije—. El cerrojo aguantó.

Khalid se levantó de golpe, dio unos pasos por la sala, se pasó la mano por la cara. Cuando se giró hacia mí, había en sus ojos una furia caliente, descontrolada, casi temblorosa.

—Lo voy a matar —dijo, en voz baja, y no era una bravata, era un cálculo—. Tarde o temprano. A ese hombre. Por lo que hizo. Por lo que iba a hacer. Lo voy a matar y me da igual lo que me cueste.

—No —dije, y me sorprendió la firmeza de mi propia voz—. No haga eso.

Me miró, desconcertado.

—¿Lo defiendes?

—No lo defiendo. —Me levanté yo también—.

Pero si lo mata, y es de la gente que dice que es, le caen encima todos los demás, y entonces no le sirvo de nada porque está muerto o huido, y yo me quedo sola en este país sin la única persona que iba a sacarme de él.

—Sostuve su mirada—. Piense con la cabeza, no con eso que tiene ahora en los ojos.

Lo necesito vivo y entero. Para lo que dijo. Para sacarme.

Se quedó mirándome, y poco a poco la furia caliente se le fue enfriando, recolocándose en algo más útil, más suyo. Y al final, despacio, asintió.

—Tienes razón —dijo—. Otra vez. —Una media sonrisa sin alegría—. Es agotador.

Aquella conversación cambió algo entre los dos.

No sé explicarlo bien. Hasta entonces, en cada acercamiento, había habido siempre un desnivel: él arriba, yo abajo; él el dueño, yo la cosa; él el que tenía el poder y yo la que sobrevivía.

Aquella tarde, hablamos como dos personas que tienen un problema común y lo piensan juntas.

Yo le había frenado la mano. Él me había escuchado.

Habíamos calculado, los dos, del mismo lado de la mesa.

Y eso, que parecía un avance, me dio algo de miedo.

Porque entendí, viéndolo asentir a mi razonamiento, que nos habíamos convertido en otra cosa, en dos personas atrapadas juntas en el mismo mundo terrible, peleando por lo mismo, y esa clase de vínculo es mucho más difícil de combatir que el odio, porque el odio te separa y aquello nos unía.

Me obligué, esa noche, a hacer el ejercicio de siempre.

A repasar los hechos en frío, sin dejar que el corazón los maquillara.

Te compró. Te encerró meses. Te tiene en un país del que no puedes salir sin él.

Que ahora sea amable, que te proteja, que te escuche, no borra nada de eso.

Lo está construyendo encima. Me lo repetí, como cada noche.

Pero noté que las palabras habían perdido fuerza, que ya no me las creía igual y que recitarlas era más una costumbre que una convicción.

***

Bajé al jardín al caer la tarde, sola, a pensar. El sol se ponía, y el cielo se había puesto de ese naranja denso que solo daba aquel desierto, y me senté en el banco de piedra donde había hablado con Khalid la primera tarde de libertad.

Pensé en mi madre. Lo hacía cada día, pero aquella tarde con una nitidez que dolía.

En su voz a las cinco y media. En su pregunta de siempre, ¿estás bien?

Pensé en mi padre, en mi casa de Salamanca, en el máster que no había defendido, en la chica que era hacía meses y que ya no sería nunca.

Y pensé, en la palabra que llevaba meses sin atreverme a pensar del todo.

Volver.

Khalid había dicho que iba a sacarme del país.

Y al oírlo, la otra noche, había sentido una alegría inmensa.

Pero allí, en el jardín, con la cabeza fría, me hice la pregunta que no me había atrevido a hacerme: sacarme del país, ¿para llevarme adónde?

¿A casa? ¿A Salamanca, a mi madre, a mi vida de antes?

¿O a otra jaula suya, más lejos, más dorada, donde él pudiera tenerme sin los otros rondando?

No lo había preguntado. Y no haberlo preguntado, entendí, era ya una señal de lo lejos que había llegado.

Porque la Raquel del sótano, la del cuarto de cemento, la que contaba botellas de agua, no habría dudado ni un segundo de que quería volver a casa.

Y la Raquel del jardín, la que se sentaba en bancos de piedra y besaba a su captor en los umbrales, ya no estaba tan segura, y esa duda era la cosa más aterradora que me había pasado desde Madrid.

No quería a Khalid. Me lo dije con todas las letras, mirando el cielo naranja. No lo quería. Pero ya no estaba segura de querer irme sin él, y entre esas dos frases había un abismo en el que cabía mi vida entera.

Me quedé en el jardín hasta que se hizo de noche, peleándome con eso, sin ganar.

Y cuando subí, encontré sobre la cama de mi cuarto, doblada con cuidado, una cosa que no esperaba.

Ropa mía. La que llevaba el día que me secuestraron en Madrid.

Lavada, planchada, guardada todo aquel tiempo sin que yo lo supiera, y dejada allí, sin nota, sin explicación.

La reconocí enseguida. Los vaqueros. La camiseta. El abrigo con el que caminaba aquella tarde de octubre hacia el metro.

Y entendí el mensaje, que no llevaba palabras porque Khalid no era hombre de palabras fáciles.

Había guardado mi ropa de Madrid todo aquel tiempo.

La ropa de la mujer que yo era antes. Y me la devolvía ahora, igual que me había devuelto el jardín y el sol, para decirme, a su manera retorcida y muda, que no había olvidado de dónde venía yo, que sabía que yo era una persona con un antes, con una casa y con una madre que preguntaba si estaba bien.

Me senté en la cama, con el abrigo entre las manos, y lloré. No de pena esta vez. De algo más complicado, que no supe nombrar, y que tenía que ver con que el gesto más tierno que había recibido en meses me lo hacía el hombre que me había arrancado de aquella misma ropa.