Capítulo 19
Los oí llegar el primer día, a media tarde.
Escuché coches en el patio grande, varios, y voces de hombres saludándose con esa cordialidad ruidosa que en aquel mundo siempre tapaba otra cosa.
Yo estaba en mi cuarto, con el cerrojo echado por dentro, tal como había prometido.
No me asomé a la ventana. Me senté en el suelo, contra la pared más alejada de la puerta, y me dispuse a esperar lo que durara, como había aprendido a esperar tantas otras cosas en aquella casa.
Halima me traía la comida deprisa, hablando poco, con la cara cerrada de los días malos. La segunda vez que entró, le pregunté en voz baja cuántos eran.
—Cinco —dijo—. Y guardias. Muchos. —Dejó la bandeja, y antes de irse me cogió la mano, igual que la vez de las sábanas—. Tú no abras. A nadie. Solo a mí. Yo llamo así. —Dio tres golpecitos secos en la mesa, un ritmo concreto—. Si no es así, no abras. Aunque digan lo que digan.
—¿Y si es Khalid?
—El señor sabe el golpe. —Me apretó la mano—. Cualquiera que no haga el golpe, no es de fiar. Aunque hable español. Aunque sea amable. Sobre todo si es amable.
***
La segunda noche, lo oí.
Estaba despierta, porque dormir con aquella gente en la casa era imposible, cuando oí pasos en mi pasillo.
No los de los guardias, que me sabía. Ni los tres golpes de Halima.
Pasos lentos, de alguien que paseaba sin rumbo, probando, y una respiración, y luego el sonido que más temía: el pomo de mi puerta girando despacio, con cuidado, una vez, dos.
Me quedé de piedra contra la pared. El cerrojo aguantó. El pomo volvió a su sitio. Y entonces, al otro lado de la madera, sonó una voz.
La reconocí. No por las palabras, sino por el timbre, untuoso y suave, el mismo que había oído en el pasillo la noche que Khalid volvió tenso, el mismo de la risa que había paralizado a Halima. Habló en español, despacio, saboreando cada palabra, sabiendo que yo estaba dentro, sabiendo que lo oía.
—Sé que hay alguien ahí —dijo—. Y sé quién eres.
Khalid te esconde en esta ala, y Khalid solo esconde lo que de verdad le importa.
—Hizo una pausa, y escuché el roce de una mano en la madera, lento—.
No tengas miedo. Solo quiero ver por qué te guarda nuestro amigo con tanto celo.
Abre la puerta. Solo un momento. Nadie tiene por qué saberlo.
No contesté. No respiré apenas. Me apreté contra la pared como si pudiera atravesarla, con el corazón golpeándome tan fuerte que pensé que se oiría desde fuera.
—¿No abres? —La voz no perdió la suavidad, y eso fue lo más aterrador, que no se enfadara, que siguiera dulce mientras decía lo que dijo—.
No importa. Soy un hombre paciente. Y en esta casa, niña, las puertas las abre quien manda de verdad.
Khalid se cree el dueño. Pero hay dueños por encima de los dueños.
Lo vas a aprender. Igual que lo aprendió la otra.
La otra. Sophie. La sangre se me heló del todo. Aquel hombre sabía de Sophie. Aquel hombre, quizá, era el de Sophie.
El pomo volvió a girar, esta vez con fuerza, una sacudida brusca que hizo temblar el cerrojo, y se me escapó un sonido del miedo, pequeño, que él oyó.
—Ah —dijo, casi con ternura—. Ahí estás.
Y entonces, en mitad del terror, oí otra cosa. Pasos rápidos en el pasillo. Y una voz que conocía, cortando el aire como un hacha.
—Aparta de esa puerta.
Khalid. La voz más fría y más peligrosa que le había oído nunca, y la oí desde dentro con un alivio tan grande que casi me derrumbo.
—Khalid. —La voz untuosa no se alteró, solo se volvió burlona—. Estaba dando un paseo. Me he perdido. Esta casa tuya es tan grande.
—Esta ala no. Esta ala la conoces de sobra. —Los pasos se acercaron y se detuvieron—. Aléjate de la puerta. Ahora.
—¿O qué? —La voz se afiló, y por debajo de la seda asomó por fin el filo—.
Cuidado con cómo me hablas, muchacho. Le debes a mi familia más de lo que vas a poder pagar en tu vida.
Una palabra mía y este palacio tuyo, y tus negocios, y todo lo que crees que es tuyo, deja de serlo.
¿Y todo esto por qué? —Una risa baja—. ¿Por lo que escondes detrás de esa puerta?
Ábrela, anda. A lo mejor, si me gusta cómo se mueve, lo arreglamos entre amigos y se me olvida lo grosero que estás siendo.
Hubo un silencio. Un silencio largo, denso, en el que se decidía algo. Y yo, del otro lado de la puerta, contuve la respiración, porque sabía que en aquella pausa Khalid estaba pesando todo lo que era suyo contra lo que había detrás de aquella madera, y que de ese peso dependía mi vida entera.
Cuando habló, su voz había cambiado. Seguía fría. Pero por debajo había algo nuevo, algo definitivo, la calma de quien acaba de decidir y ya no va a volver atrás.
—Detrás de esa puerta —dijo Khalid— no hay nada que esté en venta.
Ni en préstamo. Ni a tu alcance. No me importa lo que le deba a tu familia.
No me importa lo que pierda. Vuelve a poner una mano en esa puerta, o en cualquier puerta de esta casa, y te juro por lo que quieras que la deuda la vas a cobrar en el infierno.
—Hizo una pausa—. Sé exactamente lo que le pasó a la última mujer que metiste en tus juegos.
Lo sé todo. Y he guardado cada detalle, durante años, esperando.
Tú a mí me puedes quitar el dinero. Yo a ti te puedo quitar mucho más, y tengo con qué.
Así que piensa muy bien tu siguiente paso, porque yo el mío lo tengo pensado desde hace mucho.
El silencio que siguió fue distinto. Era el silencio de un depredador recalculando, descubriendo que la presa tenía dientes.
—Vaya —dijo la voz untuosa, al fin, despacio—.
Conque era eso. No es que escondas una mujer.
Es que te importa una mujer. —Sonó una risa breve, incrédula, cruel—.
Khalid al-Rashaan, ablandado por una cosa comprada.
Quién lo iba a decir. —Se escucharon pasos retirándose, lentos—.
Esto es mucho más interesante de lo que pensaba.
Y mucho más útil. Buenas noches, muchacho.
Cuida bien lo que cuidas. Ahora ya sé exactamente dónde te duele.
Los pasos se alejaron. Y al otro lado de mi puerta solo quedó la respiración de Khalid, agitada, conteniéndose.
Tres golpes secos. El ritmo de Halima, pero no era Halima.
—Soy yo —dijo Khalid, en voz baja—. Abre. Por favor.
Descorrí el cerrojo con las manos temblando y abrí.
Y antes de que pudiera decir nada, antes de pensarlo siquiera, hice algo que no había planeado, que no entraba en ningún cálculo, que me salió del cuerpo entero: me eché contra él.
Lo abracé. Hundí la cara en su pecho, temblando, soltando por fin todo el terror de aquellos minutos contra el único cuerpo que en aquella casa de monstruos significaba refugio.
Y él me sostuvo. No como se sostiene una posesión. Como se sostiene a alguien que casi se pierde. Me rodeó con los brazos, fuerte, y noté que él también temblaba, y que su corazón iba tan rápido como el mío.
—Llegué a tiempo —dijo, contra mi pelo, y no me lo decía a mí, se lo decía a él, a su fantasma, a Sophie—. Esta vez llegué a tiempo.
Nos quedamos así, en el umbral, abrazados, los dos temblando, sin que ninguno hiciera el gesto de separarse.
Y cuando por fin levanté la cara y lo miré, vi en sus ojos lo que llevaba semanas asomando y conteniéndose, lo que había prometido decirme "después", y entendí que el después había llegado, que aquella noche lo había precipitado todo.
—Lo que tenía que decirte —dijo, en voz muy baja, sosteniéndome la cara con las dos manos— es que voy a sacarte de aquí.
De este país. No sé cuándo ni cómo todavía, porque no es sencillo y un paso en falso nos mata a los dos.
Pero lo estoy preparando. —Tragó saliva—.
Llevas meses pensando que esta casa es lo único que te espera el resto de tu vida.
Y no quería que lo siguieras pensando ni una noche más. Eso era lo que tenía que decirte.
Me quedé sin aire. No por lo que decía, sino por lo que no decía.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué haría eso por mí?
Algo se le cerró en la cara, como una puerta. No me lo iba a decir. Esa respuesta se la guardó entera.
—Eso no toca esta noche —dijo—. Esta noche solo toca que sigas viva. Lo demás, después.
Y yo, que tenía mil razones para apartarme, que sabía que aquel hombre seguía siendo mi carcelero y que abrazarlo era caer justo donde no debía caer, no me aparté.
Porque acababa de arriesgar su mundo entero por no entregarme. Porque temblaba como yo. Porque por una vez, en aquella casa de propiedades y precios, alguien me había puesto por encima de todo lo que tenía.
Lo besé yo. Esta vez fui yo. Con miedo todavía en el cuerpo, con el depredador acabándose de alejar por el pasillo, con todo en contra. Lo besé porque quise, porque lo elegí, porque era lo único en meses que elegía de verdad.
Y supe, mientras lo hacía, que acababa de cruzar la última línea. Que ya no había vuelta. Que Sophie tenía razón en todo y que yo iba a caminar igualmente hacia donde ella se cayó, con los ojos abiertos, sabiéndolo.
Pero con una diferencia. Una sola, y me agarré a ella como a la vida.
Sophie había confiado creyendo que estaba a salvo.
Yo iba a hacerlo sabiendo que no lo estaba. Sabiéndolo todo. Y eso, me prometí, mientras lo besaba en el umbral de mi jaula, iba a ser lo que me salvara de su final.
Aunque por dentro, muy hondo, ya sospechara que esas promesas se las hace una para poder seguir, y que el corazón, cuando decide caerse, no pide permiso a la cabeza.