Capítulo 18
La libertad cambió mi relación con Halima.
Mientras estuve encerrada, ella había sido carcelera con cara amable, alguien que cumplía órdenes y medía cada palabra.
Ahora que yo me movía por la casa, que coincidíamos en la cocina o en los pasillos, que dejé de ser solo el cuarto que había que limpiar, algo se aflojó entre las dos.
No de golpe. Halima no era de las que se abren de golpe.
Pero gota a gota, en frases sueltas mientras hacía sus tareas y yo le echaba una mano sin que nadie me lo pidiera, fui sacándole más de lo que ella pretendía dar.
Le hablaba en su idioma, que ya manejaba con torpeza pero sin perderme, y eso la ablandaba, porque a la gente le desarma que alguien se haya tomado la molestia de aprender su lengua.
Y un día, doblando sábanas juntas en una habitación vacía, le pregunté otra vez por la mujer de antes.
No de frente, que ya sabía que se cerraba. De lado.
—La de mi cuarto —dije, sin mirarla, concentrada en la sábana—. La francesa. ¿Tú la conociste?
Halima se quedó quieta un momento. Luego siguió doblando, despacio.
—La conocí —dijo, en su español roto—. Año y medio. Más. —Una pausa—. Buena chica. Como tú. Lista. Peleona, al principio. Después, no.
—¿Qué le pasó para que dejara de pelear?
—El tiempo. —Halima dobló la esquina de la sábana con un cuidado que no necesitaba—.
Y él. El señor. —Bajó la voz, aunque no había nadie—.
Con ella, igual que contigo. Frío primero.
Después... bueno. Y ella se ablandó. Confió.
—Negó con la cabeza, despacio, con dolor—.
Y cuando una se ablanda aquí, niña, es cuando llegan los otros.
Los otros. Se me heló la sangre.
—¿Qué otros? —pregunté, y esta vez sí la miré.
Halima dejó la sábana. Me miró largamente, peleándose consigo misma, como hacía siempre antes de soltar algo que no debía. Y al final, quizá porque le caía bien, quizá porque me veía ir por el mismo camino que la otra y no quería verlo otra vez, habló.
—El señor tiene poder. Mucho. Pero no está solo arriba.
—Hizo un gesto hacia arriba con la barbilla, hacia algo que estaba por encima de Khalid—.
Hay hombres más fuertes. Más viejos. El señor les debe cosas.
Y a veces vienen. A esta casa. Y a veces —tragó saliva— quieren cosas. Y el señor no siempre puede decir no.
Empecé a entender, y lo que entendía era peor que todo lo anterior.
—La francesa —dije, muy despacio—. Uno de esos hombres la quiso.
Halima no contestó. Pero apartó la mirada, y su silencio fue una confirmación clara. Recogió las sábanas dobladas, se las puso en el brazo, y antes de salir me dijo lo último, en voz muy baja, sin mirarme.
—El señor no la entregó. Quiero que sepas eso.
Peleó. A su manera. —Se detuvo en la puerta—.
Pero llegó tarde. Y eso lo rompió. Por eso a ti te encierra tan fuerte.
No para hacerte daño. Para que ninguno te vea.
Para que no te quieran. —Me miró una última vez—.
Pero ahora te suelta por la casa. Y eso, niña, me da miedo. Mucho.
Salió. Y yo me quedé en aquella habitación vacía con las piezas por fin encajando, formando un dibujo que me dejó temblando.
Sophie no había muerto por culpa de Khalid.
Había muerto a pesar de él. Alguien de su mundo, alguien más fuerte que él, uno de esos hombres a los que debía cosas, la había querido, y Khalid no había podido o no había sabido protegerla a tiempo.
Esa era la herida que se le abría en la cara cada vez que se tocaba el tema.
No la culpa de un asesino. La culpa peor, la del que mira y no llega, la del que tiene todo el poder del mundo y descubre que no es suficiente.
Y ahora me encerraba a mí por lo mismo. El encierro brutal de los primeros meses, que yo había leído como crueldad y como dominio, tenía debajo otra cosa que no quitaba lo de cárcel, pero lo complicaba: me escondía.
Del mundo. De los otros. De los hombres a los que ni él podía decir que no.
Me había metido en una caja para que nadie supiera que existía.
Y luego, ablandándose, había hecho justo lo que no debía. Me había sacado de la caja. Me había soltado por la casa. Exactamente como con Sophie. Halima me lo había dicho con todas las letras: con ella también empezó frío, y después bueno, y fue al ablandarse cuando llegaron los otros.
Estábamos repitiendo la historia. Paso a paso. Y los dos lo sabíamos a medias, y ninguno paraba.
No iba a contarle a Halima que yo ya sabía el nombre roto bajo el lavabo, ni el mensaje.
Pero aquella tarde, después de mucho tiempo, volví a meterme debajo y releí el aviso de Sophie con los ojos nuevos.
Ya no me parecía una advertencia sobre Khalid.
Me parecía una advertencia sobre lo que venía después de Khalid.
Sobre que ablandarse, confiar, dejar de esconderse, era lo que abría la puerta a los otros.
Sophie no me avisaba de su carcelero. Me avisaba de que el cariño de su carcelero la había vuelto visible, y que volverse visible, en aquel mundo, era lo que mataba.
***
Esa noche, Khalid me encontró en la biblioteca.
Había tomado por costumbre ir allí al caer la tarde, porque era la única parte de la casa que sentía un poco mía. Él entró sin hacer ruido y se quedó un momento en la puerta, mirándome leer, antes de que yo notara su presencia.
—Te gusta esta sala —dijo.
—Es la única que no parece una tumba. —Cerré el libro—. El resto de la casa está muerta. Esto, no. Los libros respiran.
Se acercó, se sentó en el sillón de enfrente. No traía nada de su dureza esa noche, ni tampoco el juego del cortejo de las últimas tardes. Traía algo más serio, más cansado, y supe que algo había pasado, o iba a pasar, antes de que dijera nada.
—Mañana viene gente a la casa —dijo al fin—. Unos días. Negocios. —Me miró fijo—. Quiero que estés en tu cuarto todo ese tiempo. Con la puerta cerrada. Halima te llevará lo que necesites. No salgas. No bajes. No te acerques a las ventanas que dan al patio grande.
Lo entendí todo de golpe. Los otros. Venían los otros.
—¿Y si me niego? —pregunté, no por desafiarlo, sino por entender hasta dónde llegaba aquello.
—No te niegas. —Y por una vez no había dominio en cómo lo dijo, había miedo, un miedo real que le tensaba la voz—.
Esto no es un castigo, Raquel. Ni un juego.
Esta vez te lo pido como no te he pedido nada nunca.
Quédate en tu cuarto. Que nadie sepa que estás aquí.
Que nadie te vea. —Se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas—.
Hazme caso en esto. Solo en esto. Aunque no entiendas por qué.
—Lo entiendo perfectamente —dije, en voz baja, y vi la sorpresa cruzarle la cara—.
Más de lo que cree. Sé que hay hombres por encima de usted.
Sé que vienen a esta casa. Y sé que a veces quieren cosas que usted no siempre puede negarles.
—Sostuve su mirada—. Y sé lo que les pasa a las mujeres de esta casa cuando uno de esos hombres se fija en ellas. Lo sé, Khalid.
Se quedó muy quieto. Toda la sangre pareció írsele de la cara. No me preguntó cómo lo sabía. No le hizo falta. Y en sus ojos vi, sin que dijera una palabra, la confirmación de todo: la francesa, la herida, el miedo, la razón verdadera de la jaula.
—Entonces ya sabes por qué te lo pido —dijo, ronco.
—Sí.
Se levantó. Vino hasta donde yo estaba sentada, y se agachó delante de mí, para quedar a mi altura, un gesto que no le había visto nunca, él que siempre miraba desde arriba.
Me cogió las dos manos entre las suyas, y aquel contacto, después de tantos otros, fue el más desnudo de todos, porque no había en él ni dominio ni deseo, solo una súplica.
—No voy a permitir que te vean —dijo, en voz muy baja, y supe que no me hablaba solo a mí—. ¿Me oyes? Quédate donde no puedan encontrarte.
Y yo, que tenía que haber retirado las manos, que tenía el muro a mano, no las retiré.
Las dejé entre las suyas. Porque por una vez el monstruo no estaba siendo bueno para domarme.
Estaba aterrado de perderme como perdió a la otra.
Y esa diferencia, fina como un pelo, fue la que me condenó, porque contra la crueldad sabía defenderme, pero contra el miedo de un hombre a no salvarme, no supe.
—Me quedaré en el cuarto —dije.
Asintió. Me soltó las manos despacio, se levantó, y se fue hacia la puerta. Antes de salir se detuvo, y sin girarse, dijo algo que me tuvo despierta toda la noche.
—Cuando se vayan —dijo—, cuando todo esto pase, hay algo que tengo que decirte. Pero no ahora. Ahora solo necesito que sigas viva y escondida. Lo demás, después.
Salió. La cerradura no sonó, porque ya no me encerraban. Pero aquella noche, por una vez desde que me dieron la casa, eché yo el cerrojo por dentro.