PROPIEDAD DEL JEQUE Capítulo 17
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Capítulo 17

A la mañana siguiente, Halima entró sin la bandeja del desayuno y se quedó en el umbral, mirándome con una expresión que no supe leer.

—El señor dice que puedes bajar.

Me quedé mirándola.

—¿Bajar adónde?

—A donde quieras. La casa. El jardín. —Hizo un gesto vago—. Con límites. No al ala del fondo. No a las zonas de los hombres. El resto, sí. El señor dice.

Salí al pasillo por mi propio pie, sin que nadie me sujetara del brazo, sin venda, sin brida. Fue un momento extraño, casi irreal, porque mis pies recordaban el cautiverio aunque la puerta estuviera abierta, y durante unos pasos caminé como quien espera que la detengan. Nadie lo hizo.

***

El palacio era más grande de lo que había calculado contando puertas desde mi cuarto.

Había alas enteras que no conocía, patios con agua corriendo por canales de piedra, una biblioteca con estantes hasta el techo llenos de libros en varios idiomas.

Me detuve allí más tiempo que en ningún otro sitio, pasando los dedos por los lomos, leyendo títulos en francés, en inglés, en árabe, en italiano.

Para una mujer que había pasado meses sin nada que leer en su idioma, aquella sala era casi cruel de tan hermosa.

Pero no me dejé engañar. Mientras recorría la casa, una parte de mí seguía haciendo lo que llevaba meses haciendo: archivar.

Contaba guardias, medía distancias, localizaba puertas y ventanas, calculaba dónde terminaba el muro y por dónde podría, en teoría, intentar algo.

No porque tuviera un plan. Porque seguía siendo lo que me mantenía cuerda, lo que me recordaba que aquella libertad nueva era prestada, condicional, un favor que podía retirarse, y no un derecho.

La casa, además, me dijo cosas. Las casas hablan de sus dueños.

Y aquella, ahora que podía mirarla entera, hablaba de un hombre solo.

Salones enormes sin rastro de que nadie los usara.

Comedores para veinte personas con una sola silla descolocada en la cabecera.

Ni una foto, ni un objeto personal, ni una señal de familia o de vida compartida en ninguna parte.

Khalid vivía en aquel palacio como un fantasma rico en una tumba con jardines, y al verlo así entendí mejor lo que me había dicho la otra noche, lo de que el único sitio donde estaba en paz era mi cuarto.

Toda aquella inmensidad estaba vacía. Lo único vivo dentro de ella era yo, su prisionera.

Los jardines fueron lo que más me removió.

Después de meses encerrada, salir al aire libre, sentir el sol de verdad en la cara y no a través de un cristal, fue casi insoportable de puro hermoso.

Tuve que pararme, cerrar los ojos y respirar.

Y mientras lo hacía me invadió una emoción que no esperaba y que me dejó temblando: las ganas de llorar de pura gratitud.

Y ahí, en mitad del jardín, con el sol en la cara, me peleé conmigo misma la pelea más importante de todas.

Porque la gratitud era el veneno. Lo entendí con una claridad que dolía.

Khalid me había encerrado durante meses en un cuarto, y ahora me dejaba salir a un jardín, y mi cuerpo respondía con gratitud, con un agradecimiento físico, animal, hacia el hombre que me devolvía una migaja de lo que él mismo me había quitado.

Así funcionaba. Así se domaba a alguien.

No dándole cosas, sino quitándoselas primero y devolviéndoselas después, para que cada devolución pareciera un regalo en lugar de la reparación de un robo.

Me obligué a recordarlo, allí mismo, con el sol calentándome la cara.

Estas vistas eran tuyas desde el principio.

El sol era tuyo. El aire era tuyo. Él te lo quitó y ahora te lo presta, y tú no le tienes que dar las gracias por prestarte lo que te robó.

Me lo repetí hasta que la gratitud se enfrió lo suficiente para poder disfrutar del sol sin agradecérselo a nadie más que a mí misma, por haber sobrevivido para sentirlo.

Pero costaba. Cada día costaba un poco más. Y esa era exactamente la trampa.

Lo encontré en los jardines, esa primera tarde. No por casualidad, sospeché; estaría esperando a ver qué hacía yo con la libertad nueva.

Estaba sentado en un banco de piedra, a la sombra, con un libro que no leía. Me vio acercarme y no dijo nada, solo me observó, con esa atención suave que le había salido en las últimas tardes y que me desarmaba por completo.

—¿Y bien? —preguntó cuando llegué a su altura—. ¿Es como lo recordabas? El aire libre.

—Mejor —dije, y me senté en el otro extremo del banco, dejando espacio—. Y peor.

—¿Peor por qué?

—Porque ahora tengo más que perder. —Lo miré—. Encerrada en un cuarto, solo podía soñar con salir. Ahora que salgo, sueño con salir del todo. Me ha dado un poco, y lo único que ha conseguido es que quiera el resto con más fuerza. Si pretendía calmarme dándome el jardín, le ha salido al revés.

Sonrió, una sonrisa de verdad, sin amargura por una vez.

—No pretendía calmarte. —Cerró el libro que no leía—. A estas alturas ya sé que no se te calma. Pretendía... —dudó, buscó la palabra, y eligió una que no esperaba— dejar de avergonzarme.

—¿De qué?

—De tenerte en una caja. —Lo dijo mirando los jardines, no a mí—.

Hay cosas hermosas que uno encierra para que no se las quiten.

Y un día se da cuenta de que encerrar algo hermoso lo mata igual que si se lo quitaran.

Solo que más despacio. —Se volvió hacia mí—.

No quiero verte apagarte como se apagan las cosas encerradas.

Prefiero el riesgo de que sueñes con escapar.

Era lo más parecido a una ternura que me había dicho nunca, y encendió todas mis alarmas a la vez, porque era justo lo que Sophie me había advertido. No le creas cuando sea bueno. Y aquello, un hombre confesando que no soportaba verme apagada, era buenísimo, y por eso peligrosísimo.

—No me suelte poesía —dije, más cortante de lo que sentía, levantando yo el muro como había aprendido—.

Las cosas hermosas que uno no quiere que le quiten, si las quiere de verdad, no las encierra.

Las deja libres y confía en que vuelvan.

Lo demás, por bonito que lo cuente, sigue siendo una jaula con mejores vistas.

Algo le cambió en la cara. No se ofendió. Al contrario. Me miró con respeto, el de un hombre que lleva años sin que nadie le hable claro y de pronto encuentra a alguien que no para de hacerlo.

—¿Sabes cuál es tu problema, Raquel? —dijo en voz baja—.

Que tienes razón siempre. Y que no hay nada en el mundo más difícil de tener cerca que alguien que tiene razón siempre.

—Se levantó—. Disfruta del jardín. Es tuyo cuando quieras, de sol a sol.

—Dio unos pasos, y se detuvo, sin girarse—.

Solo una cosa. El ala del fondo. No te acerques.

No por las reglas. Por ti. Hay gente que viene a esta casa con la que no quiero que te cruces nunca.

Hazme caso en esto aunque no me hagas caso en nada más.

Se alejó hacia el palacio, y yo me quedé en el banco, con el sol bajando, masticando aquella última advertencia.

Gente que viene a esta casa. La voz untuosa que había oído en el pasillo la noche de su regreso.

La risa que había paralizado a Halima mientras recogía la bandeja.

Algo, o alguien, rondaba aquella casa, algo que Khalid temía lo suficiente para advertirme con esa seriedad, él, que no temía nada.

Y entendí, mientras el cielo se ponía naranja sobre los jardines de mi jaula recién ampliada, que la libertad que me acababan de dar tenía un precio que aún no había visto entero.

Que afuera del cuarto no solo había sol y libros y aire.

Había también el mundo de Khalid, el de verdad, el sospechaba que había acabado con Sophie.

Y que cuanto más me dejara salir él, más cerca estaría yo de cruzarme con eso.

No tenía nombre todavía. Pero ya tenía voz, y risa, y una sombra que asustaba a quienes llevaban toda la vida en aquella casa.

Y yo, que había aprendido a tirar de cada hilo que encontraba, supe que tarde o temprano iba a tirar también de ese.

Aunque me costara caro.