Capítulo 16
Khalid cambió de táctica.
Lo entendí poco a poco, a lo largo de los días siguientes. No volvió a aparecer borracho. No volvió a tocarme. Pero tampoco desapareció como hacía siempre que se mostraba de más. Hizo algo nuevo: empezó a venir a verme de día, sobrio, y a comportarse, sencillamente, como una persona.
Venía por las tardes. Traía un libro, a veces, y se sentaba en el diván a leer mientras yo fingía leer otro, y pasábamos ratos largos sin hablar, los dos en la misma habitación, sin que pasara nada, sin amenazas, sin órdenes, sin juegos de dominio.
Hablaba de cosas que no eran ni mi cautiverio ni su poder.
De libros. De ciudades que había visto. De idiomas, cuando descubrió que a mí me fascinaban tanto como a él.
Y era, contra todo pronóstico, buena compañía.
Inteligente, capaz de discutir y de escuchar y de reírse de sí mismo.
Y yo, que había aguantado los castigos, las amenazas, el asedio y hasta el beso a la fuerza, me descubrí desarmada justo ante aquello: ante la normalidad. Ante un hombre que se sentaba a leer a mi lado en silencio.
Y lo bueno no era el beso ni el contacto. Lo bueno era esto. Las tardes tranquilas. La conversación. La sensación, tan peligrosa, tan dulce después de meses de terror, de que en aquel cuarto, por un rato, no había una prisionera y un carcelero, sino dos personas que se entendían.
Tardé en darme cuenta de lo que estaba haciendo, y cuando me di cuenta me dio un escalofrío de admiración y de espanto a partes iguales.
Me estaba domando. De verdad. No con la fuerza, que había probado y no le había funcionado.
No con el miedo, que solo me había hecho más dura.
Me estaba domando con lo contrario: con amabilidad, con compañía, con la única cosa que un cautiverio de meses te quita y te deja muriéndote de hambre por dentro.
La cercanía humana. Me estaba dando migajas de algo parecido al cariño, sabiendo que yo, hambrienta de ello, me las comería todas y volvería a pedir más, y que cada migaja me ataría a él mucho más fuerte que cualquier cadena.
Era brillante. Y era cruel de una manera más profunda que todas sus crueldades anteriores, porque las otras me herían y esta me seducía, y de una herida una se defiende, pero de la seducción solo se defiende quien la reconoce a tiempo.
Yo la reconocí. Esa fue mi suerte, o mi mérito, no lo sé.
Reconocí lo que hacía, y me obligué a no olvidarlo ni una sola de aquellas tardes apacibles.
Mientras hablábamos de libros, una voz fría en el fondo de mi cabeza repetía: te está domando, esto es el método, no bajes la guardia.
Y mientras me reía con algo que él decía, esa misma voz me recordaba que la puerta seguía cerrada por fuera.
Pero hay una cosa que no había previsto, ni yo ni él, y que lo complicó todo.
Que se puede domar a dos a la vez. Y que él se estaba domando también.
***
Lo vi una tarde, con una claridad que me dejó sin aire.
Estábamos los dos leyendo. Yo levanté la vista en un momento y lo pillé mirándome, no con la evaluación del dueño, no con el cálculo del cazador, sino con una atención suave, perdida, la de quien mira a alguien porque le gusta mirarlo.
Y al verse pillado no apartó la vista de golpe ni recompuso la máscara.
Tardó un segundo. Un segundo de más. Y en ese segundo los dos supimos lo que había debajo, y los dos fingimos que no.
—¿Qué? —dije, porque el silencio se había vuelto demasiado denso.
—Nada. —Volvió al libro—. Pensaba en lo absurdo de esto.
—¿De qué?
Dejó el libro. Me miró, y por una vez no buscó las palabras frías.
—De que el único sitio donde estoy en paz en toda mi vida es esta habitación.
Contigo. La mujer que tengo presa. —Lanzó una media sonrisa amarga—.
Tengo un palacio entero. Negocios en medio mundo.
Más poder del que voy a poder gastar. Y vengo aquí, a un cuarto cerrado, a leer al lado de mi prisionera, porque es el único lugar donde no tengo que fingir nada.
Dime tú si eso no es estar más preso que tú.
Lo dijo sin pretenderlo, lo supe, se le escapó, y se arrepintió en cuanto lo dijo, porque era demasiado, porque era una confesión de verdad, de las que él no se permitía.
Y yo, que tenía que haberme protegido, que tenía el muro a mano y la voz fría avisándome, hice algo distinto. Algo que no me perdoné en mucho tiempo.
Le dije la verdad yo también.
—El problema —dije, en voz baja— es que esto también es lo único que me hace soportable estar aquí.
Estas tardes. Y eso me da pánico. Porque significa que su método funciona.
Que me estoy acostumbrando a la jaula porque usted la ha hecho cómoda.
Y una jaula cómoda sigue siendo una jaula.
Lo sé. Me lo repito cada día. Pero cada día me cuesta un poco más creérmelo.
Nos quedamos mirándonos, los dos al descubierto, los dos habiendo dicho de más, los dos sabiendo que acabábamos de cruzar juntos una línea de la que no había vuelta fácil.
Khalid se levantó. Se acercó. Y esta vez no hubo dominio en cómo lo hizo, ni alcohol, ni rabia. Se sentó a mi lado, en el borde de la cama donde yo leía, despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme.
No me aparté.
Me cogió la cara con las dos manos, con un cuidado que no le había visto, y me besó.
Y este beso no se parecía en nada al de la otra vez.
No era una reclamación, ni una afirmación de poder, ni una conquista.
Era lento, era un hombre besando a una mujer porque quería, no porque pudiera.
Y yo, esta vez, hice lo que no me había atrevido a hacer la primera.
Se lo devolví.
Fue mi decisión. No me forzó, no me acorraló, no usó su poder.
Por una vez desde que había puesto un pie en aquella casa, hice algo con mi cuerpo que era enteramente mío, que nadie me imponía, que elegí yo.
Y la ironía, la trampa perfecta, era que lo eligiera precisamente allí, precisamente con él, precisamente con el hombre que me había quitado todo lo demás.
El único acto libre que me quedaba lo usaba para acercarme a mi carcelero.
Sophie tenía toda la razón. Y yo lo sabía mientras lo besaba.
Sabía que estaba cayendo donde ella cayó, paso a paso, exactamente por el mismo camino.
Y aun así no paré, porque hay hambres que pueden más que el miedo, y porque después de meses de no elegir absolutamente nada, elegir aquello, por equivocado que fuera, sabía a libertad aunque fuera la libertad de cavarme mi propia tumba.
Fue Khalid quien paró. Otra vez. Apoyó su frente en la mía, con los ojos cerrados, respirando fuerte, y se quedó así un momento largo.
—Tenemos que parar —dijo, en voz baja.
—Esto cada vez es más ridículo —respondí, y era verdad, y los dos lo sabíamos.
Se apartó. Me miró, y había en su cara una mezcla de deseo, de miedo y de algo que se parecía demasiado a la ternura, y que en un hombre como él, asustaba.
—Sí —dijo—. Lo es. —Se levantó, caminó hacia la puerta, y antes de salir se detuvo, y dijo lo que yo llevaba semanas temiendo oír, lo que cambiaba el juego entero—.
Y por eso, a partir de mañana, voy a sacarte de este cuarto.
Vas a tener la casa. Los jardines. Más libertad.
—Me miró—. No porque me haya ablandado. Porque he entendido que tenerte encerrada es lo único que te recuerda cada día que me odies. Y ya no quiero que me odies.
Salió y echó la cerradura.
Y yo me quedé en la cama, con los labios calientes y el corazón en guerra, entendiendo que acababa de empezar la parte más difícil de todas.
Porque mientras me tuvo encerrada y cruel, supe quién era él y quién era yo.
Ahora iba a abrirme la jaula, a tratarme bien, a dejar que lo besara cuando yo quisiera.
Y en esa libertad nueva, dulce y envenenada, iba a ser muchísimo más difícil recordar la única verdad que no podía permitirme olvidar.
Que la puerta abierta de una jaula no la convierte en un hogar. Y que un hombre que te quita la libertad y luego te la devuelve a cuentagotas, como un favor, no te está queriendo.
Te está domando mejor.