Capítulo 15
Llegó una noche que olía a alcohol antes de entrar.
Lo noté en cuanto se abrió la puerta, ese olor dulzón y fuerte que me llegó desde el umbral, y me puse en guardia de inmediato, porque un Khalid bebido era un Khalid que yo no sabía descifrar, y todo mi sistema de supervivencia se apoyaba en eso.
Entró despacio, con un cuidado exagerado en los pasos, de esos que pone quien sabe que no anda derecho y se esfuerza en disimularlo.
No se le notaba en la voz. Se le notaba en otra cosa, en que la frialdad calculada de siempre se le había desprendido, como una capa de pintura saltada, dejando debajo algo más crudo y más impredecible.
—De pie ya —dijo, aunque yo ya estaba de pie—. Bien. Siempre alerta. Mi soldado.
—¿Ha bebido?
—He bebido. —Lo admitió sin más, con una franqueza que la sobriedad nunca le permitía—.
Mucho. En compañía de hombres a los que desprecio, cerrando tratos que me dan asco, sonriendo a gente que vendería a su madre por un punto de margen.
Mi trabajo, Raquel. Mi mundo. —Se acercó, y yo retrocedí un paso, y él lo notó y sonrió, una sonrisa torcida que me erizó la piel—.
¿Me tienes miedo así? Más que sobrio. Lo veo.
Haces bien. Sobrio me controlo. Así... —dejó la frase a medias, con un gesto vago.
Se sentó en el diván, o más bien se dejó caer, y echó la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados un momento. Yo me quedé lejos, midiendo distancias, calculando dónde estaba la puerta, sabiendo que la puerta no servía de nada.
—Ven —dijo, sin abrir los ojos.
—No.
Abrió los ojos. Me miró con una atención nueva, pesada, distinta de la evaluación fría de costumbre. Esta me recorría de otra manera, sin disimulo, y sentí esa mirada en la piel como una mano, y me odié por sentirla.
—Que vengas —dijo, en voz baja.
—No voy a moverme —respondí, con más firmeza de la que tenía—. Puede llamar a los guardias para que me arrastren, como la otra vez. Pero por mi propio pie, hacia usted, esta noche no.
Esperaba rabia, pero lo que hubo fue una risa baja.
—Mírala. —Negó con la cabeza, despacio—.
La única persona en kilómetros que se atreve a decirme que no.
Y es a la que tengo encerrada. —Se levantó, con ese cuidado de borracho otra vez, y empezó a cruzar el cuarto hacia mí—.
¿Sabes lo que pienso cuando bebo? Pienso en que debería soltarte.
Abrir la puerta y dejarte ir. Y luego pienso en lo que hay ahí fuera para una mujer como tú, sola, sin papeles, sin idioma, y sé que no llegarías ni a la frontera.
Y entonces ya no sé si te encierro para tenerte o para que no te tengan otros.
Sobrio lo tengo claro. Bebido se me mezcla todo.
Llegó hasta mí. Yo tenía la espalda contra la pared, sin más sitio adonde ir, y él se detuvo muy cerca, demasiado, con ese olor a alcohol, y levantó una mano y me apartó el pelo de la cara, despacio, con una torpeza que no tenía sobrio.
Y me tocó.
No fue como las otras veces, los gestos calculados de dominio, la mano en la barbilla para demostrar quién mandaba.
Esta vez fue otra cosa, más lenta, más perdida, los dedos bajando por mi mejilla, por el cuello, deteniéndose en el hueco de la garganta donde el pulso me latía desbocado y me delataba.
Me tocó como toca quien quiere, no quien posee, y esa diferencia lo cambiaba todo y no cambiaba nada, porque yo seguía siendo una mujer encerrada y él el hombre que me encerraba, por muy distinto que fuera el roce.
Lo peor fue lo que pasó dentro de mí.
Porque mi cuerpo respondió. Contra toda mi voluntad, contra todo lo que sabía, contra el aviso de Sophie gritándome en la cabeza, algo en mí se inclinó hacia aquella mano en lugar de apartarse.
Sentí un calor que no había sentido nunca, ni con él ni con nadie, un tirón hondo y desconocido que me asustó demasiado, porque venía de mí, de dentro, de un sitio que yo no controlaba y que llevaba veinticinco años dormido bajo la vigilancia de unos padres que me lo habían guardado todo.
Cerré los ojos. Y al cerrarlos, en lugar de protegerme, me entregué un segundo a la sensación, un solo segundo, con el cuerpo entero pendiente de aquellos dedos en mi garganta, y de mi boca salió algo, una respiración cortada, un sonido pequeño que no pude tragarme a tiempo y que lo dijo todo.
Él lo oyó. Por supuesto que lo oyó. Y se detuvo.
No retiró la mano enseguida. La dejó ahí, quieta, sobre mi pulso, y abrió los ojos y me miró con una intensidad nueva, leyéndome, entendiendo lo que aquel sonido significaba, lo que yo no había podido esconder.
Y vi cruzar por su cara, incluso bebido, incluso con los frenos sueltos, algo que lo paró en seco.
No fue piedad. Fue otra cosa. Cálculo, casi.
La constatación de un dato que cambiaba las reglas.
—No has estado nunca con un hombre —dijo. No era una pregunta, porque lo sabía. Lo dijo despacio—. Nunca. Ni así.
No contesté. No me hizo falta. El calor que me subió a la cara fue toda la respuesta, y aparté los ojos, algo que no hacía desde hacía mucho, no por miedo, sino por una vergüenza distinta, más íntima, más mía.
Retiró la mano. Despacio. Dio un paso atrás, y se pasó los dedos por la cara, y respiró hondo, como quien intenta despejarse a la fuerza.
—Joder —dijo, en voz baja, para sí mismo. Y luego, mirándome, con una rabia que no iba dirigida a mí—: Veinticinco años. Y lo primero que conoces de todo eso es esto. Esta casa. Yo. Borracho. —Negó con la cabeza, con un asco que era hacia él mismo—. No. Así no.
Era la tercera vez que se lo oía. Así no.
La primera, cuando le aparté la mano. La segunda, no la recordaba bien.
Y ahora. Y empecé a entender que aquellas dos palabras eran lo único que lo separaba del monstruo que decía ser, una línea que se trazaba a sí mismo y que, ni borracho, se permitía cruzar.
—Podría —dijo, y no sé si me hablaba a mí o se desafiaba a él—.
Ahora mismo. No te resistirías del todo, lo acabas de enseñar.
Y serías mía de verdad, no solo en los papeles.
—Se acercó otra vez, una sola pulgada, y bajó la voz—.
Y mañana te despertarías odiándome, y odiándote a ti, y habría hecho contigo exactamente lo que el mundo le hizo a la otra.
—Se detuvo—. Y no pienso ser eso. Ni borracho. Sobre todo borracho.
Se apartó del todo. Caminó hacia la puerta, con ese cuidado de paso inseguro, y al llegar se apoyó un momento en el marco, de espaldas a mí.
—Lo que ha pasado esta noche —dijo, sin girarse— no ha pasado. Ni el sonido que has hecho. Ni lo que has sentido. Olvídalo tú, que yo no voy a poder.
Salió. La cerradura sonó, más torpe que de costumbre, al segundo intento.
Me quedé contra la pared, resbalando hasta el suelo, con la mano en la garganta donde todavía sentía el fantasma de sus dedos, temblando de pies a cabeza.
Pero esta vez no temblaba de miedo. Temblaba de otra cosa, de algo que no quería nombrar y que tenía que nombrar para poder combatirlo, porque lo que no se nombra no se puede pelear.
Lo había deseado.
Un segundo. Un solo segundo, con los ojos cerrados y su mano en mi cuello, mi cuerpo había querido más, había pedido más, y yo lo había dejado pedir.
Y daba igual cuántas razones me diera, daba igual que fuera el primer roce de mi vida y que el cuerpo respondiera solo, sin permiso de la cabeza, como responde a lo que nunca ha conocido.
Lo había sentido. Y haberlo sentido me ponía, por dentro, en el mismo camino exacto del que Sophie había intentado salvarme.
Pero el aviso de Sophie se quedaba corto, entendí aquella noche, sentada en el suelo frío.
Porque el peligro no era solo creerle a él cuando fuera bueno.
El peligro era creerme a mí misma cuando mi propio cuerpo empezara a traicionarme.
Sophie no me había avisado de eso. Quizá porque no supo cómo decirlo.
Quizá porque era lo más difícil de admitir, incluso arañándolo en una piedra a oscuras: que la trampa no estaba solo en el monstruo, sino en una misma.
Aquella noche me hice una promesa distinta, más dura, más honesta.
No la de no sentir nada, porque acababa de descubrir que eso no estaba del todo en mi mano.
Sino la de no dejar nunca que lo que sintiera me hiciera olvidar lo que sabía.
Que se podía desear a un hombre y seguir sabiendo que ese hombre te tenía encerrada.
Que las dos cosas podían ser verdad a la vez, y que mi única salvación estaba en no dejar que la primera borrara la segunda.
Era una línea finísima. La misma, quizá, sobre la que Sophie había caminado antes de caerse.
Yo no pensaba caerme.