PROPIEDAD DEL JEQUE Capítulo 14
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Capítulo 14

Khalid cumplió su palabra una vez más. Dijo que no iba a volver a pasar, y desapareció otra vez, como hacía siempre que se mostraba de más.

Pero esta vez la ausencia fue distinta, y yo la noté distinta desde el primer día.

No era el silencio del dueño que castiga con el vacío.

Era el silencio de un hombre que huye de algo, y ese algo era yo, o más bien lo que yo le había hecho sentir contra su voluntad la noche del beso.

Y descubrí, en esos días de ausencia, una cosa que no me gustó nada de mí misma.

Lo echaba en falta.

No a él. Eso me lo repetí mil veces, fregándomelo por dentro como quien restriega una mancha.

No echaba de menos a Khalid, al carcelero, al hombre que me había comprado.

Echaba de menos la única cosa que rompía la monotonía sin fondo de aquella jaula.

Los días sin él eran horas vacías, idénticas, sin nada en que clavar la cabeza, y mi cabeza, que necesitaba pelea para no devorarse a sí misma, se había acostumbrado a la única pelea que tenía a mano, que era él.

Eso me dije. Que era el aburrimiento, no el hombre. Y casi me lo creí.

Pero por las noches, debajo del lavabo, leyendo el aviso de Sophie, sabía que me estaba mintiendo a medias, y que mentirse a medias es la peor manera de mentirse, porque te deja creer que eres honesta contigo.

***

Halima fue la que me sacó de aquello, sin proponérselo.

Una mañana entró más callada de lo normal, con la cara cerrada, y mientras hacía la cama dejó caer algo que yo no había sabido leer hasta entonces.

Hablaba sola, a media voz, en su idioma, como rezando, y entre lo que dijo pesqué una palabra que ya conocía y que me detuvo el corazón. Muerta. Y otra: otra vez.

—Halima. —Me acerqué, despacio, para no espantarla—. ¿Quién ha muerto?

Se quedó quieta, con las manos en la sábana. Negó con la cabeza.

—Nada. Cosas de fuera. No tuyo.

—Halima, por favor. —Bajé la voz—. ¿Quién?

Me miró, y peleó consigo misma un momento, igual que la otra vez, y al final, en su español roto, con la voz muy baja, soltó lo justo.

—Una chica. En la casa de un hombre. Lejos.

—Apretó los labios—. Como nosotras. Joven.

Comprada. Y ahora muerta. Llegó noticia anoche.

El señor por eso se fue. —Me miró fijo, y en sus ojos había miedo, gastado de tanto usarlo—.

Por eso te digo siempre, niña. Quieta. Callada. Estas cosas pasan. Aquí pasan. Siempre.

Me quedé fría. No por la muerta, a la que no conocía, sino por todo lo que aquella frase suelta abría debajo.

Había más mujeres. Muchas. En muchas casas.

Compradas como yo, encerradas como yo, y de vez en cuando una aparecía muerta y llegaba la noticia como llega el parte del tiempo, una desgracia más en un mundo hecho de desgracias administradas.

Yo no era un caso. Era un número en una lista larguísima, y el final de Sophie no había sido una excepción, sino la regla.

Y Khalid se había ido por eso. No me cuadraba que a un hombre como él le importara la muerte de una mujer comprada en la casa de otro. A menos que no fuera la mujer lo que le importaba, sino lo que esa muerte le recordaba.

***

Volvió al cuarto día, de noche, y otra vez supe que algo iba mal antes de que dijera nada.

No traía rabia esta vez. Traía algo peor. Una especie de derrota fría, de cansancio que le venía de muy hondo, y entró y se sentó en el diván, como si las piernas no le sostuvieran del todo. Se quedó ahí, con los codos en las rodillas, mirando el suelo, y por un momento largo no dijo nada.

Yo no me acerqué. Me quedé de pie, junto a la ventana, observando, archivando, intentando leer aquella postura nueva.

—Sé que ha muerto una mujer —dije al fin, en voz baja—. En la casa de otro hombre. Lo escuché.

Levantó la cabeza despacio. No pareció sorprenderle que lo supiera. Ya no se molestaba en taparme las cosas pequeñas; había entendido que yo me enteraba igual.

—Halima habla demasiado —dijo, pero sin fuerza, sin amenaza real.

—No me ha contado nada que importe. Solo que pasó. Y que usted se fue por eso. —Di un paso—. Lo que no entiendo es por qué. Por qué a un hombre como usted parece afectarle la muerte de una mujer que ni era suya.

Se quedó mirándome, y por un instante pensé que iba a contármelo, que el cansancio le iba a abrir la boca igual que la otra vez. Pero no. Aprendía rápido, igual que yo. Se tragó lo que fuera, y cuando habló, lo hizo en una dirección que no esperaba.

—¿Sabes qué es lo que más me jode de ti?

—dijo, y la palabra le salió descolocada—.

Que me lo preguntas de verdad. Para entenderlo.

No para usarlo. —Negó con la cabeza, con una media sonrisa amarga—.

Todos a mi alrededor calculan lo que me dicen.

Tú no. Eres mi prisionera y eres la única que no mide sus palabras.

No supe qué contestar. Era lo más honesto que me había dicho, y lo había dicho sin que yo se lo arrancara, y precisamente por eso me puso en guardia, porque la alarma de Sophie se me encendió entera de golpe.

Y aquello era Khalid siendo bueno. Desarmado, sincero, casi tierno en su amargura.

Era exactamente el terreno del que la francesa me había avisado.

Así que hice lo más difícil que había hecho en mucho tiempo. Más difícil que aguantar los castigos, más difícil que sostenerle la mirada. Me protegí.

—No haga eso —dije.

—¿El qué?

—Eso. Hablarme como si fuéramos dos personas que se entienden.

—Me obligué a que la voz no me temblara—.

No lo somos. Usted me compró. Me tiene encerrada.

Por muy solo que esté, eso no cambia. Si quiero entenderle no es porque seamos nada.

Es lo único que me mantiene viva aquí. No se confunda. Ni me confunda a mí.

Lo dije para defenderme. Para levantar el muro que él, por una vez, había bajado. Para no caer donde cayó Sophie. Y funcionó, en el sentido de que él se echó atrás, recompuso la cara y se levantó del diván.

Pero mientras lo decía, mientras me oía pronunciar aquellas palabras frías y sensatas que eran mi única armadura, sentí por dentro que algo se me rompía a mí también, porque una parte de mí no quería decirlas.

Una parte de mí, pequeña, traidora, enterrada, había querido cruzar el cuarto y sentarse a su lado en aquel diván y dejar que los dos fuéramos, por una noche, las dos personas cansadas que él había dicho que éramos.

No lo hice. Pero el haberlo deseado me asustó.

—Tienes razón —dijo él, ya con el muro puesto otra vez, y por una vez le creí del todo, porque la decepción que le cruzó la cara antes de taparla era demasiado real para ser fingida—. Bien dicho.

Caminó hacia la puerta. Y antes de salir, sin girarse, dejó una frase que me tuvo despierta el resto de la noche.

—Pero que sepas una cosa, Raquel. —Hizo una pausa—. Que tú quieras entenderme para sobrevivir, y que yo quiera que me entiendas porque estoy solo, no son cosas tan distintas como te gustaría creer. Las dos son hambre. La tuya y la mía. Y el hambre, al final, siempre acaba comiendo de donde puede.

Salió. La cerradura sonó.

Y yo me quedé despierta, en el suelo, con la espalda contra la pared, sabiendo que tenía toda la razón, y odiándolo por tenerla, y odiándome más a mí por la parte de mí que se alegraba de oírselo decir.

Aquella noche no arañé nada debajo del lavabo. No supe qué prometerle a Sophie que no fuera ya mentira.