Capítulo 13
Khalid me dejó sola muchos días después de aquella noche.
Más de los que me había dejado nunca. Y entendí que no era casualidad, sino lo mismo que ya le había visto hacer una vez: cuando se mostraba de más, desaparecía, como si poniendo distancia pudiera deshacer lo enseñado.
Me había prohibido el cuarto, el nombre, las preguntas, y se había marchado con el muro más alto que nunca, y luego se había esfumado, a saber a qué viaje o a qué negocio, dejándome a solas con Halima, con el silencio y con el secreto que yo guardaba debajo del lavabo.
Aproveché esos días. Releí el mensaje de Sophie tantas veces que podría haberlo arañado yo misma de memoria.
Seguí aprendiendo la lengua, seguí escuchando, seguí archivando.
Y me repetí cada noche, como una oración, la frase de la francesa, no le creas cuando sea bueno, para tenerla afilada y a mano el día que hiciera falta.
No sabía que iba a hacer falta tan pronto.
***
Volvió una noche, sin avisar, y volvió mal.
Lo supe en cuanto entró, por cómo cerró la puerta, más fuerte de lo necesario, por la tensión que traía en los hombros. No era la frialdad pulida de costumbre. Era algo más crudo debajo, mal contenido, y por instinto me puse de pie y dejé el ancho del cuarto entre los dos.
—¿Pasa algo? —pregunté, porque su silencio era peor que cualquier amenaza.
No contestó enseguida. Se quedó mirándome desde la puerta, con una intensidad nueva, como si yo fuera la respuesta a una pregunta que llevaba días haciéndose y que no le gustaba.
—Debería haberme deshecho de ti hace semanas —dijo al fin, y no era una amenaza, era casi un pensamiento en voz alta—.
Es lo sensato. Una mujer que no se doblega y que aprende mi lengua para espiarme.
Cualquier otro ya te habría vendido, o algo peor.
—Avanzó un paso—. Y yo me paso los días buscando razones para no hacerlo.
Inventándomelas. ¿Sabes lo que es eso? ¿Lo que me obligas a hacer?
Cada palabra era una confesión que no quería estar haciendo, y se le notaba, se le notaba que le costaba, que las soltaba contra su voluntad, empujado por lo que fuera que llevara dentro aquella noche.
—Yo le diré lo que es —respondí, con el corazón golpeándome—. Está empezando a verme como una persona y no como una cosa, y eso le revienta los planes.
Aquello fue lo que lo rompió. No mis palabras, sino que tuviera razón.
Cruzó el cuarto en tres zancadas, antes de que yo pudiera retroceder, y me acorraló contra la pared con todo el peso de su cuerpo, con las dos manos plantadas a los lados de mi cabeza, encerrándome.
Estaba tan cerca que le veía la rabia en los ojos, y debajo de la rabia esa otra cosa que llevaba días peleando por no enseñarme, y el aliento se me cortó, porque por una vez no supe leer lo que iba a hacer.
—Cállate —dijo, ronco, muy cerca de mi cara—. Llevas semanas metiéndote en mi cabeza con esa boca tuya, diciendo mierdas que nadie se atreve a decirme. Estoy harto. Harto de que una mujer a la que compré me ponga del revés con solo abrir la boca.
—Pues deje de escucharme —dije, sin apenas voz, sosteniéndole los ojos a un palmo—. Nadie le obliga.
—Ese es el problema. —Y lo dijo casi con desesperación—. Que no puedo.
Y entonces me besó.
No fue un beso. Fue una reclamación. Me cogió la cara con una mano, dura, sin pedir nada, y me cubrió la boca con la suya con toda la fuerza de la rabia y de lo que llevaba dentro, un beso que era más una afirmación de poder que un gesto de deseo, un eres mía y voy a demostrártelo hecho carne.
Me besó como se conquista algo, sin suavidad, sin permiso, imponiéndose.
Era el primer beso de mi vida.
Pensé en eso incluso mientras ocurría, con esa parte de la cabeza que no se apaga nunca.
Veinticinco años protegida, vigilada, guardada por unos padres que me querían a su manera asfixiante, y el primer beso me lo daba así, a la fuerza, un hombre que me había comprado, en una jaula al otro lado del mundo.
Debería haberlo odiado. Debería haberlo apartado, haberme revuelto como me había revuelto la primera vez que me rozó la mejilla.
Podía hacerlo. Tenía las manos libres. Él no me sujetaba más que por la cara, y yo sabía, después de tantas semanas, que si lo empujaba se detendría, porque siempre se detenía, porque era esa la única ley que aquel hombre se imponía a sí mismo.
Podía apartarlo.
No lo aparté.
No sé por qué no lo hice. He tenido años para preguntármelo y todavía no tengo una respuesta limpia.
Tal vez fue el cansancio de tanto pelear.
Tal vez la curiosidad terrible de saber qué era aquello que el cuerpo pedía y la cabeza prohibía.
Tal vez que, por una vez, en lugar del depredador frío que jugaba a domarme, tenía delante a un hombre desarmado, confesando contra su voluntad que yo lo había vencido.
O tal vez, y esta es la verdad que más me cuesta escribir, fue simplemente que no quise.
Me quedé. No le devolví el beso, no me atreví a tanto, pero no me separé, y el no separarme fue, lo supe en el momento, una rendición más grande que cualquier beso que yo le hubiera podido dar.
Me quedé quieta bajo su boca, con los ojos cerrados, dejando que pasara, sintiendo lo que nunca había sentido, lo que es que otro cuerpo te reclame entero, y sintiéndolo, para mi horror, no solo como una invasión.
Fue él quien se separó.
Como siempre. Se apartó de golpe, como si se quemara, y dio un paso atrás, y se quedó mirándome con una expresión que no le había visto nunca.
Confusión. Pura, total. Había esperado que me revolviera, que lo abofeteara, que le gritara, y le habría servido, porque la resistencia la sabía manejar, la resistencia entraba en su juego.
Lo que no sabía manejar era que me quedara.
Eso lo dejó sin guion, sin máscara, plantado en mitad de mi cuarto sin saber qué hacer con lo que acababa de pasar.
—Por qué no te has apartado —dijo, y no era una acusación, era casi una pregunta, casi un susto.
—No lo sé...
—¿Por qué?
—¡No lo sé! —Y era verdad, y se lo dije así, en bruto, porque mentirle habría sido darle ventaja y yo ya no tenía fuerzas para calcular.
Nos quedamos los dos en silencio, a dos pasos, mirándonos, igual de desarmados, igual de perdidos.
Por una vez no había dueño y propiedad, ni cazador y presa, ni siquiera carcelero y prisionera.
Había dos personas que acababan de descubrir, a la vez, que aquello se les había ido de las manos a los dos, y que ninguno sabía hacia dónde llevaba.
Khalid recuperó el control antes que yo. Lo vi recomponerse, recoger los pedazos y volver a ser él. Pero le costó más que nunca, y eso —que le costara— me dijo más que el beso.
—Esto no puede volver a pasar —dijo, en voz baja, y no supe a cuál de los dos intentaba convencer.
—Vale.
—¡Lo digo en serio, Raquel! —Me gritó por primera vez.
—Le he dicho que vale.
Me miró un segundo más. Luego se dio la vuelta y salió, más rápido de lo que entraba nunca, casi huyendo, y esta vez el sonido de la cerradura no me sonó a encierro, sino a otra cosa: a un hombre poniendo una puerta entre él y algo que le daba miedo.
Y entonces, en cuanto estuve sola, me estrellé contra el aviso de Sophie.
Me senté en el suelo, con la espalda contra la pared, temblando, y no de miedo esta vez, o no solo de miedo.
Acababa de hacer exactamente lo que la francesa me había advertido que no hiciera.
No me había hundido cuando Khalid era cruel; me había mantenido entera frente a la frialdad, los castigos, las amenazas.
Y a la primera vez que él había dejado de ser el monstruo, a la primera vez que se había mostrado desarmado y casi humano, yo había bajado la guardia. No me había apartado. Me había quedado.
Era exactamente la trampa. La que había hundido a Sophie.
La que ella, demasiado tarde, había intentado evitarle a la siguiente arañando la piedra a oscuras.
Y yo, que me las daba de lista, que me había prometido entender lo que ella no entendió a tiempo, había caído en el primer hueco, en el primer momento de debilidad, con una facilidad que me dio asco de mí misma.
Me obligué a pensarlo en frío, porque el frío era lo único que me había salvado hasta entonces.
No me había enamorado. Eso me lo dije con todas las letras, sentada en el suelo de aquella jaula.
No me había enamorado de mi carcelero, no era tan idiota, no había caído en el cuento barato de la prisionera que adora a su captor.
Lo que había pasado era otra cosa, más sutil y por eso más peligrosa.
Había dejado de verlo solo como una amenaza.
Había sido yo quien había empezado a verlo como una persona.
Y el problema de ver a alguien como una persona es que entonces ya no puedes odiarlo limpio, y sin el odio limpio una se queda sin la mejor de sus armas.
Sophie tenía razón. El monstruo no era el peligro. El peligro era el hombre. Porque al monstruo se le combate, y al hombre, cuando te besa así y se va con miedo, empiezas, sin querer, a entenderlo.
Volví a meterme debajo del lavabo aquella noche. Y debajo de mi gracias, Sophie de la otra noche, arañé tres palabras más, una promesa que era a la vez para ella y para mí.
No voy a olvidarlo.
Pero mientras lo escribía, con la boca todavía caliente del beso que no había rechazado, supe que prometerlo y cumplirlo iban a ser dos cosas muy distintas. Y que la verdadera pelea, la más difícil de todas las que llevaba peleando desde Madrid, ya no era contra Khalid.
Era contra lo que Khalid había empezado a despertar dentro de mí.