PROPIEDAD DEL JEQUE Capítulo 12
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Capítulo 12

Tenía prohibido el cuarto cerrado, el nombre, las preguntas. Me lo había prohibido todo. Pero había una cosa que Khalid no había pensado en prohibirme, porque ni se le pasó por la cabeza que yo cayera en ella, y fue lo primero que se me ocurrió a mí en cuanto se cerró la puerta aquella noche.

Halima me lo había dicho sin darle importancia, días atrás, hablando de la mujer de antes: «Estaba en tu cuarto.

Antes que tú. Igual que tú». En mi cuarto.

La habitación en la que yo dormía, comía y contaba las horas era la misma en la que ella había dormido, comido y contado las suyas.

La misma cama. El mismo diván. El mismo baño.

Si había dejado algo de sí en alguna parte de aquella casa, el sitio más probable no era el cuarto cerrado, vaciado y cubierto de sábanas.

Era este. El que seguían usando. El que nadie había pensado en registrar porque a nadie se le ocurría que hubiera nada que registrar.

Empecé esa misma noche, en cuanto estuve segura de que no volvería nadie hasta el desayuno.

Lo hice con método, porque el método era lo único que me quedaba.

Dividí el cuarto en partes, como había aprendido a dividir el tiempo, y me propuse no dejar un palmo sin mirar.

Empecé por lo evidente y seguí por lo que no lo era.

Miré debajo de la cama, tumbada en el suelo frío, palpando el somier y las patas.

Saqué los cajones de la cómoda uno a uno y les di la vuelta, por si había algo pegado por detrás.

Pasé los dedos por los bordes de las baldosas del baño buscando alguna suelta.

Revisé el dobladillo de las cortinas, el respaldo del diván, el hueco oscuro detrás del cabecero.

Nada, la primera noche. Ni la segunda.

Pero no me rendí, porque tenía todo el tiempo del mundo, exactamente igual que él, solo que yo lo usaba para esto.

De día dormía a ratos y representaba mi papel de prisionera dócil; de noche buscaba.

Y cada noche que pasaba sin encontrar nada me convencía más de que algo había, porque una mujer lista y encerrada, una mujer como yo, no se va de un sitio sin dejar rastro.

Lo sabía porque sabía lo que yo misma habría hecho. Lo que pensaba hacer, llegado el caso.

Una tarde oí voces en el ala que quedaba al fondo del pasillo, la que yo nunca había visto.

No las de los guardias, que ya me sabía de memoria.

Una voz nueva, de hombre, con un acento distinto al de la casa, y una risa que me puso el vello de punta sin saber por qué, de esas risas que suenan amables y no lo son.

Halima, que estaba recogiendo la bandeja del almuerzo, se quedó quieta al oírla, con las manos paradas, y no se movió hasta que las voces se alejaron.

No me miró. Recogió deprisa y salió sin decir nada, y esa prisa suya me dijo más que cualquier explicación.

Había alguien en aquella casa que asustaba a Halima. Y Halima no era fácil de asustar.

La tercera noche la encontré.

Fue en el baño, en el sitio más tonto y por eso más seguro: el bajo del lavabo, esa columna de piedra que lo sostenía, por dentro, en la cara que no se ve a menos que te metas debajo y mires hacia arriba.

Lo encontré con los dedos antes que con los ojos, unas marcas en la piedra, finas, arañadas con algo duro y pequeño, con la paciencia de quien tiene mucho miedo y mucho tiempo.

Cogí una lámpara, me metí debajo y miré.

Lo primero que vi fueron rayas. Decenas de rayas, agrupadas de cinco en cinco, tachadas en grupos.

Una cuenta. Igual que yo había alineado botellas de agua en el sótano, ella había contado sus días arañando la piedra donde nadie miraba.

Conté los grupos con el corazón encogido.

Pasaban de cuatrocientos. Más de un año.

Aquella mujer había vivido en mi cuarto más de un año, contando uno a uno los días, y a mí, que llevaba semanas creyéndome al borde del abismo, aquella cuenta me dio un vértigo nuevo, el de entender cuánto se podía aguantar y seguir aguantando.

Y debajo de las rayas, más pequeñas, más apretadas, había letras.

No estaban en árabe. Estaban en mi alfabeto, el latino, arañadas con la misma punta paciente, y aunque la piedra había comido algunos trazos, se leían.

No era español. Tardé un momento en reconocer el idioma, y cuando lo reconocí se me puso la piel de gallina, porque era francés, y yo había estudiado lo suficiente para entenderlo casi entero.

Decía, en francés:

No le creas cuando sea bueno. Es entonces cuando más cuidado debes tener.

Y debajo, un nombre, o el principio de uno, porque la piedra se rompía justo ahí y el resto se había perdido:

Sop—

Me quedé debajo del lavabo, con la lámpara temblándome en la mano, leyendo aquellas palabras una y otra vez.

Una mujer francesa. Más de un año encerrada en mi cuarto.

Lista, como yo. Y antes de irse, o antes de lo que fuera que le pasara, había dejado escondido, donde solo encontraría quien buscara de verdad, un aviso para la siguiente.

Para mí. Un mensaje a través del tiempo, de una prisionera a otra, escrito con una horquilla o un trozo de metal en la única superficie de aquella jaula que su dueño no controlaba.

No era lo que yo esperaba encontrar. Esperaba, supongo, una confirmación de que Khalid era el monstruo que yo necesitaba que fuera, una prueba de su crueldad que me sirviera para odiarlo.

Y lo que encontré era otra cosa, más inquietante, porque aquella mujer no me avisaba de la crueldad de Khalid.

Me avisaba de su bondad. De cuando fuera bueno.

Como si lo peligroso de verdad, lo que de verdad la había hundido, no hubiera sido el monstruo, sino las veces en que el monstruo dejaba de serlo.

Salí de debajo del lavabo despacio, con las piernas entumecidas y la cabeza dándome vueltas. Me senté en el borde de la bañera, en aquel baño de mármol que costaba más que la casa entera de mis padres, con el aviso de una muerta resonándome dentro.

Porque estaba casi segura de que estaba muerta.

No me lo había dicho nadie. Pero el cuarto cerrado, el dibujo medio descolgado que alguien quiso quitar y no terminó de quitar, las sábanas sobre los muebles, el modo en que Halima y los guardias bajaban la voz, el dolor que se le abría a Khalid en la cara cada vez que rozaba el tema: todo apuntaba a un final, no a una marcha.

A las mujeres de las que uno se deshace y olvida no se les guarda el retrato.

Se las borra del todo. A esta la habían intentado borrar y no habían podido.

Y el dueño de aquella casa, que lo controlaba todo, no había sido capaz de controlar eso.

Pensé en el nombre roto. Sop—. Sophie, casi seguro.

Un nombre francés que empezaba así no había muchos.

Sophie. Le puse nombre en mi cabeza, y al ponérselo dejó de ser «la de antes», «la del dibujo», «la mujer del cuarto cerrado», y se convirtió en una persona, en alguien que había contado cuatrocientos días bajo el mismo techo que yo y que, antes de desaparecer, había pensado en la que vendría después lo suficiente para dejarle un mensaje.

No iba a contárselo a Khalid. Eso lo tuve claro enseguida.

Si supiera que había encontrado aquello, taparía el agujero, me cambiaría de cuarto, redoblaría la vigilancia, y yo perdería el único hilo que tenía.

El aviso de Sophie iba a ser mi secreto, igual que el suyo lo había sido durante más de un año.

Dos mujeres, separadas por el tiempo, compartiendo a escondidas lo único que aquel hombre no les podía quitar: lo que sabían de él.

Volví a meterme debajo del lavabo antes de acostarme. No para leerlo otra vez, que ya me lo sabía de memoria, sino para hacer una cosa que necesitaba hacer, aunque no supiera explicar por qué.

Con la misma horquilla con la que ella debió de escribir, arañé, debajo de su mensaje, en el poco espacio que quedaba antes de que la piedra se rompiera, tres palabras en español.

Gracias, Sophie.

No iba a leerlo nadie. Estaba sola en aquel cuarto, y la mujer a la que se lo escribía llevaba quién sabe cuánto sin estar en ninguna parte.

Pero lo escribí igual, porque me hizo sentir, por un momento, menos sola en aquella casa, y porque entendí, arañando la piedra a oscuras, que acababa de unirme a algo, a una cadena de mujeres que habían pasado por allí y habían dejado constancia, y que mi obligación, si quería ser distinta de Sophie, no era solo sobrevivir.

Era entender lo que ella no entendió a tiempo.

No le creas cuando sea bueno.

Me dormí con esa frase, decidida a no olvidarla nunca, sobre todo el día —porque sabía que iba a llegar, lo notaba venir como se nota una tormenta— en que Khalid dejara de ser cruel y empezara a ser amable. Ese día, me prometí, sería cuando más despierta tendría que estar.