Capítulo 11
Como imaginaba, al día siguiente volvió a ser quien era, y lo fue con creces.
Lo supe antes de verlo, por cómo Halima entró a primera hora, otra vez con el cuerpo encogido, y por las instrucciones nuevas que traía.
El señor había ordenado cambios. No volvería a haber cenas en la terraza.
No volvería a llevarme nadie a la otra ala por ningún motivo.
La puerta de mi cuarto permanecería cerrada salvo en las tres visitas de Halima, y los guardias del pasillo se habían doblado.
En una noche, el poco terreno que yo había ganado durante su ausencia desapareció, borrado de un plumazo, como se borra un error.
Entendí lo que hacía. Había mostrado una herida, y un hombre como él no perdona haber sangrado delante de nadie.
Toda aquella reacción, el encierro más estricto, la distancia, era una manera de decirme: olvida lo que viste anoche, olvida al hombre cansado, vuelve a tener delante al dueño.
Estaba reconstruyendo el muro a toda prisa, y lo hacía con saña, porque cuanto más me había enseñado sin querer, más necesitaba demostrarme ahora que no significaba nada.
No vino a verme en cuatro días. Cuando vino, lo hizo en su peor versión.
***
Entró de noche, sin avisar, como siempre. Pero traía la frialdad puesta como una armadura recién pulida, y supe en cuanto cruzó el umbral que venía a saldar una cuenta.
—Levántate —dijo.
Me levanté. Él se quedó mirándome, paseando los ojos por mí con un desprecio deliberado, calculado para humillar.
—He estado pensando —empezó, con esa calma suya que era el preludio del daño— en lo que dijiste la otra noche.
Eso de que un monstruo no guarda dibujos.
—Sonrió, sin una gota de calor—. Te crees muy lista, Raquel.
Te crees que me viste algo. Que me diste u golpe bajo.
Lo llevas en la cara desde entonces, esa esperanza estúpida.
Dio un paso hacia mí y aguanté.
—Así que he venido a quitártela —continuó—.
Porque te equivocas. No guardé ese dibujo por cariño.
Lo guardé como se guarda un trofeo. Como se guarda la cabeza de un animal que cazaste.
Aquella mujer creía exactamente lo que crees tú: que había en mí algo que ella podía tocar, despertar, salvar.
Se pasó meses buscándome la grieta, igual que tú.
—Bajó la voz, y cada palabra fue una piedra fría—.
¿Sabes cómo terminó? Rota. Del todo. Tan rota que tuve que deshacerme de ella porque ya no servía ni para mirarla.
Eso es lo que le pasa a las que se creen listas en esta casa. Eso es lo que te espera a ti.
Lo dijo para destruirme. Para arrancarme de raíz la única cosa que me sostenía, la esperanza de haber encontrado por dónde alcanzarlo.
Y casi lo consigue, porque lo dijo con una convicción tan helada que durante unos segundos le creí, y sentí que el suelo se abría, y que todo lo que había construido en mi cabeza para no hundirme se venía abajo.
Casi.
Porque lo estaba mirando mientras lo decía.
Y llevaba semanas aprendiendo a entenderlo.
Y un hombre que de verdad ve a otro ser humano como un trofeo no aprieta la mandíbula al hablar de él.
No mira un punto fijo de la pared para no mirarte a los ojos.
No elige las palabras más crueles con ese cuidado, ese esfuerzo, esa necesidad de que duelan, porque a quien de verdad no le importa nada no necesita esforzarse en parecer cruel: lo es, sin más, con la naturalidad con la que se respira.
Estaba actuando. Y actuaba tan bien, ponía tanta fuerza en convencerme, precisamente porque lo que decía era mentira y los dos lo sabíamos.
—No le creo —dije.
Fue lo único que dije, en voz baja, y el efecto fue mayor que cualquier discurso. Khalid se quedó muy quieto.
—¿Cómo?
—Que no le creo. —Levanté la barbilla—. Ha venido hasta aquí, de noche, cuatro días después, a contarme una historia horrible para quitarme la esperanza.
Se ha tomado el trabajo de pensarla, de venderla bien y de buscar las palabras que más daño hicieran.
—Di yo un paso esta vez, hacia él, y vi su sorpresa—.
Eso no lo hace alguien a quien no le importa lo que yo piense.
No vino a quitarme la esperanza, Khalid. Vino a quitársela usted.
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre. Lo noté en cuanto salió de mi boca, y él lo notó también, ese pequeño cruce de una línea, el nombre en lugar del usted distante, y algo se le movió en la cara.
Lo que pasó después fue rápido y fue lo más cerca que estuve, en toda mi historia en aquella casa, de no saber qué iba a hacer él.
Me cogió. No de los brazos esta vez, sino de la nuca, una mano grande cerrándose en mi pelo, firme, obligándome a echar la cabeza hacia atrás, a mirarlo desde abajo, muy cerca de su cara.
Fue brusco, dominante, una demostración pura de fuerza, y todo mi cuerpo se preparó para lo peor mientras yo me obligaba a no apartar la vista.
—Tienes que aprender —dijo, con la voz ronca y los labios a un palmo de los míos— a tener la boca cerrada. Un día no voy a estar de humor para perdonártelo.
Estábamos tan cerca que sentía el calor de su cuerpo entero, la tensión de su mano en mi pelo y la amenaza de todo lo que podría venir suspendida en ese centímetro que nos separaba.
Y en sus ojos, a esa distancia, vi las dos cosas peleándose: el hombre que quería castigarme por haberle leído el alma, y el que no podía, el que se había quedado mirándome la boca un segundo de más, el que sostenía la amenaza precisamente porque era lo único que le quedaba para no cruzar la otra línea, la que de verdad le daba miedo.
No la cruzó. Igual que nunca la cruzaba. Me soltó el pelo, despacio, dejando que los dedos se demoraran un instante, y se apartó, y respiró hondo una vez, recomponiéndose.
Se sentó en el diván, de pronto, como si las piernas le pesaran.
Se quedó ahí, con los codos en las rodillas, mirando el suelo, y por un momento largo ninguno de los dos dijo nada.
Yo seguía de pie, sin saber qué hacer con aquel giro, con el dueño de la casa derrumbado en mi cuarto, sin máscara, sin amenaza, solo cansado.
Por un momento creí que iba a hablar, que el cansancio le iba a abrir la boca y me iba a contar de una vez quién era la mujer del dibujo y qué le había pasado. Lo vi dudar, vi la frase formándose detrás de sus ojos, y me quedé muy quieta, sin respirar, por miedo a espantarla.
Pero se tragó lo que fuera que estaba a punto de decir. Lo empujó hacia abajo a la fuerza, y cuando volvió a hablar lo hizo desde detrás del muro, recompuesto del todo, más cerrado que nunca.
—No vuelvas a hablar de ella, Raquel —dijo, en voz baja y dura—. Y no busques lo que no hay, porque buscarlo es lo que hunde a las que vienen aquí. Esa de la que tanto quieres saber lo aprendió tarde. No cometas su error.
—¿Qué error? —pregunté, conteniendo el aliento—. Dígame solo eso.
Se detuvo en la puerta. No se giró. Y lo que dijo no fue una respuesta, sino otra puerta cerrándose.
—No vuelvas a entrar en ese cuarto. No vuelvas a preguntar por ella. Ni a Halima, ni a los guardias, ni a mí. Lo que necesites saber para sobrevivir aquí te lo diré yo. Lo demás, olvídalo.
Salió y la cerradura sonó.
Me quedé en mitad del cuarto, con las marcas de sus dedos saliéndome en la piel y la cabeza llena de preguntas sin respuesta.
No me había contado nada. Al contrario, había levantado el muro más alto, me había prohibido el cuarto, el nombre, las preguntas.
Pero al prohibírmelo todo me confirmó lo único que de verdad importaba: que allí había algo enterrado.
Una mujer extranjera, lista como yo, que se creyó a salvo porque él la miraba distinto, y que terminó mal.
Estaba claro que Khalid no iba a contar nada.
Si quería saber qué le había pasado a la mujer del dibujo, y tenía que saberlo, porque su historia era el mapa de la mía, iba a tener que averiguarlo yo sola.
Pieza a pieza. Sin que él se enterara. Con lo único que tenía: los ojos, los oídos, la lengua que iba aprendiendo, y una casa llena de gente que sabía cosas y que, tarde o temprano, las soltaba.
Empezaría por las iniciales del dibujo. Aquellas letras latinas en una esquina. Un nombre a medias, esperando a que yo lo completara.