PROPIEDAD DEL JEQUE Capítulo 10
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Capítulo 10

Se fue al día siguiente. El viaje que había mencionado en la cena resultó ser cierto, y una mañana Halima entró con una novedad en la cara, algo parecido al alivio, y me dijo en su idioma, despacio para que la entendiera, que el señor estaría fuera unos días.

El cambio en la casa fue inmediato y revelador.

El aire mismo pareció soltarse. Los guardias hablaban más alto en el pasillo, se reían, se relajaban; Halima tarareaba mientras hacía la cama.

Comprendí, viéndolos, que no era solo a mí a quien Khalid tenía en tensión permanente.

Su presencia apretaba la casa entera como un puño, y bastaba que se marchara para que todo el mundo respirara.

Aquel hombre no gobernaba con cariño ni con lealtad.

Gobernaba con miedo, y el miedo, cuando el que lo causa se aleja, deja un silencio que se parece mucho a la felicidad.

Para mí, su ausencia significó otra cosa: espacio para moverme.

No es que me abrieran la puerta. Pero la vigilancia se aflojó lo suficiente, y mi creciente dominio de su lengua me sirvió, para que aquellos días valieran más que las semanas anteriores juntas.

Empecé hablando con Halima de verdad, no a base de señalar objetos, sino frases enteras, torpes, muy torpes, pero frases, y ella, con el señor lejos, se permitió contestarme como no se había permitido antes.

Le pregunté por el palacio. Por cuánta gente vivía allí. Por las otras zonas que yo no veía nunca. Y un día, armándome de valor, le pregunté de nuevo por la mujer anterior, la que los guardias no querían que se nombrara.

Halima dejó lo que tenía entre manos. Miró hacia la puerta, comprobó que no había nadie, y bajó la voz hasta un susurro.

—No preguntes eso —dijo—. Nunca. Menos a mí.

—Pero no se fue. Se quedó, con la duda en la cara, peleándose con algo, y al final, dijo en voz tan baja que tuve que acercarme para oírla—: Estaba en tu cuarto.

Antes que tú. Igual que tú. Joven. Fuerte, también, al principio.

—Negó con la cabeza despacio—. Después no.

—¿Qué le pasó?

—Eso no lo digo. —Recogió las toallas, nerviosa—. Solo una cosa, niña. Tú lista. Mucho. —Negó con la cabeza—. La de antes, también lista. Y aquí, con él, lista no salva. A veces lista hunde. —Me miró fijo—. Hazme caso. Menos lista. Más callada. Mejor.

No pude hacerle caso, claro. Ser menos lista de lo que era habría sido renunciar a lo único que me sostenía.

Pero las palabras de Halima se me quedaron clavadas, no por el miedo que pretendían darme, sino por lo que dejaban entrever: que la mujer anterior se me parecía, que también había peleado con la cabeza, y que esa pelea había terminado mal.

Yo iba por el mismo camino. Necesitaba saber en qué se había equivocado ella, para no repetirlo.

El cuarto día de ausencia, conseguí más.

Fue por casualidad, o por la clase de casualidad que una se busca.

Halima me llevó al baño grande del ala de las mujeres del servicio, porque algo se había estropeado en el mío, y de camino pasamos por un pasillo que yo no había visto nunca, con varias puertas cerradas.

Una estaba entreabierta. Un cuarto vacío, con muebles cubiertos por sábanas, de los que llevan mucho tiempo sin usarse.

Y en la pared, medio descolgado, torcido, como algo que se quiso quitar y no se terminó de quitar, había un cuadro pequeño.

Un dibujo, más bien. Hecho a mano, a lápiz.

Me quedé mirándolo el segundo que Halima tardó en darse cuenta y tirar de mí.

Fue suficiente. Era un rostro de mujer. Joven.

Dibujado con cuidado, con cariño incluso, por alguien que sabía dibujar.

Y en una esquina, una firma, unas iniciales que no eran de aquel alfabeto, sino del mío. Letras latinas.

—Ven —siseó Halima, tirándome del brazo, pálida de golpe—. No has visto nada. ¿Me oyes? Nada.

Me dejé llevar. Pero ya lo había visto. La mujer anterior no era de allí.

Era extranjera, como yo. Y alguien, en algún momento, la había dibujado con suficiente cariño como para colgar su retrato en una pared.

Y luego ese alguien, u otro, había intentado descolgarlo, y había dejado el cuarto entero cubierto de sábanas, cerrado, convertido en una tumba sin cuerpo.

Aquella noche no dormí pensando en quién dibuja con cariño el rostro de una mujer comprada. No fue un guardia. No fue Halima. Solo quedaba una posibilidad, y esa posibilidad ponía patas arriba todo lo que Khalid se había esforzado en hacerme creer sobre sí mismo.

***

Volvió al sexto día, de noche, sin avisar.

Me enteré porque la casa volvió a apretarse de golpe. El tarareo de Halima se cortó. Las voces del pasillo bajaron. El puño se cerró otra vez sobre todos, y yo, en mi cuarto, sentí el regreso de la tensión como un cambio de presión en el aire.

Oí voces en el pasillo antes de que llegara a mi puerta.

La de Khalid, cortante, baja, con ese tono que conocía y que no admitía réplica.

Y otra voz, masculina, más suave, pero con algo untuoso debajo, algo que se pegaba.

No entendí las palabras, solo el tono, y el tono me dijo que entre los dos había algo feo, un territorio en disputa que ninguno nombraba del todo.

Khalid dijo algo seco, y la otra voz calló.

Escuché pasos alejándose. Y luego los de él, acercándose a mi puerta.

Vino directo a verme. Tarde, cuando yo ya estaba en camisón, lista para acostarme.

No llamó, claro. Entró, todavía con la ropa del viaje, con el cansancio marcándole la cara y algo más oscuro debajo, una tirantez que no le había visto.

Algo en aquel viaje no había ido bien. Lo registré, como registraba todo.

—De pie —dijo, aunque yo ya me había levantado al oír la puerta.

Me observó un momento, con esa evaluación suya de costumbre, pero distraído, como si la cabeza la tuviera en otro sitio.

Y entonces, quizá porque venía cansado y con la guardia baja, quizá porque necesitaba descargar en alguien la tensión de lo que fuera que le hubiera pasado, hizo lo que mejor sabía hacer: buscar dónde hacer daño.

—Halima me ha contado que habéis hecho buenas migas estos días —dijo, paseándose por el cuarto—. Que hablas muchas palabras de la casa. Que preguntas mucho. —Se giró hacia mí—. ¿Qué preguntas, Raquel?

Lo supe enseguida. No me lo decía sin más. Sabía algo. Quizá Halima, asustada, había confesado el incidente del pasillo para protegerse. Quizá un guardia nos había visto. Daba igual. La trampa estaba puesta, y mentir era caer en ella.

Decidí no mentir. Pero tampoco entregarme entera.

—Pregunto por la mujer que estuvo en este cuarto antes que yo —dije, sosteniéndole la mirada—. Era extranjera. Como yo. Y alguien la dibujó.

El efecto fue inmediato y total. Toda la fatiga, toda la distracción, desaparecieron de su cara de golpe, sustituidas por algo que no le había visto hasta ahora. No era rabia. La rabia la conocía. Era dolor. Crudo, viejo, mal cerrado, asomando un instante antes de que él pudiera taparlo.

Cruzó el cuarto en dos pasos. Me cogió de los brazos, no con la frialdad calculada del depredador que juega, sino con una urgencia descontrolada, real, clavándome los dedos, y volví a tenerle miedo de verdad, del de antes, del físico, porque aquel hombre ya no estaba jugando.

—¿Quién te ha dejado entrar ahí? —La voz le salió ronca, distinta—. ¿Quién?

—Nadie —dije, conteniendo el temblor—. Había una puerta abierta. Fue un segundo. No buscaba nada.

Me miró desde muy cerca, escudriñándome, buscando la mentira y sin encontrarla porque no la había.

Y mientras me sujetaba, mientras yo aguantaba el dolor de sus dedos y el miedo, vi pasar por su cara la lucha entera: el impulso de castigarme, de hacerme pagar por haber tocado lo intocable, y por debajo, sosteniéndolo todo, aquel dolor que no había conseguido tapar a tiempo y que ahora yo había visto.

Y supe, con una certeza que me caló hasta los huesos, que acababa de encontrar la grieta. La que había buscado desde el principio. No era un punto débil cualquiera. Era una herida. Y tenía nombre de mujer y rostro dibujado a lápiz.

Me soltó tan de golpe como me había agarrado. Dio un paso atrás. Se pasó una mano por la cara, y cuando la apartó, la máscara estaba de vuelta, pero mal puesta, torcida, como el cuadro de la pared.

—Ese cuarto no existe —dijo, con una calma que le costaba un esfuerzo visible mantener—. No has entrado. No has visto nada. Y no vas a volver a nombrarlo mientras vivas en esta casa. ¿Me has entendido?

—Lo he entendido. —Y añadí, porque no pude callármelo, porque algo me decía que aquel era el momento, que un hombre con la herida abierta es un hombre que por una vez escucha—: Pero quienquiera que fuera, a usted le importó.

Lo suficiente para guardar su dibujo. Lo suficiente para que le duela todavía.

—Bajé la voz—. Un monstruo de los que usted dice ser no guarda dibujos.

Se quedó mirándome largamente, en silencio, y por un momento la terraza, el asedio, la mano en la rodilla, todos sus juegos de dominación, parecieron lejísimos, de otra persona.

Lo que tenía delante era un hombre cansado, herido, que me miraba como si yo fuera, a la vez, la última persona del mundo a la que quería ver y la única que había dicho algo verdadero en mucho tiempo.

—Vete a dormir —dijo al fin, en voz muy baja, sin amenaza, casi sin fuerza.

Salió. No me sujetó la muñeca al pasar. No me dejó una última frase de dominio. Se fue sin más, encorvado de un modo que no encajaba con el hombre que entraba siempre enderezando la casa entera a su alrededor.

Y yo me quedé de pie en el cuarto, con las marcas de sus dedos empezando a salirme en los brazos, entendiendo que aquella noche había cambiado algo.

Seguía encerrada y él seguiría siendo malísimo a partir del día siguiente.

Pero entre los dos se había abierto una puerta que ya no se podía volver a cerrar del todo.

Había encontrado la grieta. Ahora tenía que decidir qué hacer con ella, sabiendo —porque Halima me lo había avisado— que la mujer anterior también había sido lista, y que su inteligencia no la había salvado.

A lo mejor no se trataba de usar la grieta para hundirlo.

A lo mejor se trataba de algo mucho más peligroso, para él y para mí.