Capítulo 9
Algo cambió en él después de aquella cena.
Lo noté en cómo me miraba la noche siguiente, cuando bajé sola, a las nueve, arreglada, tal como había dicho que haría.
Le había metido el miedo en el cuerpo y un hombre como Khalid no perdona que le metan miedo.
Así que hizo lo que hacen los de su clase cuando alguien les enseña una debilidad: redobló la fuerza para taparla.
Decidió domarme. Lo dijo con esa palabra, más adelante, pero esa noche ya lo vi en cómo se movía, en cómo había convertido la distancia entre los dos en un arma.
—Hoy no comemos en la mesa —dijo cuando entré.
Estaba de pie, junto a un diván bajo, y con un gesto me indicó que me sentara allí, a su lado, no enfrente con una mesa de por medio como las otras veces. La mesa había sido, sin que yo lo supiera valorar hasta perderla, una frontera. Sentarme donde me señalaba era quedarme sin ella.
Dudé. Y la duda fue un error, porque él la vio.
—¿Pasa algo? —preguntó, con una suavidad peor que cualquier amenaza—. Es solo un sitio. ¿O le tienes miedo?
Me senté. Dejé todo el espacio que pude entre los dos.
Él lo notó, claro que lo notó, y se sentó más cerca de lo necesario, no pegado, pero lo bastante para que yo sintiera el calor de su cuerpo en el brazo, para que cada movimiento suyo entrara en el radio donde una percibe a otra persona con la piel antes que con los ojos.
Lo hizo despacio, deliberadamente, sabiendo exactamente lo que provocaba.
Aquella cena fue un asedio.
No me tocó, al principio. No le hizo falta.
Trabajó con la cercanía, con el modo en que se inclinaba hacia mí para alcanzar algo de la bandeja rozándome casi el hombro, con cómo dejaba el brazo apoyado en el respaldo, por detrás de mí, sin tocarme, pero cerrándome la salida.
Cada gesto decía lo mismo: puedo. Puedo en cualquier momento, y lo sabes, y no hay nada que puedas hacer.
Hablaba, mientras tanto, como si nada de aquello estuviera pasando, de cosas banales, de la comida, de un viaje que iba a hacer, y esa normalidad fingida sobre la amenaza física constante era lo que más me descomponía, porque me obligaba a sostener una conversación mientras todo mi cuerpo estaba en alerta roja, calculando distancias, conteniendo el impulso de levantarme y huir a un sitio donde no había adónde huir.
—Estás muy tiesa —dijo en un momento, girándose hacia mí, con el brazo todavía detrás de mi espalda—. Relájate. No voy a morderte. —Hizo una pausa medida, y luego, en voz más baja, con media sonrisa—: A menos que me lo pidas.
—No se lo voy a pedir.
—No esta noche. —Acercó la mano a mi cara y me apartó un mechón de pelo, despacio, con los dedos rozándome la mejilla y la sien, deteniéndose una fracción de segundo de más en la línea de la mandíbula—.
Pero el tiempo es muy largo, ya te lo dije.
Y yo soy muy paciente. He domado cosas mucho más bravas que tú, Raquel, y todas creían, al principio, que no me lo iban a pedir nunca.
Aparté la cara. Él me dejó apartarla, sin forzar, porque forzar no era el juego; el juego era que yo supiera que podía y eligiera no hacerlo, que cada centímetro que él no cruzaba fuera una concesión suya y no un derecho mío.
—¿Eso le dice a todas? —pregunté, intentando que la voz no me temblara—. ¿Lo de domar? Porque suena a frase ensayada.
—A todas no. —Me miró con un interés renovado, divertido—. A las que valen la pena. A las muñecas rotas no hay que domarlas, ya vienen rotas. A ti sí. Tú todavía coceas. —Bajó la voz—. Me gusta cuando coceas. Hace que valga la pena el trabajo de enseñarte a no hacerlo.
Lo peor no fue ningún gesto concreto. Lo peor fue la duración.
Aquella cena se alargó deliberadamente, plato tras plato, y él no tenía ninguna prisa, porque la prisa habría aliviado la tensión y la tensión era justo lo que él estaba construyendo.
Me tuvo allí, a su lado, cercada por su cuerpo y su voz, durante lo que se me hizo una eternidad, sin que pasara nada y con la amenaza de que todo podía pasar suspendida sobre cada segundo.
Y yo aguanté. Conté, por dentro, como había aprendido en el sótano, hasta diez, hasta veinte, hasta cien.
Me obligué a comer. Me obligué a responder.
Me obligué a no darle el espectáculo del pánico que él estaba pescando, porque entendía, por debajo del miedo, que el pánico era el alimento de aquel juego, que cuanto más visible fuera mi terror más ganaba él, y que mi única defensa era negarle esa comida aunque por dentro estuviera deshaciéndome.
En algún momento, harto quizá de que yo no me quebrara, subió la apuesta. Me puso una mano en la rodilla.
No subió de ahí. Se quedó ahí, pesada, posesiva, una declaración más que una caricia, mientras me miraba a los ojos buscando la reacción.
Todo en mí se congeló. Y en ese instante, con su mano en mi rodilla y sus ojos clavados en los míos esperando verme romper, tomé la decisión más difícil de todas las que había tomado desde Madrid.
No me aparté. No grité. No le di nada.
Le sostuve la mirada, fría, quieta, y dije, con una calma que no sé de dónde saqué:
—Puede dejar la mano ahí toda la noche si quiere. No va a encontrar lo que busca. No está en la rodilla.
Algo se le tensó en la mandíbula. Quitó la mano. Despacio, como si la decisión fuera suya, pero la quitó.
—¿Y dónde está? —preguntó, y por primera vez en toda la noche hubo en su voz una grieta de irritación real, la de quien ha desplegado todas sus armas y no ha derribado al adversario.
—Donde no lo va a alcanzar tocándome —dije—. Esa es la parte que no compró en la subasta. Y por lo que veo, la única que le importa.
Me mandó a mi cuarto poco después, más seco que otras veces, y supe, mientras me llevaban, que había vuelto a ganar, aunque "ganar" fuera una palabra demasiado grande para lo que yo podía aspirar en aquella casa.
No había ganado libertad, ni seguridad, ni nada que se le pareciera.
Seguía siendo una mujer encerrada a merced de un hombre que esa misma noche me había demostrado, con cada gesto, hasta qué punto podía hacer conmigo lo que quisiera.
Pero le había aguantado el asedio entero sin romperme. Y le había dicho, a la cara, que lo que él buscaba domar no estaba en mi cuerpo, y por su reacción supe que esa idea —que hubiera en mí algo que su poder no alcanzaba— lo sacaba de quicio precisamente porque empezaba a sospechar que era cierta.
Aquella noche, en la cama, temblé durante mucho rato, dejando salir por fin todo el miedo que me había tragado en la terraza.
El cuerpo me pedía llorar y lloré, sin ruido, porque me lo había ganado, porque aguantar tanto tiempo el terror sin mostrarlo tiene un precio y había llegado la hora de pagarlo a solas.
Pero por debajo del llanto, firme como una piedra en el fondo de un río, seguía la certeza.
Él quería domarme. Y para domar a alguien hay que acercarse. Y cada vez que se acercaba, me daba más de sí mismo: una grieta, una irritación, un miedo, una frase de más. Estaba tan concentrado en encontrar dónde romperme que no se daba cuenta de que, en el intento, se iba abriendo él.
Yo no tenía sus llaves, ni sus guardias, ni su poder. Pero tenía paciencia, tenía memoria, y tenía algo que él, con todo su dinero, no había sabido comprar: la capacidad de mirarlo sin pestañear y verlo de verdad.
Iba a domarlo yo a él. Tenía todo perdido ya y era lo único que me quedaba. Solo que él todavía no lo sabía.