Capítulo 8
Bajé sola a la noche siguiente. A las nueve. Arreglada.
Me lo prometí mientras Halima me vestía sin decir nada, con un cardenal nuevo en la muñeca que no me explicó y que yo no le pregunté, porque las dos sabíamos de dónde venía.
Bajé por Halima. Y bajé, también, porque había entendido algo durante la noche en vela: que negarme de frente era el juego que él dominaba, y que si quería arrancarle algo, tenía que dejar de pelear donde él era fuerte y empezar a pelear donde lo era yo.
Khalid ya estaba en la terraza. Esta vez se levantó cuando entré. No por cortesía: para mirarme mejor, para comprobar el resultado de su orden, como quien revisa que una reparación se ha hecho bien.
—Mejor —dijo, y aquella sola palabra me dio ganas de tirarle la jarra a la cara—. Ves como sabes obedecer cuando hay un motivo.
—No obedezco —respondí, sentándome sin que me lo dijera—. Calculo. Es distinto. Hoy me convenía bajar. Mañana, ya veremos.
Algo le brilló en los ojos, un destello de interés que disimuló enseguida.
—Halima está bien —añadí, y no era una pregunta.
—Halima está donde tiene que estar. Sirviéndote a ti, que es para lo que la pago. —Hizo un gesto y llegó la comida—. Pero sí. Pasó una noche incómoda y volvió a su cuarto al amanecer. ¿Ves qué fácil? Tú te portas, los demás respiran. Empiezas a entenderlo.
Aquella cena fue distinta de la anterior, y por eso más peligrosa.
La noche del castigo él había sido un muro, frío y cerrado, disfrutando del poder desnudo.
Esta vez, viéndome bajar dócil, se permitió otra cosa: hablar.
Y hablando se le veía mejor que callando, porque un hombre que se cree por encima de ti baja la guardia, y yo no pensaba desaprovechar ni una palabra.
Habló de su mundo con un desprecio que lo abarcaba todo, incluido él mismo.
De los hombres con los que trataba, a los que llamaba alimañas con buenos trajes.
De los acuerdos que sellaba, de las cosas que se compraban y se vendían en su círculo, mujeres incluidas, dichas con la misma naturalidad con la que se habla del precio del petróleo.
No lo decía para escandalizarme. Lo decía porque para él era, sencillamente, así, y comprobar hasta qué punto lo era me dio más miedo que cualquier amenaza directa.
—Habla de las personas como de mercancía —dije en algún momento, sin poder callármelo.
—Es que lo son. —Me miró como se mira a un niño que no termina de entender algo evidente—.
Tú crees que hay una línea entre las personas y las cosas, y que cruzarla es un horror.
Yo nací al otro lado de esa línea, Raquel.
Para mí no hay horror. Hay precio. Todo tiene uno.
Las personas también. Tú tienes uno, y lo pagué, y aquí estás.
¿Dónde está el horror? El horror es solo la cara que pone quien todavía cree en la línea.
—Yo creo en la línea —dije.
—Lo sé. —Y lo dijo casi con lástima, una lástima que era el mayor insulto de todos—. Por eso vas a sufrir tanto. Las que no creen en ella se adaptan. Tú vas a estrellarte contra ella cada día hasta que se te gaste, o hasta que te gastes tú. Te confieso que tengo curiosidad por saber qué cede antes.
Lo dijo sin crueldad aparente, casi con interés científico, y eso fue lo que me erizó la piel.
No me odiaba. No me deseaba con violencia.
Me observaba. Era un hombre que había convertido a otro ser humano en un experimento, y que esperaba, con paciencia y sin prisa, a ver cuánto tardaba en romperse.
Probé el hilo de la noche anterior. Con cuidado, sin nombrar a la otra directamente, porque recordaba la advertencia.
—Anoche dijo una cosa —empecé—. Que yo no iba a conseguir que fuera fácil. ¿Fácil el qué?
El cambio fue inmediato. Se le cerró la cara, igual que cuando nombré a la mujer anterior, y dejó los cubiertos con esa lentitud suya que anunciaba peligro.
—Tienes una memoria incómoda —dijo.
—Es lo único que me han dejado. Memoria y tiempo. Usted mismo se encargó de eso.
Me miró largamente. Y entonces hizo algo que no esperaba: en lugar de cerrarse del todo, sonrió, una sonrisa fina y desagradable, la de quien decide cambiar de táctica.
—¿Quieres saber qué es lo que no quiero que sea fácil?
—Dejó la servilleta, se levantó sin prisa, y rodeó la mesa.
Yo me quedé muy quieta, calculando hacia dónde iría.
Se detuvo detrás de mi silla. No lo veía, y eso era parte del juego, oírlo respirar a mi espalda sin saber qué iba a hacer su mano—. Romperte. Eso.
Hablaba muy cerca, con la voz justo encima de mi nuca, y noté el aire de cada palabra en la piel.
—Cualquier idiota con dinero puede comprar una mujer y partirla en dos en una semana.
Llanto, súplicas, una mirada apagada, una muñeca rota que hace lo que se le dice.
—Posó las dos manos en el respaldo de mi silla, encerrándome sin tocarme, convirtiendo su cuerpo en una pared a mi espalda—.
Eso es aburrido, Raquel. Eso lo tiene cualquiera.
Bajó una mano. Me apartó el pelo de un hombro, despacio, dejándome el cuello al descubierto, y la dejó ahí, sobre la curva entre el cuello y el hombro, pesada, sin apretar, como si fuese una posesión más que una caricia.
—Lo difícil, lo que de verdad merece la pena, es romper a alguien que se cree fuerte.
Despacio. Pieza a pieza. Que lo vea venir y no pueda evitarlo.
—Sentí su voz al lado de la oreja, y cada vello del cuerpo se me puso de punta, y me obligué a no moverme, a no darle el temblor que buscaba—.
Que un día, sin saber cómo, se descubra bajando la mirada sin que nadie se lo mande, y se odie por ello, y la baje igual.
Eso es lo que no quiero hacer fácil. Quiero hacerlo bien.
Se me secó la boca. Porque no era una amenaza al aire.
Era un plan. Me estaba contando, a la cara, con una calma absoluta, exactamente lo que pensaba hacer conmigo, y la honestidad era parte del método, porque saberlo y no poder impedirlo era ya el primer ladrillo del muro que pensaba levantar dentro de mí.
Pero hizo un cálculo equivocado. Creyó que contármelo me hundiría. Y durante un segundo casi lo logra. Hasta que entendí lo que aquella confesión significaba en realidad.
—Se equivoca en una cosa —dije, despacio, sosteniéndole la mirada con todo lo que me quedaba dentro.
—¿En qué?
—En que esto le importa. —Vi el golpe aterrizar antes de terminar de darlo—.
A un hombre al que de verdad le da igual no le hace falta un plan.
Coge lo que quiere y ya está. Usted no. Usted lleva días diseñando cómo romperme despacio, eligiendo las palabras, midiendo los castigos.
Eso es trabajo. Eso es atención. Eso es dedicarme horas.
—Me moví para apartar su mano—. No me está rompiendo.
Me está dedicando su tiempo. Y un hombre que tiene todo el poder del mundo no le dedica su tiempo a una “cosa” como yo.
El silencio que siguió fue el más largo de todos.
Khalid no se movió. No respondió enseguida.
Y por su cara cruzaron, una tras otra, varias cosas que no pudo esconder del todo: sorpresa, primero.
Una chispa de rabia, después. Y al final, debajo de todo, lo que yo había ido a buscar y no esperaba encontrar tan pronto: el miedo.
Brevísimo. El miedo de quien acaba de oír en voz alta algo que llevaba mucho tiempo negándose a sí mismo.
Se recompuso rápido. Más rápido que nunca, justamente porque le había dado de lleno.
—Vete a tu cuarto —dijo con la voz tranquila, pero el hierro había vuelto, más duro que antes—. Has comido. Has bajado. Por hoy basta.
No me moví.
—Ve a tu cuarto… —No alzó la voz. No le hizo falta. Pero había algo nuevo debajo, una grieta que se cerraba a la fuerza, y los dos lo oímos—. Antes de que recuerde que puedo hacer que te lleven.
Me levanté. Gané esa noche, y los dos lo sabíamos, y eso lo hacía aún más peligroso, porque acababa de demostrarle que mi cabeza era un adversario de verdad y no un juguete.
Pero también acababa de aprender que él tenía un punto ciego, un sitio donde toda su frialdad se agrietaba, y que ese sitio era, precisamente, la sospecha de que yo le importaba.Cuando pasé por su lado para salir, me cogió de la muñeca.
Sin fuerza. Solo lo justo para detenerme un segundo, para recordarme que podía.
Me miró desde abajo, sin levantarse, con una calma que daba más miedo que cualquier violencia.
—Mañana —dijo, y me soltó, dejando que el roce de sus dedos se demorara al separarse—. A las nueve.
Antes de salir, me giré.
—Bajaré mañana —dije—. Sola. A las nueve. Pero no por Halima. —Aguanté su mirada—. Por curiosidad. La misma que tiene usted por saber qué cede antes en mí. Resulta que yo también tengo curiosidad por saber qué cede antes en usted.
No esperé respuesta. Salí yo, por mi propio pie, sin que me llevaran ni me echaran, y mientras los guardias me escoltaban de vuelta entendí que algo había cambiado en el equilibrio de aquella casa. Seguía encerrada. Seguía sin poder nada. Seguía siendo suya a ojos de todos.
Pero ya no era solo él quien observaba esperando una grieta.
Ahora éramos dos.