Capítulo 7
Me negué a bajar.
Fue una estupidez, lo supe mientras lo hacía, pero llevaba dentro la humillación del día anterior, su voz dándome la hora de comer como a un perro, y algo en mí necesitaba decir que no aunque ese no no sirviera de nada.
Cuando Halima vino con el vestido azul, le aparté la mano.
Le dije, en su idioma, despacio, que no pensaba bajar.
Ella me miró con un espanto que no le había visto nunca, negó con la cabeza, repitió «no, no, no» como si yo no supiera lo que estaba haciendo.
Lo supe media hora después.
Vinieron dos guardias. No me pidieron nada.
Uno me sujetó por el brazo, con esa fuerza tranquila y entrenada que ya conocía, y el otro recogió el vestido del suelo.
No me dejaron cambiarme. Me llevaron tal como estaba, en la ropa de estar por casa que me habían dado, medio a rastras por los pasillos que tanto me había esforzado en memorizar, hasta la misma terraza de la otra noche.
Me soltaron delante de la mesa y se retiraron a las sombras, sin irse del todo.
Khalid estaba sentado. Cenando ya. No se levantó. Ni siquiera dejó los cubiertos. Me miró llegar despeinada, sin arreglar, con la respiración alterada del forcejeo, y siguió comiendo con una calma que era en sí misma un insulto.
—Siéntate —dijo.
No me senté. Me quedé de pie, temblando de rabia y de algo más frío por debajo.
Levantó la vista del plato, sin prisa, y me observó con una indiferencia que helaba más que cualquier grito.
—Puedes sentarte tú, o puedo llamarlos para que te sienten ellos —dijo—. A mí me da exactamente igual. Pero solo una de las dos opciones te deja algo de dignidad, y tengo curiosidad por ver si todavía te queda suficiente para distinguirlas.
Me senté. Me odié por sentarme. Pero me senté.
—Bien —dijo, como quien felicita a un animal por una orden bien ejecutada. Hizo un gesto, y un criado me puso un plato delante—. Come.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado. —No alzó la voz. Eso era lo peor, que no necesitaba alzarla—.
En esta casa se come cuando yo digo, se duerme cuando yo digo, y se baja a cenar cuando yo digo.
Lo de hoy, lo de negarte, ha sido caro. Halima va a pasar la noche fuera, a la intemperie, por no haberte traído a la hora.
¿Lo sabías? No. Las consecuencias de lo que haces aquí no las pagas tú.
Esa es la primera lección, y te la voy a cobrar de una en una hasta que la aprendas.
Sentí que se me revolvía el estómago. Halima. La única persona en aquella casa que se había acercado a tratarme como a un ser humano, castigada por mi rabieta.
—Suéltela —dije—. Ha sido cosa mía, no suya.
—Ya lo sé. —Bebió de su copa y me miró por encima del borde con un brillo de diversión cruel—.
Por eso funciona. Si te castigara a ti, te daría algo contra lo que pelear.
Eres de las que crecen peleando, lo vi enseguida.
Pero castigar a otros por lo que haces tú.
.. eso no se pelea. Eso solo se aguanta.
—Dejó la copa—. Vas a aprender a portarte muy bien, Raquel, no por miedo a lo que pueda pasarte a ti, sino por lo que les pasa a los demás cuando tú decides hacerte la valiente.
Es mucho más eficaz. Pruébalo otra vez y lo verás.
Lo miré, y por primera vez desde que había llegado a aquella casa entendí que el hombre que tenía delante era peor de lo que había imaginado.
No por brutal. Por inteligente. Había encontrado, sin esfuerzo, el punto exacto donde mi carácter dejaba de ser una defensa para convertirse en un arma contra mí misma.
Comí. Cada bocado me supo a derrota, pero comí, porque la alternativa era que pagara Halima, o algún otro, y él lo sabía, y sabía que yo lo sabía, y disfrutaba de verlo.
Disfrutaba. Esa era la palabra. No había rabia en él, ni deseo, ni nada caliente.
Había el placer frío de quien mueve a las personas como fichas y comprueba que se mueven.
—¿Por qué hace esto? —pregunté, cuando no pude más—. No me refiero a la cena. A todo. Comprar a una mujer, encerrarla, jugar con ella. Lo tiene todo. ¿Para qué?
Se reclinó en la silla. Me estudió largamente, como decidiendo cuánto valía yo la pena de una respuesta.
—Porque puedo —dijo al fin, con una sencillez espantosa—.
Esa es toda la razón, y es más honrada que las que te daría cualquier otro.
No hay un trauma bonito detrás, ni una herida que explique nada, ni un corazón roto esperando que una chica lista lo arregle.
—Se inclinó hacia delante, y bajó la voz, y fue como si el aire de la terraza se volviera más denso—.
Eso es lo que las de tu clase no entendéis nunca.
Buscáis el motivo, la grieta, la parte humana, porque necesitáis creer que existe.
Y a veces no existe, Raquel. A veces un hombre tiene todo el poder del mundo y lo usa porque lo tiene, y no hay nada debajo que rascar.
Me lo dijo mirándome a los ojos, sin parpadear, y durante un instante terrible le creí del todo, y sentí que el suelo se me hundía, porque si era verdad, si de verdad no había nada debajo, entonces no había nada que yo pudiera hacer, ninguna grieta, ninguna salida, solo años por delante a merced de un hombre vacío.
Pero entonces, mientras lo decía, mientras me clavaba aquella mirada para hundirme, vi algo que él no quería que viera.
Un músculo de la mandíbula, tenso. Una insistencia de más.
Estaba esforzándose demasiado en convencerme de que no había nada debajo.
Y uno no se esfuerza tanto en defender un vacío.
Uno se esfuerza así cuando hay algo, y le aterra que se lo encuentren.
No dije nada. Guardé ese dato con los demás. Pero algo en mi cara debió de cambiar, alguna sombra de que no le había creído del todo, porque a él se le endureció el gesto.
Se levantó. Rodeó la mesa despacio y vino hasta mí, y yo me puse en pie por instinto, para no quedar sentada bajo él.
Quedó muy cerca. Demasiado. Me miró desde arriba, con todo el peso de su estatura y de su poder, y yo aguanté la mirada con la barbilla alta, temblando por dentro, decidida a no enseñarle el miedo.
—Mírate —dijo en voz baja, casi con desprecio—.
Despeinada, sin arreglar, plantándome cara en mi propia casa como si tuvieras algo que negociar.
No tienes nada. ¿Lo entiendes? Nada. Tu cuerpo es mío, comprado y pagado.
Tu comida es mía. El aire que respiras en este cuarto es mío.
Podría hacer ahora mismo cualquier cosa contigo y no habría en el mundo una sola persona que viniera a impedirlo.
Cada palabra era una piedra. Yo las recibí todas sin bajar los ojos.
—Hágalo, entonces —dije, con la voz más firme que pude—. Si soy tan suya y no hay nada debajo y puede hacer lo que quiera. Hágalo. Deje de amenazar y hágalo de una vez.
El aire se cortó. Fue un órdago y lo supe en cuanto lo solté, una apuesta a todo o nada, porque o tenía razón en que se contenía, o acababa de invitarle a mi propia destrucción.
Él se quedó muy quieto. Algo cruzó su cara, rápido, una tormenta entera contenida en un segundo.
Levantó una mano y me cogió la barbilla, con firmeza, sin suavidad, obligándome a sostenerle la mirada de cerca, y noté el calor de su mano y la fuerza con la que podría haber apretado y no apretó.
Nos quedamos así, midiéndonos, durante lo que se me hizo eterno.
Y entonces, igual que las otras veces, fue él quien rompió. Me soltó la barbilla, casi con brusquedad, como si el contacto le quemara a él más que a mí, y dio un paso atrás.
—No —dijo, y no me lo decía a mí—. No así. No vas a conseguir que sea fácil.
—¿Que sea fácil el qué? —pregunté, porque no entendí, y porque acababa de oír algo que no encajaba con todo lo que él se había esforzado en hacerme creer durante la cena entera.
No respondió. Se giró y le hizo una seña a los guardias.
—Lleváosla. —Y, ya de espaldas, antes de que me sacaran—: Mañana cenas otra vez aquí. Y bajas tú sola, a las nueve, arreglada. Por Halima.
Me sacaron. Y mientras me llevaban de vuelta por los pasillos, con la cara ardiendo donde su mano me había sujetado, con la humillación y el miedo peleándose dentro de mí, una sola cosa se imponía a todo lo demás, firme, fría, salvadora.
Había dicho que no había nada debajo. Y luego había dicho «no vas a conseguir que sea fácil».
Las dos frases no podían ser verdad a la vez.
Mentía en una. Y yo iba a averiguar en cuál.