Capítulo 6
Cumplió su palabra. No volvió esa noche, ni la siguiente, ni la otra.
Y descubrí que tenía razón en lo más cruel de todo lo que me había dicho: no tenía otra cosa que hacer más que pensar en él.
El cuarto, tan hermoso, se convirtió en una caja de resonancia donde su última frase rebotaba sin parar.
«Volveré cuando yo decida.» Cada vez que sonaba la cerradura, mi cuerpo se preparaba para que fuera él, y cada vez era Halima, y el alivio duraba lo que tardaba en pensar que la próxima podía ser la buena.
Aquel hombre había encontrado la manera de estar presente en mi cuarto sin pisarlo, de tenerme pendiente de él sin gastar un solo minuto de su tiempo. Era una eficiencia obscena.
Así que hice lo único que se me ocurrió para sacarlo de mi cabeza. Le di a la cabeza otro trabajo.
Empecé con Halima. Cada vez que entraba, yo señalaba un objeto y la miraba con cara de pregunta, y la primera vez ella me ignoró, y la segunda también, pero a la tercera, casi sin querer, masculló la palabra en su idioma.
Agua. Pan. Ventana. Puerta. Las repetí en voz baja todo el día, hasta clavarlas.
Al día siguiente pedí más. Halima refunfuñaba, decía que yo estaba loca, pero me las daba, y creo que en el fondo aquel juego rompía la monotonía de sus tareas tanto como rompía la mía.
No lo hacía por capricho. Lo hacía porque era filóloga, porque las lenguas eran lo único que sabía hacer de verdad en este mundo, y porque entendí, con una lucidez fría, que la lengua era la única llave que podían dejarme a mano sin darse cuenta.
Si entendía lo que se decía a mi alrededor, dejaría de estar ciega.
Sabría cosas. Y en aquel lugar, saber cosas era la única forma de poder que estaba a mi alcance.
Aprendí rápido. Siempre se me habían dado bien los idiomas, pero el encierro y la necesidad le añadían una urgencia que multiplicaba todo.
En una semana tenía decenas de palabras.
En dos, empezaba a pescar el esqueleto de las frases que los guardias intercambiaban en el pasillo cuando creían que la prisionera del cuarto bonito no entendía nada.
Lo que pesqué, una tarde, fue una conversación entre dos de ellos junto a mi puerta, mientras esperaban un relevo.
Hablaban bajo, confiados, seguros de que la mujer del cuarto bonito no entendía una palabra.
Capté fragmentos sueltos que mi cabeza fue cosiendo después en la oscuridad, con paciencia de relojero.
No lo entendí todo. Entendí lo suficiente.
Hablaban de él. De Khalid. Y lo que más me heló no fue lo que decían, sino cómo lo decían, bajando la voz, mirando de reojo, con esa cautela que la gente reserva para aquello que de verdad teme.
Aquellos hombres, armados, entrenados, que me doblaban en tamaño, le tenían miedo a su señor.
Uno de ellos dijo una frase que entendí entera, palabra por palabra, porque cada una de ellas la había aprendido en mis primeros días señalando cosas a Halima.
Dijo: «con esta, que no pase como con la otra».
La otra.
Me pasé la noche con esas dos palabras dándome vueltas en la cabeza.
La otra. Había habido otra. Antes que yo, en aquel mismo cuarto quizá, en aquella misma jaula de oro, otra mujer.
Y algo había ocurrido con ella, algo lo bastante grave para que los guardias lo nombraran en susurros, algo que no querían que se repitiera conmigo.
No sabía qué. Mi imaginación, que llevaba semanas afilándose en el peor de los sentidos, me ofreció todas las posibilidades, a cuál más negra, y ninguna me dejó dormir.
Encajaba con todo lo que ya sabía de él.
Un hombre que compra mujeres. Un hombre al que sus propios hombres temen.
Un hombre del que se dice, en voz baja, que con la anterior pasó algo que no debe volver a pasar.
No me hacía falta más para entender en qué clase de lugar estaba ni en manos de qué clase de hombre.
Lo había sabido desde la subasta. Ahora lo sabía con más detalle, y el detalle, en aquel caso, era lo que daba miedo.
***
Volvió al noveno día. Lo recibí con un plan, por torpe que fuera. Si no pensaba romperme por la fuerza, si lo suyo era el tiempo y la espera, yo iba a usar lo único que tenía. La cabeza. Iba a aprender a jugar.
Entró igual que siempre, con su calma, vestido de oscuro esta vez. Se sentó en el diván. Me observó. Esperó, como hacía siempre, a que yo dijera o hiciera algo, porque había entendido que mi reacción era lo que venía a buscar.
Decidí dársela, pero no la que esperaba.
Le hablé en su idioma. Una frase corta, sencilla, de las pocas que tenía bien armadas, pero correcta. Le dije, en su lengua, que el agua de la jarra se calentaba por las tardes y que prefería que me la trajeran más tarde.
Fue una tontería. Una frase sobre el agua.
Pero el efecto fue el que buscaba, y más.
Se quedó muy quieto. Algo le cambió en la cara, esa grieta mínima en el control que yo empezaba a saber provocar, y me miró como si la pieza que había comprado acabara de hacer algo que no figuraba en ninguna descripción.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó, en español, despacio.
—Nueve días —dije—. Los mismos que llevo aquí.
Se reclinó en el diván. Me estudió un buen rato, con una atención nueva, recalculando.
—La mayoría —dijo al fin— dedica estos días a llorar, o a rezar, o a planear cómo matarse. Tú te has dedicado a aprender mi lengua. —Hizo una pausa—. ¿Para qué?
—Para entender lo que dicen de mí los que creen que no entiendo nada.
—¿Y qué dicen?
Lo miré. Tuve la frase de los guardias en la punta de la lengua, «que no pase como con la otra», y la sostuve ahí, sin soltarla, porque algo me decía que enseñarle todas mis cartas era el error que él estaba esperando que cometiera.
Había aprendido eso también en aquel cuarto: que la información que tienes vale más mientras el otro no sabe que la tienes.
—Dicen que le tienen miedo —respondí, que era verdad y no comprometía nada—. Todos. Hasta los que van armados.
Algo le rozó la boca, una sombra de sonrisa sin ninguna alegría dentro.
—Hacen bien.
—Ya lo sé —dije—. Yo también se lo tengo. No hace falta que lo confirme.
Se levantó. Empezó a moverse por la habitación, sin prisa, con las manos a la espalda, mirando las cosas que no eran mías. Yo lo seguía con los ojos, girando el cuerpo para no darle nunca la espalda, y él lo notaba, y aquello pareció divertirle de esa manera fría suya.
—Eres inteligente —dijo, sin mirarme, como quien constata un hecho incómodo—.
Más de lo que me conviene. Lo inteligente sufre más, aquí.
Lo que se apaga, no siente. Tú lo vas a sentir todo.
—Se giró hacia mí—. Y aun así sigues levantando la barbilla.
No lo entiendo. Y hace mucho que no hay nada que yo no entienda.
—Pues acostúmbrese —dije—. Porque no pienso bajarla.
Esperaba cualquier cosa menos lo que pasó. Se quedó mirándome, mirando a una mujer encerrada como si ella tuviera algo que a él le faltaba desde hacía demasiado tiempo. Duró un segundo. Lo cerró enseguida, recompuso la calma, y para cuando habló de nuevo la voz le había vuelto al hierro.
Se levantó del diván sin prisa, se ajustó el puño de la camisa, y me habló sin mirarme apenas, con el tono exacto de quien se dirige al servicio.
—Mañana cenas conmigo —dijo—. A las nueve. Halima te vestirá. —Caminó hacia la puerta, y solo al llegar a ella se giró, y me repasó de arriba abajo con una indiferencia calculada, como quien valora si una compra ha merecido la pena—. Y arréglate.
No esperó respuesta. Salió. La cerradura sonó.
Me quedé temblando de rabia, más que de miedo, con la humillación quemándome en la cara. No era una invitación. No era ni siquiera una orden de las que se discuten. Era el modo en que se le dice a un animal a qué hora come.