PROPIEDAD DEL JEQUE Capítulo 5
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Capítulo 5

Los primeros días aprendí las reglas sin que nadie me las explicara, igual que un animal aprende los límites de un cercado a base de toparse con ellos.

La primera regla era el horario. La mujer del pañuelo, que se llamaba Halima —lo supe porque otra criada la llamó así una vez, no porque ella me lo dijera—, venía tres veces al día.

Por la mañana abría las cortinas, traía el desayuno, se llevaba la ropa del día anterior.

A mediodía, la comida. Por la noche, la cena y las toallas limpias.

Entre medias, la puerta permanecía cerrada.

Yo medía las horas por sus visitas, como antes las había medido por las botellas de agua.

Algunas costumbres del cautiverio viajan con una.

La segunda regla era que no podía salir.

Eso lo probé el segundo día, cuando Halima dejó la puerta entornada al entrar con el desayuno.

Esperé a que se fuera, conté hasta cien, salí al pasillo.

No llegué a dar diez pasos. Un guardia apareció por una esquina, sin prisa, sin alterarse, y se limitó a señalarme la puerta con la cabeza.

No me tocó. No hizo falta. Volví dentro.

Aquella tranquilidad suya, la certeza de que yo no iba a ninguna parte, era una reja más sólida que cualquier barrote.

La tercera regla la entendí más despacio, y era la peor.

No tenía nada que hacer. Nada. No había libros que pudiera leer, porque los pocos que encontré en un estante estaban en aquella escritura que no sabía descifrar.

No había reloj, ni televisión, ni una ventana que se abriera.

Las horas se estiraban vacías, idénticas, y pronto descubrí que el vacío es una forma de tortura tan eficaz como cualquier otra, porque la mente, sin nada en que ocuparse, se vuelve contra una misma.

Empecé a hablar sola para no perderme. A repasar de memoria cosas de la carrera, conjugaciones de verbos ingleses, argumentos de novelas, solo para tener algo a lo que agarrarme que fuera mío, que no me lo hubieran dado ellos.

Él no volvió en varios días.

Eso también, comprendí después, era parte del método.

Dejarme esperar. Dejar que el miedo a su regreso creciera en el vacío hasta llenar cada hora.

Yo me sobresaltaba cada vez que sonaba la cerradura, y cada vez era solo Halima, y cada vez el alivio venía mezclado con una tensión nueva, porque si no era esta vez, sería la siguiente.

La espera de algo terrible es, a veces, peor que lo terrible.

Halima fue, a su modo áspero, lo único parecido a una compañía que tuve.

No era amable. No me consolaba, no me sonreía, no fingía que aquello fuera otra cosa de lo que era.

Pero hablaba conmigo, a su manera de palabras sueltas, mientras hacía sus tareas, y yo me agarré a esas migajas de conversación como a un cabo en el agua.

Aprendí cosas. Que llevaba en aquella casa muchos años.

Que había visto pasar a otras mujeres por aquel cuarto, aunque cuando le pregunté cuántas y qué había sido de ellas, apretó los labios y no contestó.

Que el hombre que me había comprado se llamaba Khalid.

Que en aquella casa su palabra era lo único que existía, por encima de cualquier ley, de cualquier dios, de cualquier cosa.

—¿Y tú? —le pregunté una mañana, mientras ella estiraba la colcha—. ¿Tú quieres estar aquí?

Se detuvo. Me miró. Por un instante creí que iba a contestar de verdad, que iba a haber, por fin, algo humano entre las dos. Luego siguió estirando la colcha.

—Yo elijo no preguntarme eso —dijo—. Tú también. Mejor.

Era el consejo más sincero que iba a darme, y tardé mucho en entender que tenía razón, aunque no en el sentido en que ella lo decía. Halima había sobrevivido renunciando a preguntarse. Yo iba a sobrevivir justo de la manera contraria. Pero eso aún no lo sabía.

Otra cosa que hice esos días fue observar.

Sin un plan claro, por puro instinto de supervivencia, empecé a fijarme en todo.

En los turnos de los guardias, en cuántos eran, en cómo se movían.

En los ruidos del palacio a distintas horas.

En las rutinas de Halima. Memorizaba, archivaba, sin saber para qué, solo porque saber cosas era lo único que me devolvía una pizca de control, y porque mi cabeza, esa misma cabeza que el vacío amenazaba con devorar, necesitaba un trabajo que la mantuviera viva.

Lo que más observé, cuando llegó, fue a él.

***

Volvió al sexto día, otra vez por la tarde, otra vez solo.

Yo estaba junto a la ventana cuando sonó la cerradura, y esta vez no me sobresalté, o no dejé que se me notara, porque llevaba seis días preparándome para ese momento y me había prometido a mí misma que no le daría el gusto del miedo visible. Me giré despacio. Lo miré entrar.

Traía algo en la mano. Un libro. Lo dejó sobre la mesa baja sin decir nada, y vi que estaba en español. Una novela. No entendí el gesto, y la falta de entendimiento me puso más tensa que cualquier amenaza, porque a un hombre cruel se le anticipa, pero a un hombre que te trae un libro no.

—Halima me ha dicho que hablas sola —dijo, en aquel español pausado suyo—. Que repites cosas. —Se sentó en el diván, con la misma calma de la otra vez, cruzó una pierna sobre la otra y me observó—. Una mente que necesita ocuparse. Es interesante. La mayoría se apaga. Tú no.

No contesté. Había decidido que no le iba a hablar más de lo imprescindible, que mi silencio era lo único que aún era mío.

—Puedes hablar —dijo, como si me leyera—. No me ofende. Al contrario.

—¿Qué quiere de mí? —La pregunta me salió antes de que pudiera retenerla. Llevaba seis días pesándome en la garganta.

Él ladeó la cabeza, ese gesto suyo de estudiar.

—Directa. —Pareció considerarlo casi un mérito—. ¿Qué crees que quiero, según tú?

—Lo que quieren todos los que compran a una mujer.

—Mmm. —No lo negó. Tampoco lo afirmó. Se quedó mirándome con aquella tranquilidad insoportable—. Si solo quisiera eso, no habría hecho falta gastar lo que gasté. Hay maneras mucho más baratas.

—Entonces no lo entiendo.

—No —dijo, y por primera vez algo parecido a una sonrisa le rozó la boca, una sonrisa sin calor, intelectual—. No lo entiendes. Bien. Yo tampoco te entiendo del todo a ti todavía. Eso es lo interesante.

Se levantó. Empezó a moverse por la habitación, sin prisa, mirando las cosas, cosas que no eran mías, el libro de antes, la ropa doblada que yo no me había puesto.

Yo lo seguía con los ojos, girando el cuerpo para no darle nunca la espalda, y él se daba cuenta, y aquello pareció divertirle de una manera fría.

—Te tengo miedo —dije de pronto. No sé por qué lo dije. Quizá para quitarle la ventaja de descubrirlo él—. No voy a fingir que no. Pero no me voy a romper. Le aviso ya. Haga lo que haga.

Se detuvo. Se giró hacia mí. Y por un momento, uno solo, la máscara de calma se le adelgazó lo suficiente para que yo viera algo detrás, algo que no supe nombrar entonces y que tardaría en comprender.

No era crueldad. Era una forma de hambre contenida, la de alguien a quien hace tiempo que nada le interesa de verdad y que acaba de tropezarse con algo que sí.

—Lo sé —dijo en voz baja—. Por eso te compré.

Se acercó. Despacio, siempre despacio, hasta quedar a un paso de mí.

Yo no retrocedí, aunque cada célula del cuerpo me lo pedía, porque retroceder era darle algo y yo no le iba a dar nada que no me arrancara.

Él levantó una mano y me rozó la mejilla con el dorso de los dedos, apenas, un contacto leve y deliberado, una prueba.

Fue el primer hombre que me tocaba así en toda mi vida. Y ocurría de aquella manera, en aquel cuarto, por la fuerza de un mazo y un número. Sentí que algo dentro de mí se rebelaba con una violencia que no sabía que tenía, y le aparté la mano de un manotazo seco, sin pensarlo, puro reflejo.

El cuarto se quedó muy quieto.

Supe, en ese instante, que acababa de hacer algo peligroso. Que un hombre como aquel no tolera que lo aparten, que lo que viniera ahora podía ser terrible, y me preparé para ello con los dientes apretados y la decisión de no gritar, de no suplicar, de aguantar lo que fuera con la barbilla alta.

Pero él no me pegó. No me agarró. Se quedó mirando su propia mano, la que yo había apartado, con una expresión de leve sorpresa, como si fuera la mano lo extraño y no mi gesto. Luego me miró a mí. Largamente. Y yo aguanté esa mirada igual que las otras, temblando, esperando el golpe que no llegaba.

Lo que hizo fue peor que un golpe, y a la vez fue lo que me salvó esa noche.

Bajó la mano. Dio un paso atrás. Algo se le cerró en la cara, la máscara de calma volvió a su sitio, pero por debajo quedó un poso que sí supe leer, porque era humano y yo llevaba semanas leyendo humanos por pura supervivencia.

Estaba conteniéndose. No por bondad. Por algo más complicado.

Porque tomarme por la fuerza en ese momento le habría dado mi cuerpo, sí, pero le habría quitado eso otro que había ido a buscar, eso que lo había hecho gastar una fortuna, eso que era justamente lo que yo le había mostrado al apartarle la mano.

—No —dijo, en voz baja, y no supe si me lo decía a mí o se lo decía a sí mismo—. Así no.

Se dio la vuelta. Caminó hasta la puerta. Antes de salir se detuvo, sin girarse del todo, solo la línea del perfil recortada contra la luz.

—Volveré —dijo—. No esta noche. No mañana. Cuando yo decida. Y mientras tanto, vas a pensar en esto, porque no vas a tener otra cosa que hacer. —Hizo una pausa—. Eso también lo sé.

Salió. La cerradura sonó.

Me derrumbé en la cama en cuanto la puerta se cerró, temblando de arriba abajo, con un nudo en el pecho que era a la vez alivio y horror, porque me había librado de algo esa noche, sí, pero había entendido también la forma exacta de mi jaula.

No me iba a forzar. Era demasiado orgulloso, o demasiado retorcido, o las dos cosas.

Iba a hacer algo mucho más difícil de combatir.

Iba a esperar. Iba a dejarme sola en aquel cuarto, día tras día, con el miedo y el vacío y el recuerdo de su mano, hasta que la espera misma hiciera el trabajo que él se negaba a hacer por la fuerza.

Y mientras lloraba contra aquella colcha carísima, entre el alivio y el espanto, hubo un tercer sentimiento, pequeño, enterrado, que me dio más miedo que los otros dos juntos.

Le había apartado la mano. Y él se había detenido.

Por primera vez desde la calle de Madrid, algo que yo había hecho había cambiado lo que pasaba a mi alrededor.

Tenía menos poder que nadie en el mundo. Pero no tenía cero. Y agarrada a esa diferencia mínima, ridícula, esa noche por fin dormí.