Capítulo 4
El avión aterrizó cuando yo había perdido del todo la cuenta de las horas.
Me quitaron la venda ya en tierra, dentro de otro coche, y la primera luz que vieron mis ojos después de tanto tiempo a oscuras fue una luz blanca, durísima, de un sol que no se parecía al de ningún sitio que yo conociera.
Tuve que entornar los párpados. Por la ventanilla tintada se veía una carretera ancha y vacía que cruzaba una extensión de tierra clara, casi amarilla, sin un árbol, sin una sombra, hasta una línea de edificios lejanos que temblaban en el calor.
No reconocí nada. Ni el paisaje, ni los carteles que pasaban de vez en cuando con una escritura que no sabía leer. Solo entendí, mirando aquello, hasta qué punto estaba lejos. No era una distancia de kilómetros. Era otra cosa. Era estar en un lugar donde nada de lo que yo era servía ya para nada.
El coche dejó atrás la ciudad sin llegar a entrar en ella, tomó un desvío, y enfiló una carretera privada que ascendía.
Al final había un muro. Un muro largo, claro, coronado de cámaras, con una verja que se abrió sola al acercarnos.
Lo que había detrás me dejó sin respiración, no por bonito, aunque lo era, sino por lo que significaba.
Era un palacio.
No una mansión grande. Un palacio. Jardines imposibles en mitad de aquella tierra seca, agua corriendo por canales de piedra, palmeras alineadas con precisión militar, una construcción baja y extensa de muros pálidos que se perdía a los lados.
Todo aquello costaba una fortuna solo en mantenerse vivo bajo semejante sol.
Y comprendí, mientras el coche recorría el camino de entrada, que el hombre que me había comprado no era un hombre rico cualquiera.
Era alguien para quien comprar a una mujer en una subasta era un gasto sin importancia. Un capricho. Un martes.
Eso me asustó más que todo lo anterior junto. A un hombre con poco poder se le puede sorprender, engañar, hacer flaquear. Un hombre con todo el poder del mundo no necesita ni siquiera levantar la voz.
Me sacaron del coche dos hombres de seguridad, vestidos de oscuro pese al calor, con auriculares y esa manera de moverse de quien está entrenado para la violencia y no necesita demostrarla.
No me trataron con brusquedad. Tampoco con suavidad.
Me trataron con indiferencia, que a esas alturas yo ya había aprendido que era lo peor, porque la brusquedad al menos reconoce que enfrente hay alguien.
Me hicieron entrar. El interior era fresco, en penumbra después del blanco de fuera, con suelos de piedra pulida y techos altísimos y un silencio espeso, de lugar enorme y casi vacío.
Mis pasos y los de los guardias resonaban.
No se veía servicio, ni movimiento, ni vida.
Solo aquel lujo callado, perfecto, deshabitado.
Me llevaron por pasillos que no conseguí memorizar, hasta una zona del palacio que después aprendería a reconocer como la mía. Una puerta. Detrás, una habitación que me arrancó, muy a mi pesar, una reacción que odié en cuanto la sentí, porque era una reacción de alivio.
Era preciosa.
Amplia, luminosa, con una cama de verdad, de las grandes, vestida con telas claras.
Había un baño propio que se veía al fondo, con bañera.
Había ropa doblada sobre un diván, ropa nueva.
Había una jarra de agua fría con fruta cortada dentro, sudando sobre una bandeja.
Después de las semanas que llevaba, aquello era como despertar en otro mundo, y durante un par de segundos, los que tardé en pensarlo, una parte estúpida de mí casi se sintió agradecida.
Luego lo entendí, y el alivio se me agrió en la boca.
No era amabilidad. Era cuidado de la inversión.
A un caballo de raza no se le mete en una cuadra sucia.
Se le da el mejor establo, la mejor comida, el mejor cepillado, porque vale mucho dinero y porque va a usarse.
La jaula era de oro, pero seguía siendo una jaula, y precisamente por ser de oro era más jaula que la celda de cemento, porque la celda no fingía ser otra cosa.
Fui hasta la ventana. Tenía vistas al jardín, a una parte del muro. No tenía rejas. No le hacían falta. Probé el pomo de la puerta cuando los guardias salieron. Cerrada por fuera, claro.
Me senté en el borde de la cama. No toqué la fruta, aunque me moría de sed.
No me cambié de ropa. Me quedé allí, en aquel cuarto precioso, esperando a un hombre cuya cara no había visto, intentando prepararme para algo que no sabía cómo iba a ser, sabiendo solo que iba a ser malo, y que toda aquella belleza alrededor era parte de cómo iba a ser malo.
La mujer entró sin llamar, al cabo de un rato.
Tendría sesenta años, quizá más, el pelo cubierto con un pañuelo oscuro, el cuerpo ancho y la cara surcada de líneas.
Traía toallas dobladas en los brazos. Me miró desde la puerta, un vistazo rápido, completo, de arriba abajo, el vistazo de quien evalúa el trabajo que tiene por delante.
No había crueldad en él. Tampoco compasión. Había, sobre todo, costumbre.
—Tú comes —dijo, en español. Un español tosco, de palabras sueltas, pero español—. Tú bebes. Tú limpia. Esta noche, no. Mañana, quizá. Él decide.
—¿Quién? —pregunté, y la voz me salió rota de no usarla—. ¿Quién es él?
La mujer dejó las toallas sobre el diván sin contestar enseguida. Cuando lo hizo, no respondió a mi pregunta, sino a otra que yo no había llegado a formular.
—Tú haces caso. Tú no gritas, no peleas, no corres. Las que pelean —hizo una pausa, buscó la palabra y no la encontró, así que se limitó a negar despacio con la cabeza—. No. Tú haces caso. Vives mejor.
—No quiero vivir mejor —dije, y me sorprendió a mí misma el temblor de rabia que se me coló en la voz—. Quiero irme a casa. Tengo familia. Tengo madre. Esto es ilegal, esto es...
Ella levantó una mano, sin enfado, solo para que parara.
Me miró un momento más, y en aquella mirada hubo por fin algo que no era pura costumbre.
No era lástima. Era reconocimiento. Halima sabía exactamente lo que yo estaba sintiendo porque lo había visto muchas veces, en muchas mujeres, en aquel mismo cuarto.
—Casa —repitió, despacio, como si la palabra fuera una niñería—. Aquí casa, ahora.
Salió. La cerradura sonó.
Me quedé mirando la puerta, y por primera vez desde que desperté en aquel sótano, lloré de verdad.
No el llanto rabioso de la comida. Otro.
Uno hondo, sin ruido, que me salía de un sitio al que no sabía que se podía llegar.
Lloré por mi madre, por mi padre, por mi habitación de Madrid, por el máster que no iba a defender, por la chica que era hacía un mes y que ya no iba a volver a ser nunca.
Lloré hasta que no me quedó nada, y entonces me lavé la cara con el agua de la jarra, bebí, y comí la fruta, porque por debajo de toda la pena seguía estando aquella otra cosa, terca, oscura, que había nacido la noche de la verificación y que ya no se iba a ir.
La decisión de seguir viva. De aguantar. De ver venir.
***
No vino esa noche, como la mujer había anunciado. Dormí a ratos, vestida, encima de la colcha, despertándome de golpe cada poco con el corazón disparado, sin saber dónde estaba hasta que lo recordaba y deseaba no haberlo recordado.
Lo conocí al día siguiente.
Fue por la tarde, cuando la luz de la ventana ya caía de lado. Oí la cerradura, me incorporé de un salto, me puse de pie sin pensarlo, de espaldas a la ventana, como un animal que se coloca para ver de frente lo que entra.
Entró solo. Sin guardias. Y supe que era él antes de que dijera nada, antes de que hiciera nada, por la forma en que ocupó la puerta.
Era alto. Más de lo que yo esperaba. Vestía de blanco, ropa amplia, de una tela que se notaba carísima en su sencillez. Tendría treinta y pocos, aunque había en él una seriedad que lo hacía parecer mayor. La piel oscura, la barba corta y muy cuidada, el pelo negro.
No dijo hola. No se presentó. No sonrió, ni frunció el ceño, ni mostró nada en absoluto. Se quedó parado a unos pasos de mí, con las manos tranquilas a los lados del cuerpo, y me miró.
Y aquella mirada fue lo peor de todo lo que me había pasado hasta entonces.
Porque no era una mirada de deseo, que yo habría sabido reconocer y odiar.
No era una mirada de crueldad, que me habría dado al menos algo contra lo que rebelarme.
Era una mirada de evaluación serena, completa, sin prisa.
Me miró como se mira una compra recién llegada que aún no se ha desembalado del todo.
Me recorrió la cara, el cuerpo, la postura, sin un gramo de urgencia, con la calma absoluta de quien sabe que todo el tiempo del mundo está de su parte.
Me miró como un hombre mira algo que le pertenece y que no tiene ninguna necesidad de apresurarse en disfrutar, porque no va a ir a ninguna parte.
Yo le sostuve la mirada. No sé de dónde saqué las fuerzas, pero se la sostuve, igual que había mirado los focos en la subasta, con la barbilla alta, temblando por dentro, pero quieta por fuera.
Algo le cruzó la cara entonces. No fue una sonrisa.
Fue más leve que eso, una mínima alteración, el primer indicio de interés en aquel rostro hasta entonces ilegible, como si mi gesto de no bajar los ojos hubiera sido un dato inesperado que añadir a la evaluación.
Como si acabara de descubrir que la pieza que había comprado tenía una propiedad que no figuraba en la descripción.
Habló por fin. En español. Un español pausado, de acento marcado, pero perfectamente claro, mucho mejor que el de la mujer, el español de alguien que ha aprendido bien lo que ha querido aprender.
—Así que es verdad —dijo, casi para sí mismo—. Me dijeron que no bajabas la mirada. No les creí.
No supe qué contestar. No contesté nada.
Él dio un paso más, despacio, y se detuvo. Ladeó apenas la cabeza, estudiándome.
—¿Sabes quién soy?
—No —dije.
—Bien. —Algo en su tono pareció aprobarlo—. Lo aprenderás.
Y eso fue todo, por aquel día. Me miró un momento más, el tiempo justo para que yo sintiera cada segundo de aquella mirada sobre la piel, dio media vuelta con la misma calma con la que había entrado, y salió. La cerradura sonó a su espalda.
Me quedé de pie en mitad del cuarto, temblando ahora sí abiertamente, con las piernas flojas, mientras entendía con una claridad espantosa que aquel hombre era exactamente lo que más miedo me daba en el mundo. Un monstruo.