PROPIEDAD DEL JEQUE Capítulo 3
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Capítulo 3

Nos tuvieron en aquella sala lo que se me hicieron horas.

Una a una, un hombre con una tablilla iba apuntando algo de cada mujer, midiéndonos con la mirada, anotando cifras que yo no veía pero que imaginaba.

Cuando me tocó a mí, se acercó, me levantó la barbilla con dos dedos para verme la cara a la luz, me hizo girar la cabeza a un lado y a otro.

No me tocó de ninguna otra forma. No le hizo falta.

Bastaba esa manera suya de mirarme, como quien comprueba el estado de algo antes de ponerle una etiqueta, para que yo entendiera con todo el cuerpo lo que estaba a punto de pasar.

Apuntó un número en la tablilla. Pasó a la siguiente.

A las que llevaban más tiempo se las notaba en la quietud.

La chica del llanto, la de mi pared, ya ni levantaba la vista cuando se le acercaban.

Había aprendido algo que yo todavía estaba aprendiendo, que cualquier reacción se castiga o se ignora, que da igual, que lo mejor es no estar del todo presente.

Yo aún no sabía marcharme así de mí misma. Lo aprendería después.

Vino otra mujer, distinta de la del maletín, más joven, con un estuche de maquillaje.

Nos arreglaron por turnos, deprisa, sin delicadeza.

A mí me recogió el pelo, me pasó algo por la cara, me miró el resultado entornando los ojos como se mira un escaparate.

Quería protestar, decirle que no me tocara, pero el odio de la noche anterior se había replegado a algún sitio hondo, y lo que quedaba en su lugar era una especie de frío, un entumecimiento que me dejaba mirar todo aquello desde una distancia rara, como si le pasara a otra.

Quizá era mejor así. Quizá esa distancia era lo único que me sostenía de pie.

Nos llevaron por un pasillo, en fila, cada una con un hombre detrás.

Oí música al fondo, algo suave, de las que suenan en los sitios caros, y voces de hombres hablando bajo, riéndose de vez en cuando.

Aquella risa me dio más miedo que cualquier grito.

Eran hombres cómodos, tranquilos, hombres que estaban pasando una buena noche.

La sala donde nos hicieron esperar tenía una cortina pesada al fondo. Por el hueco se colaba la luz del otro lado, y sombras, y esa música. Nos colocaron en orden. A mí me pusieron la cuarta. Delante de mí, tres mujeres. La chica del llanto era la segunda.

Empecé a entender cómo funcionaba cuando se llevaron a la primera.

La pasaron al otro lado de la cortina, y la música bajó, y una voz de hombre empezó a hablar por un micrófono en aquel idioma que yo no entendía, con un tono que reconocí enseguida porque es universal, el tono de quien vende.

Subía, bajaba, hacía pausas. De vez en cuando, desde el otro lado, llegaban voces sueltas, breves, secas.

Pujas. No necesitaba entender las palabras para entender los números.

Duró poco. Un golpe seco, como de mazo sobre madera, cerró el asunto. Se la llevaron por otra puerta. No volví a verla.

La segunda fue la chica del llanto.

Cuando la cogieron del brazo para pasarla, levantó la cabeza un instante, y me buscó.

No sé por qué me buscó a mí, si apenas nos habíamos mirado dos veces.

Pero me buscó, y yo le sostuve la mirada todo lo que pude, hasta que la cortina cayó detrás de ella y ya no hubo nada que sostener.

La voz del micrófono volvió a empezar. Las pujas sonaron más esta vez, más insistentes, varias voces pisándose.

Algo en ella valía más. El mazo tardó más en caer.

Cuando cayó, cerré los ojos.

La tercera no la vi marcharse. Tenía la vista clavada en mis propias manos, contando, hasta diez, hasta veinte, intentando irme a ese sitio al que la chica del llanto sabía irse y yo no.

Y entonces noté la mano en mi brazo.

Lo que hay detrás de una cortina así no se parece a nada que una haya imaginado.

Yo había pensado, en los pocos segundos que me dejaron pensar, en algo sórdido, oscuro, un sótano lleno de hombres como ratas.

No era eso. Era una sala amplia, bien iluminada, casi elegante.

Había una tarima pequeña, un par de focos cálidos dirigidos hacia ella, y enfrente, en una penumbra estudiada, hileras de butacas donde se adivinaban figuras de hombres sentados.

No les veía las caras. Los focos me daban a mí y me cegaban a ellos.

Eso también estaba pensado. Yo tenía que ser visible. Ellos, no.

Me colocaron en el centro de la tarima. La luz me caía encima, caliente, demasiado fuerte.

El hombre del micrófono estaba a un lado, y empezó a hablar, señalándome con la mano abierta, presentándome.

No entendía las palabras, pero entendía el gesto, ese ademán de mostrar una pieza, de invitar a apreciarla.

En algún momento dijo algo y se hizo un pequeño silencio entre las butacas, y luego un murmullo distinto, más atento, y supe, sin necesidad de traducción, qué acababa de anunciar.

Lo que la mujer del maletín había certificado. Lo que cambiaba mi precio.

A partir de ahí, las voces empezaron.

No las veía. Solo las oía, surgiendo de la oscuridad, una aquí, otra allá, números lanzados con esa frialdad de quien está acostumbrado a comprar cosas caras.

El hombre del micrófono las recogía, las repetía, las elevaba.

Giraba la mano hacia mí cada poco, recordándoles lo que estaban comprando.

Yo era el objeto sobre la mesa. La cifra subía a mi alrededor mientras yo seguía allí plantada bajo los focos, sin poder hacer nada, sin entender nada, convertida en el centro de una operación de la que era a la vez el todo y la nada, porque todo giraba en torno a mí y yo no contaba para nada.

Hubo un momento, uno solo, en que estuve a punto de derrumbarme.

No de miedo. De algo peor, de una vergüenza inmensa, absurda, que no tenía sentido porque yo no había hecho nada para merecerla, pero que me subió por dentro como una marea, la vergüenza de estar ahí expuesta, tasada, deseada por hombres sin rostro que decidían cuánto valía mi cuerpo en monedas. Sentí que las rodillas me fallaban.

Y entonces hice lo único que pude hacer.

Levanté la cabeza. Busqué los focos de frente, aunque me cegaran, aunque me dolieran, y los miré.

Si iban a comprarme como a un animal, que al menos vieran que el animal levantaba la vista.

Que no había agachado la cabeza. Fue un gesto pequeño, inútil, que no cambió absolutamente nada de lo que estaba pasando.

Pero lo necesitaba yo. Lo hice por mí. Y por un segundo, mientras miraba hacia aquella oscuridad llena de hombres, me pareció notar que las voces se detenían un instante, como si algo en ese gesto los hubiera descolocado.

Después siguieron. Por supuesto que siguieron.

La cifra subió un poco más. Quedaron dos voces disputándose, una a la derecha, otra al fondo. Iban y venían. El hombre del micrófono las azuzaba, encantado. Hasta que una de las dos, la del fondo, dijo algo, una cifra o una palabra, y la otra calló. Se hizo el silencio.

Cayó el mazo.

Yo no entendí lo que significaba hasta que noté de nuevo la mano en el brazo, llevándome fuera de los focos, hacia el lateral, hacia la sombra.

Acababan de comprarme. Alguien, en algún lugar de aquella oscuridad, había dicho un número más alto que los demás, y con ese número me había convertido en suya.

No le había visto la cara. No sabía quién era, ni de qué país, ni qué quería de mí, ni qué iba a ser de mi vida a partir de aquel mazo. Solo sabía que ya no me pertenecía.

Me sacaron por la puerta lateral, la misma por la que habían desaparecido las otras.

Detrás de la tarima el lujo se acababa de golpe, y volvíamos a los pasillos de servicio, al cemento, a las puertas metálicas.

Me metieron en una habitación pequeña, con una silla, y me dejaron allí con un hombre vigilando desde el umbral.

No el de la cabeza rapada. A ese no volví a verlo. Uno nuevo.

Esperé sin saber qué esperaba. Pasó un rato largo.

Oí, a través de la pared, que la subasta continuaba, otra voz de mujer al otro lado de la cortina, más pujas, otro mazo.

La rueda no se detenía por nadie. Había llegado yo, me habían vendido, y la noche seguía como si tal cosa, con la siguiente, y la siguiente, hasta que se acabaran las mujeres o se acabaran los compradores.

Al cabo entró un hombre distinto, trajeado, con una carpeta.

Habló con el que me vigilaba. Me miró por encima como se mira un envío que hay que despachar, comprobó algo en sus papeles, hizo una llamada breve en aquel idioma.

Yo intenté hablarle. Le pregunté quién me había comprado, adónde me llevaban, si podía avisar a mi familia.

Le hablé en español, le hablé en inglés.

Ni siquiera me miró a los ojos al responder, y lo que respondió fue una sola frase, en un inglés correcto y cansado, la frase de alguien que la ha dicho muchas veces.

—No preguntes. Aprende rápido. Te irá mejor.

Fue todo.

Volvieron a vendarme los ojos. Volvieron a atarme las manos, esta vez con algo más suave que la brida, una correa de tela, casi considerada, como si a partir de ese momento yo fuera una mercancía demasiado cara para estropearla con marcas.

Me llevaron por más pasillos, me hicieron subir a un vehículo, y arrancamos.

El trayecto fue larguísimo. En algún momento dejé de notar ciudad alrededor, dejó de haber giros y semáforos, y el ruido se volvió uniforme, el ruido de una carretera abierta.

Después, mucho más tarde, hubo un cambio que tardé en identificar bajo la venda hasta que lo identifiqué del todo, un olor nuevo, un aire distinto, más cálido, más seco.

Y un sonido que no había vuelto a oír desde Madrid y que en cualquier otro momento de mi vida me habría dado alegría.

El sonido de un avión.

Entonces comprendí lo último que me quedaba por comprender. Que no me llevaban a otra ciudad. Que me llevaban fuera. Lejos. A un sitio donde mi idioma no servía, donde mi cara no le diría nada a nadie, donde nadie iba a venir a buscarme porque nadie sabría jamás dónde mirar.

Me subieron a aquel avión con los ojos tapados.

Me sentaron, me ajustaron un cinturón sobre el regazo con una amabilidad mecánica que resultaba más siniestra que cualquier brusquedad.

Despegamos. Noté el suelo de mi mundo entero inclinarse y quedarse atrás, kilómetro a kilómetro, mientras yo iba sentada a oscuras sin saber hacia dónde, propiedad de un hombre cuyo nombre todavía ignoraba, cuya cara no había visto, y que en algún lugar al final de aquel vuelo me estaba esperando.