Capítulo 2
No supe cuántos días pasé en aquella habitación.
La bombilla del techo no se apagaba nunca y no había nada que separase una hora de otra, de modo que el tiempo se volvió una sustancia espesa y sin forma en la que yo flotaba sin asideros.
Aprendí a medirlo por las comidas, que llegaban dos veces en lo que supuse que era un día, siempre envueltas en el mismo plástico, siempre traídas por el mismo hombre de la cabeza rapada.
Abría la puerta, dejaba la comida en el suelo, recogía lo de la vez anterior y volvía a cerrar sin decir una palabra ni mirarme a la cara, como si yo fuera una parte más del mobiliario que había que mantener.
Al principio no comí. Tenía el estómago cerrado por el miedo, y una parte de mí pensaba, con una lógica infantil que ahora me da ternura y pena al recordarla, que negarme a comer era una forma de resistir.
Pero el hambre es más vieja y más terca que el miedo.
Al segundo día, o al que yo creía que era el segundo, me descubrí abriendo el plástico con dedos temblorosos, comiendo lo que había dentro, que era pan, una especie de queso y unos dátiles.
Mientras comía lloré por fin, no de pena sino de pura rabia conmigo misma, porque me parecía que comer era aceptar lo que estaba pasando.
Aún no había aprendido que comer solo era seguir viva.
El agua la racionaba sin que nadie me obligase, por miedo a quedarme sin ella, hasta que comprendí que la botella nueva llegaba siempre con la comida, que aquella era una de las pocas certezas de las que disponía.
Entonces empecé a beber con normalidad y a guardar las botellas vacías en un rincón, alineadas, porque contarlas se convirtió en mi manera torpe de medir el tiempo.
Llegué a tener cinco, luego seis, y luego perdí la cuenta cuando el hombre las retiró todas de golpe una mañana.
Aquello, la destrucción de mi único calendario, me dolió mucho más de lo que tenía ningún sentido.
Hablé con el hombre de la cabeza rapada muchas veces, aunque él no me contestara nunca.
Hablar era lo único que me quedaba de mí misma, y la quietud de aquella habitación era tan completa que a veces necesitaba oír mi propia voz para recordar que seguía ahí.
Le pregunté dónde estaba. Le pregunté qué querían de mí.
Le dije que mis padres estarían buscándome, que la policía estaría buscándome, que yo no era nadie importante, que se habían equivocado.
Le hablé en español y en el poco inglés que sabía por la carrera, por si acaso.
Nada de aquello cambió jamás la expresión ausente de su cara ni el ritmo con el que dejaba la comida y recogía los restos.
Una vez, una sola, cuando le dije por favor con la voz rota, me pareció que dudaba medio segundo en el umbral antes de salir.
Pero pudo ser mi imaginación, que para entonces ya empezaba a inventarse cosas para no perder pie del todo.
***
El día que vinieron a por mí lo supe antes de que abrieran la puerta.
Los pasos en el pasillo eran más de unos, tres o cuatro pares de pies en lugar del par único de siempre, y traían consigo un murmullo de voces que no había escuchado hasta entonces.
Me incorporé en el colchón y me pegué a la pared, con el corazón otra vez subido a la garganta.
Cuando la cerradura sonó y la puerta se abrió, entraron dos hombres que no había visto nunca, mayores, mejor vestidos que el de la comida. Detrás de ellos, una mujer.
La mujer fue lo que más me desconcertó. Hasta ese momento todo en aquel lugar había sido masculino y ajeno, y verla a ella, con su pañuelo en la cabeza, su bata sobre la ropa y un maletín pequeño en la mano, me produjo durante un instante absurdo una punzada de esperanza.
Como si por ser mujer fuera a ayudarme. Como si compartir con ella algo tan básico significara algo.
No significaba nada. Me di cuenta enseguida en cuanto me miró, porque su mirada era la misma que la del hombre de la comida, la de quien examina un objeto, solo que la suya iba acompañada de una eficiencia profesional que la hacía, si cabe, todavía más fría.
Dijo algo a los dos hombres y ellos asintieron. Luego se dirigió a mí en un español trabajoso, de acento muy marcado. Fueron las primeras palabras que entendí en todos aquellos días, y por eso se me quedaron grabadas con una nitidez que daría cualquier cosa por no tener.
—Tú quieta —dijo—. Esto rápido. Si tú quieta, rápido y no dolor. Si tú no quieta, igual, pero peor para ti.
No entendí del todo qué quería decir hasta que lo entendí demasiado, hasta que comprendí para qué había venido y qué iban a hacer.
El cuerpo se me adelantó otra vez, como en la calle de Madrid.
Empecé a negar con la cabeza, a decir que no, que no, que de ninguna manera, a apretarme contra la pared como si la pared pudiera abrirse y tragarme.
Los dos hombres se acercaron. No me pegaron, no hubo golpes, pero me sujetaron con una fuerza tranquila y entrenada, sin esfuerzo, como quien sujeta algo que se mueve más por costumbre que por verdadera resistencia.
Yo me revolví, grité, supliqué. De nada sirvió, porque ellos habían hecho aquello muchas veces y yo nunca.
No voy a contar lo que pasó después. No porque no lo recuerde, sino porque lo recuerdo entero, y porque hay cosas que una se guarda no por vergüenza sino por dignidad.
Contarlas con detalle sería entregarlas otra vez, y yo ya las entregué una vez sin que me preguntaran.
Diré solo que fue clínico, y rápido como había prometido la mujer.
Que durante todo el tiempo que duró miré la bombilla del techo, esa bombilla pelada que llevaba días siendo mi único reloj, y conté, hasta diez, luego hasta veinte, como había aprendido a hacer cuando el aire se me cortaba.
Que la mujer le dijo a uno de los hombres una palabra al terminar, una sola.
Y que por la manera en que él la repitió y asintió, por cómo me miraron entonces los dos, con una atención nueva, comprendí que aquella palabra cambiaba mi precio.
Que yo había dejado de ser una mujer secuestrada para convertirme en una mercancía que acababan de tasar al alza.
Esa noche, si es que era de noche, no comí lo que me trajeron.
No por resistencia esta vez, sino porque no podía, porque el cuerpo entero se había cerrado como un puño.
Sentí entonces algo más hondo que el miedo, algo que tardé en reconocer y que, cuando reconocí, me asustó casi tanto como el resto.
Era odio. Odio limpio, sin mezcla de nada, dirigido a todos ellos, al lugar, al idioma que no entendía, a la bombilla, a mí misma por no haber sabido defenderme.
Y descubrí, tumbada en aquel colchón con los ojos secos, que el odio se sostiene mejor que el miedo.
Que el miedo te deja temblando en el suelo, pero el odio te mantiene erguida. Y que iba a necesitarlo.
Me trasladaron al cabo de lo que calculo que fueron dos días más.
Vinieron de madrugada, o al menos en un momento en que el edificio estaba en silencio.
Esta vez me ataron las manos por delante, me pusieron una venda en los ojos y una sudadera con capucha que olía a otra persona.
Me sacaron por el pasillo, por unas escaleras, por una puerta, y al cruzarla me llegó el aire de la calle después de tanto encierro.
Eso fue lo que casi me rompió, más que nada de lo anterior.
Era aire de verdad, de ciudad despierta.
A lo lejos se oía pasar algún coche por una avenida, gente que iba a algún sitio, gente con casa, con nombre, con un día siguiente que le pertenecía.
El mundo entero seguía ahí fuera, a unos metros de mí, sin enterarse, mientras a mí me metían en la parte trasera de un vehículo como se mete un paquete.
Nadie sabía. Nadie me oía. Y yo iba dentro con un grito que no me salía.
Durante el trayecto, que fue largo, intenté memorizar todo lo que pudiera servirme: cuántas veces giraba el coche y hacia dónde, cuánto rato pasaba en línea recta, si subíamos o bajábamos.
Me dije que si conseguía reconstruir el camino sabría volver algún día.
Era una esperanza ridícula y lo sabía mientras la tenía, pero me agarré a ella igual, porque entre eso y nada me quedaba con eso, que es lo único que tienen los que no tienen nada.
Llegamos a un sitio donde el aire volvió a cerrarse, un interior grande por cómo resonaban los pasos. Me quitaron la venda en una sala sin ventanas donde había otras mujeres.
Éramos siete u ocho, calculé. Todas jóvenes, todas con esa palidez de quien lleva días sin sol, sentadas en bancos a lo largo de las paredes, vigiladas por hombres apostados junto a las puertas.
Ninguna hablaba. Algunas miraban al suelo, otras a la pared.
Una lloraba bajito, y supe sin que nadie me lo dijera que era ella, la de la habitación de al lado, la que había llorado todas aquellas noches al otro lado de mi pared.
La miré y ella levantó un momento la vista.
Nos miramos. No nos dijimos nada, porque no compartíamos idioma y porque no había nada que decir, pero en aquella mirada hubo un reconocimiento, una compañía mínima.
Luego ella volvió a bajar los ojos al suelo, y yo bajé los míos.
Nos hicieron asearnos, una a una. Nos dieron ropa nueva, sencilla pero limpia. Y entonces entendí del todo lo que hasta ese momento solo había intuido: que nos estaban arreglando para enseñarnos, que todo aquello eran los preparativos de una venta.
Me senté en el banco con las demás, con la ropa limpia que no había elegido y el pelo todavía húmedo.
Me miré las manos sobre las rodillas, esas manos que dos semanas atrás escribían un mensaje a mi madre en una calle de Madrid.
Pensé que dentro de muy poco, en aquella misma sala o en otra parecida, alguien iba a poner un precio sobre mi cabeza.
Que ese precio me llevaría a algún sitio del que ya no sabría cómo volver.
Y que lo único que nadie podía comprarme, ni tasarme, ni quitarme, era la decisión de sobrevivir a todo aquello costara lo que costase, y de que algún día, de alguna manera, los que me habían hecho esto lo lamentaran.
Me agarré a ese pensamiento como me había agarrado al aire de la calle.
Y esperé.